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13 de Aug de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La invasión y los lobos vestidos de ovejas

Me encontraba pasando una tarea de Periodismo aquella noche del 19 de diciembre, cuando retumbó un sonido seco, que no era por fuegos ar...

Me encontraba pasando una tarea de Periodismo aquella noche del 19 de diciembre, cuando retumbó un sonido seco, que no era por fuegos artificiales.

Al asomarme por la ventana me cercioré de que era el ataque militar: Estados Unidos había empezado la invasión a Panamá, preludio de lo que sería una tensa noche en vela, entre sobresaltos y la información que escuchábamos en onda corta por Radio Caracol.

Aquél 19 de diciembre, durante todo el día se sentía un aire enrarecido en Panamá. En la clase de Lógica el profesor solo habló de lo que podría ser una intervención armada de Estados Unidos, ya a lo que se exponía ese país si las tropas al mando de Manuel Antonio Noriega ofrecían resistencia. Nada de eso pasó.

En Pueblo Nuevo la gente empezó a salir a las calles por donde pasaban camiones con gente armada: civiles que se apostaron en puntos bastante lejos de las zonas de enfrentamiento armado.

Entre bombazos, los gritos y la histeria, el corazón latía a mil, y durante la madrugada Radio Caracol , en cadena con otras como Radio Neederland , informaba de lo que pasaba, por las llamadas de periodista, como el que mandó un despacho del hospital de la Caja de Seguro Social relatando la llegada de heridos y víctimas civiles de la invasión.

Noriega había caído, mientras soldados estadounidenses mataba a mansalva a civiles panameños y la ciudad de Panamá era víctima del saqueo. En algunos lugares reinaba la pena, y en otros la euforia, entre quienes, sin distingo de raza o clase social, participaron en el saqueo.

Los “ civilistas ”, autobautizados como paladines de la democracia, se tomaron las radios y televisoras: con un lacrimógeno material televisivo titulado “ Nunca jamás ”, y particularmente el hoy alcalde de la ciudad de Panamá en la emisora Radio Mía : irradiando bilis, odio y rencor.

Comenté a un amigo que las venenosas palabras de este señor hacían más daño que las balas que a mansalva lanzaban los gringos contra los panameños. Meses después, un profesor, quien ocupaba un alto cargo en la Secretaría de Prensa de la Presidencia de la República, me dio la razón al censurar, sin mencionar nombre, la acción del hoy alcalde.

Noriega se refugió en la Nunciatura e inmediatamente el ejército de ocupación cercó la sede diplomática, instalando altavoces con música a todo volumen, para amenizar la estadía del ex dictador, y, martirizar a los vecinos del área.

Los vecinos del área rodearon la sede diplomática del Vaticano para exigir la entrega de Noriega, frente a una tanqueta ubicada al otro lado del río Matasnillo, que apuntaba hacia la multitud que, sin embargo celebraba, llevando café, otras bebidas y bocadillos a los invasores.

Eran personas de clase acomodada, cuyos barrios no habían sido impactados por las metralletas gringas. Otros hacían su diciembre vendiendo camiseta con el lema “ Just Cause ” y las banderas de Estados Unidos y Panamá.

Un reportero gráfico chileno pasó y con él hablé sobre muchas cosas: sobre mi percepción, de quiénes eran los que iban a asumir el poder y lo que representaban.

El tiempo me daría la razón, pues los autodenominados “ civilistas ” y “ paladines de la democracia ” pronto se quitaron el disfraz de ovejas y mostraron los colmillos que se les venían atrofiando desde que fueron sacados a la fuerza del poder en 1968.

Algo que me dijo el reportero gráfico chileno fue que “ los panameños habían bajado demasiado la cabeza ”, con lo cual coincidí, pero con la observación de que no eran todos, pues si se iba a otros barrios menos privilegiados, de seguro no encontraría el mismo ambiente.

*Periodista.ccamarena2004@gmail.com