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31 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La muerte de un cronopio

La Feria Internacional del Libro en la ciudad de México se ha realizado durante 31 años en el Palacio de Minería, un monumento del siglo...

La Feria Internacional del Libro en la ciudad de México se ha realizado durante 31 años en el Palacio de Minería, un monumento del siglo XVIII situado en el corazón mismo de la vida cultural de esa ciudad, en la parte vieja y a escasos metros del Palacio de Bellas Artes.

En este imponente edificio, en un ambiente auténtico de Feria de Libro, se dan cita importantes editores y profesionales en la materia que ofrecen a un público siempre fiel una amplia y variada oferta editorial.

En 1983 la feria tenía apenas cinco años y ya contaba con un amplio prestigio internacional, avalado por el impulso de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Pero lo vistoso del acontecimiento editorial era la posibilidad de contar con la presencia de importantes escritores y sobre todo ese año, de Julio Cortázar, quien asistiría para presentar una nueva obra.

En esos momentos la presencia del autor argentino era particularmente importante por varias razones. Su compañera sentimental acababa de morir, hecho que había sido el colofón de un viaje en que ambos habían recorrido la autopista París — Marsella (narrado en forma de diario en la obra Los autonautas de la cosmopista ); además, su reciente viaje a Nicaragua donde se gestaba una revolución y sus últimas obras.

La fase de autor de cuentos de Cortázar estaba en todo su apogeo, acababa de editar el libro Queremos tanto a Glenda , con una colección de 10 ejercicios narrativos, que llevaban la vida cotidiana a categoría de fábula como en su texto Orientación de los gatos , donde relaciona la mujer con las gatas; o en Clone , sobre un concierto y Grafitti , en torno a un personaje que vive sus dibujos callejeros.

La llegada del escritor argentino a la capital mexicana fue toda una experiencia para los amantes de las letras. En la UNAM, quienes estudiábamos allí, esperábamos su conferencia, o charla, o testimonio que habría de dictar, según anunciaban las autoridades universitarias.

Para tal efecto, se preparó el salón Justo Sierra en la Facultad de Humanidades, conocido por todos los estudiantes como la sala Ho Chi Mingh, nombre con el que fue bautizado por primera vez por las autoridades cuando se presentó tras tantas expectativas el escritor.

Cortázar no dejó de sorprender tan pronto traspuso la puerta, terriblemente espigado, con un jeans y pese a sus 69 años, parecía un hombre de unos 40. Según algunos, sufría de acromegalia, esa enfermedad que le hace a uno crecer, después de adulto.

Su visita en México se debía a la publicación de su obra Deshoras , otro libro de cuentos, producto literario de la casa Editorial Nueva Imagen, encargada de representarlo en ese país. Cuando le dieron la palabra, en lugar de hablar de esta obra, leyó con su voz que arrastraba una letra erre afrancesada, un texto de sus experiencias en Nicaragua.

Nada más delirante para el público universitario que abarrotaba la sala. Cortázar entonces habló de su nuevo amor político, el proceso que se vivía en Nicaragua con los sandinistas convertidos en hombres y mujeres de Estado.

Parte de este material aparecería ese mismo año en un libro denominado Nicaragua, tan violentamente dulce. En esta obra dedicada al país centroamericano se analiza la historia de sus años de lucha insurgente y sus relaciones externas.

Esa noche en la sala Ho Chi Mingh, experimentamos un clima poético con la lectura que hacía Cortázar, con lo que representaba en ese momento y todo el trabajo literario que su presencia representaba; sus traducciones de Chesterton, Yourcenar, Gide; sus novelas juguetonas como Rayuela , Libro de Manuel , Bestiario , entre otras y sus cuentos y otros textos daban esa imagen de un hombre de letras en todo su sentido.

A los meses, en febrero de 1984, Cortázar murió. Desde ese momento han salido unos diez títulos póstumos en casi todos los géneros. Son una especie de Papeles inesperados , como se titula una de las últimas obras. Además el libro de poemas salvo el crepúsculo, los textos de teatro como Adiós Robinson y otras piezas claves; los cuentos El perseguidor , Continuidad de los parques.

Hasta se ha recuperado alguna correspondencia de valor literario, tal es el caso de Correspondencia Cortázar-Dunlop-Monrós , publicada en Barcelona. También están el Diario de Andrés Fava , una visión de John Keats y la obra El examen.

En 70 años de vida, Cortázar pudo dedicar su vida a las letras y dominar el monstruo de la imaginación como el cronopio que fue desde que los descubrió en su célebre obra Historias de cronopios y de famas. El análisis de los autores que tradujo y las fuertes influencias de escritores como André Gide o Jean Cocteau, dieron un fuerte sello a su mundo poético y narraciones tan juguetonas como su rayuela.

Estas ideas y los recuerdos de su paso por México que me permitió conocerlo, me han brotado a la memoria ahora que leí la noticia de un homenaje que le hacen unos estudiantes con motivo del 25 aniversario de su muerte.

Desde donde yace, junto a su compañera Carol Dunlop, quizás exprese una sonrisa al recordar sus últimas palabras del diario de viaje por la autopista, “… nos habíamos encontrado nosotros mismos y eso era nuestro Graal sobre la tierra”.

Hoy, a un cuarto de siglo de su defunción, los textos cortazianos nos permiten seguir encontrándonos con esa otra vida que paralelamente él encontró y que nos dejó como legado.

*Periodista y docente universitario.modestun@yahoo.es