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24 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Los abogados litigantes

Dedico este humilde escrito al ilustre abogado Alcibíades Cajar Molina, ejemplo del abogado litigante.

Dedico este humilde escrito al ilustre abogado Alcibíades Cajar Molina, ejemplo del abogado litigante.

Los abogados litigantes debemos sortear los más terribles escollos en el ejercicio diario de la profesión. No me refiero a los que laboran para grandes firmas, pues a estos se les abren puertas y se les facilitan los trámites. Semejantes beneficios no lo gozan los litigantes de a pie, pues de sus humildes despachos no salen los magistrados ni los procuradores, y sus reclamos, por importantes que sean, nunca llegan a ser nota que interese a los medios.

Los litigantes enfrentamos al Ministerio Público, cuya concepción de la Ley ha sido siempre terrible e inquisidora. Antes de investigar el hecho, el fiscal dispone la detención. Si lo hicieron con los directores de la Caja de Seguro Social, ya se pueden imaginar lo que hacen diariamente con nuestros clientes. Con el cliente detenido, el abogado debe entonces solicitar que se fije una Fianza de Excarcelación ante el juez competente. Cuando éste la fija, el fiscal apela. Como el tiburón que siempre mata, aunque no tenga hambre. Todo en el marco del calvario de los familiares del cliente por conseguir el dinero para obtener su libertad. Esta aflicción, en los pueblos como el mío, la hace suya el abogado, la comparte como pariente dolido.

Enfrentamos a los defensores de oficio. Pagados por el Estado, los defensores de oficio no solo atienden casos de menores y familia, sino que también defienden a cualquiera ante la comisión de un delito, independientemente de que sea pobre o adinerado. Los abogados litigantes, que pagamos impuestos, alquiler, secretaria, teléfono, electricidad, etc., no podemos competir con estos funcionarios públicos que prestan gratis el servicio. Ante un caso de familia, por ejemplo, la Defensoría de Oficio le exige a su cliente un patrocinio legal gratuito. En las causas penales, no les exigen nada. Por eso muchas veces los defensores de oficio defienden a personas pudientes, que pueden ser nuestros potenciales clientes. Tanto es así, que en el 98% de las audiencias de homicidio, en Coclé y Veraguas, participa el defensor de oficio.

Así son las contradicciones de la Justicia: los contribuyentes pagan al fiscal para que persiga el delito, al defensor de oficio para que defienda al que cometió el delito y al juez para que lo sancione o absuelva. Solo que en este tema, al contribuyente se le llama Estado.

También nos enfrentamos al juez. Al juez que no es fiel al mandato de la Ley, pues falla alejado de ella. Al juez que no motiva sus fallos, que no los fundamenta en los hechos y las pruebas. Al juez que actúa con prejuicios o con miedo o con animadversión o, lo que es aún peor, con estas tres maldades en su alma. Los abogados litigantes esperamos una decisión razonada, donde el juez demuestre conocimiento y capacidad, que sea el resultado de la justicia y la equidad, independientemente que sea favorable a nuestros intereses o no. Eso esperamos de los jueces. Para ello, nos esmeramos en nuestros escritos, citamos doctrina e invocamos jurisprudencia, y de vuelta casi siempre recibimos una resolución desmirriada, ayuna de análisis, alejada de los preceptos legales.

Los jueces, debo decirlo, actúan con una espada en el cuello: la “ relación ”. Al final de cada mes, sus superiores les exigen dar cuenta cuantitativa de su trabajo. Les preguntan cuántos expedientes entraron a su despacho y cuántos salieron.

Nunca le preguntan por la calidad de las resoluciones, sino por la cantidad. Esa “ relación ” fulminó la sana y recta administración de justicia, mató la calidad y dio paso a la mediocridad. Ante fallos irreflexivos queda perplejo al abogado litigante. Herido, diría, con daga roma, el abogado litigante se desangra queriendo explicarle al inconforme cliente lo inexplicable de la decisión judicial.

Algunos litigantes se arropan con el manto de la resignación. Guardan un prudencial silencio ante los desmanes de la administración de justicia. Piensan, quizás con razón, que de nada sirve adversar al fiscal o al juez, pues pueden quedar sujetos a la saña del funcionario errático.

Entonces, el abogado va colmando su conciencia con las piedras del rencor, y se convierte en un severo crítico en la intimidad de su alma, como el buen sacerdote que carga por el mundo con los pecados ajenos.

Los litigantes son, sin dudas, los mártires de este oficio, aunque muchos hayan muerto sin saberlo. Expertos en cuestiones de términos, dejan sus días hábiles, sus años, su vida entera colmada de angustias, en los estrados del tribunal y, al final, ya sin fuerza para seguir en la brega, se marchan en silencio, cargando sus códigos de diario uso, sus viejos libros, sus ilusiones de siempre, sus sueños incumplidos, orgullosos de haber ejercido la noble profesión de abogado.

*Abogado.lgzuniga-arauz@hotmail.com