El diputado Eduardo Gaitán, ha asumido una postura firme frente a lo que considera una “lección que no debe repetirse”.
En tiempos oscuros como los que vivimos con el auge de la posverdad, la filosofía resurge con su rol esencial: guiarnos desde las sombras “hacia la luz”. Esta metáfora, fundamental para comprender las opiniones en momentos de mucha desinformación, se identifica con la misión de la Universidad de Panamá de iluminar con la verdad y liberar el pensamiento crítico. Ir “hacia la luz” nos remite a la alegoría de la caverna de Platón, donde unos hombres encadenados a un muro perciben como única realidad las sombras que proyectan otros seres que se mueven a sus espaldas.
La caverna platónica se manifiesta en la actualidad en las pantallas de los dispositivos inteligentes. Las redes sociales y los programas televisivos manipulan las opiniones preexistentes porque se confina a los usuarios a sombras ideológicas que distorsionan la realidad en el mundo común. Ahora, con la llegada de la Inteligencia Artificial se acelera la cadena al generar deepfakes y textos que parecen incuestionables, en los que se vende mentiras como verdades absolutas. ¿Hasta cuándo seguiremos encadenados? Entonces, la opinión cuando es manipulada refuerza una realidad alternativa en tiempos oscuros; el mundo común queda cautivo por los que controlan y crean las narrativas. Emergen así los fabricantes de opiniones: individuos que conocen muy bien los prejuicios más reconfortantes para desplazar los hechos. Eventualmente, ellos producen la realidad que perciben los encadenados modernos a dispositivos televisivos e inteligentes.
Un ejemplo de este tipo de manipulación se encuentra en la publicación de los Papeles del Pentágono en The New York Times en junio de 1971, que reveló los engaños sistemáticos del gobierno de los Estados Unidos sobre la guerra de Vietnam. Hannah Arendt analizó este caso en su ensayo “Lying in politics: reflections on the Pentagon Papers”, publicado en noviembre del mismo año, en el que se distingue la mentira deliberada de la simple mentira tradicional. Mientras que otros se enfocaban en la mentira de estos fabricantes de opiniones, Arendt se cuestionaba sobre ¿Cómo pudieron gente racional, educada y poderosa llevar a cabo tales engaños? Estas reflexiones aparecen en su libro Crisis de la República.
A estos fabricantes de opiniones Arendt los llamó “solucionadores de problemas” y critica su ascenso como intérpretes clave de la Guerra de Vietnam porque no eran mentirosos vulgares, sino profesionales. Abandonaron el análisis de la realidad por el cálculo puro, huyendo del mundo común —el ámbito humano compartido e impredecible— hacia un universo mental de números, variables, modelos y probabilidades.
La comunicación del gobierno queda en manos de estos solucionadores de problemas, para quienes la verdad ya no depende de los hechos, sino de una racionalidad estadística que, aunque no es falsa en el sentido matemático, carece de sentido político, pues ignora la resistencia humana o las consecuencias reales de la acción. La sociedad en este sentido se transforma en un tablero de juego donde la política es cálculo estratégico. Arendt introduce la figura del solucionador como apostador que describe una mentalidad hiperracional donde el riesgo solamente se calcula y las pérdidas simplemente se absorben para volver a empezar. El problema es que en la política hablamos de vidas humanas, un estadista no puede reiniciar la historia con cada nueva apuesta. Cuando el fracaso no detiene la acción, sino que genera la siguiente jugada, la realidad deja de funcionar como un límite. La política se convierte entonces en una gestión de procesos prolongados donde la derrota nunca ocurre y solo existe el reajuste dictado por la nueva solución del profesional.
Las opiniones fabricadas desplazan el mundo común por el cálculo de un mundo probable. Así, el cálculo reemplaza el juicio creando un vaciamiento de la república y con ello la capacidad de ver el mundo claramente desde múltiples perspectivas; de esta manera se ignora metódicamente la pluralidad. En este estado, la república no colapsa de golpe, sino que se adelgaza y mantiene sus procedimientos, pero perdiendo su sustancia para quedar convertida en simple administración de cosas. En este escenario, los hechos son importantes porque retienen un papel vital en la política. Sin hechos confiables, el desacuerdo deja de ser político para volverse teatral, un show político en el que solo hay choques posicionales sin un mundo común. Este análisis en clave arendtiana culmina con una advertencia que aún hoy conserva toda su vigencia: el derecho a información factual, no manipulada, es esencial; sin él, toda libertad de opinión es un engaño cruel.
El reto político radica en cuestionarnos sobre ¿cómo pueden profesionales, académicos y elites engañarnos así? Es un examen del presente para verificar si nuestros líderes aún permiten que la realidad importe. Cuando la política se organiza en torno a emergencias permanentes, los hechos se ven como obstáculos o ruido que debe ser gestionado. De esta manera se erosiona el mundo común del que depende la capacidad de juzgar.
La filosofía irrumpe aquí como Sócrates en el ἀγορά (plaza pública), ese fastidio salutario que interrumpe el sueño o estupor cavernario en que vivimos encadenados, obligándonos a cuestionar si lo que vemos y oímos en nuestras pantallas inteligentes es la realidad completa o mera certeza sensible, manifestada en sombras proyectadas por intereses que nadie ve. ¿Podrá la formación filosófica, en esta era de algoritmos y deepfakes, romper las cadenas de la caverna digital y restaurar el mundo común basado en hechos compartidos?