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29 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El espíritu perdido de la avenida Central

Algo extraño anima al espíritu de los humanos al arraigarse a un lugar. Los espacios, tanto urbanos como rurales, adquieren una dimensió...

Algo extraño anima al espíritu de los humanos al arraigarse a un lugar. Los espacios, tanto urbanos como rurales, adquieren una dimensión que podría denominarse como mágica, al llenarse del calor de la gente.

La avenida Central tenía ese encanto, sobre todo en el sector que iba desde el antiguo Colegio Justo Arosemena o “ El Casino ”, hasta “ El Cruce ” (del ferrocarril), justo donde estuvo el edificio Muller. Hoy, ese edificio ya no está y en su lugar se ve otro que es ejemplo del mal gusto arquitectónico. “ El Cruce ”, enfrente, acaba de ser víctima de los mazos.

En ese pedazo de Calidonia había un microcosmos, justo sobre las aceras de esta avenida (entonces de dos vías) por donde autos, buses, “ chivitas ” entraban a la urbe o salían de ella en la especie de puente entre la ciudad y “ las afueras ”. Los cines Encanto, Capitolio —a media cuadra el Apolo—, el Tívoli y el Victoria; un poco más allá, sobre la avenida Perú, el Presidente, el Iris y algunas calles arriba, el Lux, eran la oferta cinematográfica local.

Cada uno de estos cines tenía su refresquería particular. Liakópulos preparaba en el Tívoli los “ perros calientes ”, que también a un par de cuadras en “ El pueblo ” (o “ La puñalada ”), fueron antecedentes de Niko’s. Además estaba La Polar, Flamingo, El león de oro y panaderías como La flor panameña.

Pequeños mercados, como el de avenida Perú, que exhibía iguanas y sus huevos, o el de la Cuchilla, satisfacían las necesidades vecinales.

Calidonia era igualmente un ámbito donde se mezclaban las etnias. Descendientes de antillanos, obreros del Canal, encontraron aquí su hogar. Los dulces, los refrescos, los panes exhalaban aromas que evocaban esos orígenes y se podía llegar al callejón junto al edificio Premier o en calles M y N, donde las “ madamas ” horneaban el pan blenco o las delicias de coco y freían en miel las boyerías de plátano verde.

En las aceras de la avenida Central se veían los grandes acontecimientos, como las fiestas patrias, el carnaval, el desfile de los bomberos o las procesiones de Don Bosco y también San Miguel. Ningún escenario mejor que los balcones de inmuebles como la casa Gálvez, el edificio Muller y otros, convertidos en palcos.

La vida bohemia también tenía un espacio en ese ghetto urbano. Bares como el Montmartre, el Chalet, Tocumen y salas de baile del tipo del club Sojourners, el Club 18, La pollera o el Club Nacional acogían diferentes modalidades culturales.

La modernización de la urbe capitalina trajo un resultado contraproducente en este sector de Calidonia. Los edificios se llenaron de plástico, aluminio y latón y desapareció el rostro de los inquilinos. Las aceras se convirtieron en prolongación de los establecimientos comerciales y aparecieron pregoneros para atraer a los transeúntes.

Pero lo realmente traumático fue la aparición de los buhoneros con sus pequeños armazones de madera. Ellos expenden todo tipo de chucherías y reina un comercio informal, que procura ganar a esa población que atraviesa apresuradamente las aceras.

Pero ahora el esquema comercial ha hecho crecer la oferta y cada cubículo es una especie de estrecho supermercado popular que brinda baratijas, alimentos, productos de la hortaliza, servicios de barbería e improvisados salones de belleza donde hacen “ pedicure ” y “ manicure ”, ante la mirada curiosa de los caminantes.

El resultado de esta compleja maraña de intereses es el deterioro de la vía; hay que ver lo que exhibe en las madrugadas: fruteros y hortelanos que lavan sus productos en la calle, los menesterosos que convierten en camarotes los puestos de ventas, el orín que lava las aceras y los taxis piratas.

Fui testigo de cómo un autobús aplastó la cabeza de una anciana que cruzaba en muletas. Estos patéticos episodios son ahora uno de los platos del menú que nos ofrece la vida cotidiana en la avenida Central. El espíritu que allí anidaba se mudó o ha muerto, víctima de una artera puñalada de indiferencia.

Existe una íntima relación entre el alma humana y los espacios que requieren del calor y una sensibilidad entre el ethos y el oikos; entre las costumbres y el ámbito. La modernización urbana no tuvo en cuenta los rincones que guardan un significado para la gente.

El lavadero de verduras y frutas en que se ha convertido la avenida Central necesita una atención de las autoridades municipales, el público y algunos grupos, para que le devuelvan su esplendor; allí están las huellas de las batallas, las luchas por la identidad nacional y por los valores ciudadanos.

*Periodista, escritor y docente universitario.modestun@yahoo.es