23 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Un problema amarillo

El primer día del año 2010 despuntó con la interrogante de si solo iban a circular los taxis de color amarillo, según la disposición que...

El primer día del año 2010 despuntó con la interrogante de si solo iban a circular los taxis de color amarillo, según la disposición que regula este sector del transporte. La duda nacía porque en tres ocasiones se ha prorrogado el término a solicitud de los gremios y de muchos conductores; además, por la sensación que tenemos los usuarios sobre el estado de caos que reina en este y otros servicios callejeros.

Cualquier persona que utilice el sistema de taxis, llamado selectivo —no sé por qué razón— tendrá en su memoria un conjunto de experiencias amargas, que van desde sentirse impotente cuando le dicen “ no voy ” hasta el cobro de tarifas que nadie comprende y que pueden variar de conductor a conductor.

Asombra que el servicio de taxis esté establecido en el país sin ninguna regulación que se cumpla, más que por una selvática noción del más vivo. Y por lo general, resulta ser quien brinda el servicio en cada vehículo destinado para ese fin de trasladar un público—víctima de un punto a otro de la ciudad.

Si uno compara el servicio de los taxis en Panamá con los de otras urbes, no encontrará un parangón. Ni siquiera con aquellos destartalados carritos en la ciudad de Santo Domingo en República Dominicana, donde se suben como seis clientes y quien va junto a la puerta, tiene que sostenerla con el brazo. Al menos allá van en línea recta y cada quien se queda en la ruta.

En Costa Rica no hay taxis destartalados, todos son rojos y tienen una “ María ” o taxímetro. En México, la mayoría, son Volkswagen verdes con los asientos de atrás para los pasajeros y hay los “ peseros ”, que van en línea recta y son colectivos.

Acá, puede uno encontrarse hasta con dos o tres “ compañeros de viaje ” y cada quien tiene un rumbo diferente. Esto obliga a hacer un recorrido no planificado, pero en aras del negocito que el conductor del taxi se ha propuesto con su clientela múltiple. A esperar se ha dicho y cuente hasta cien.

En el recorrido, el taxi podría encaminarse a una gasolinera, pues el indicador del vehículo siempre marca en la parte más baja y mientras hace la fila o espera que le atiendan el servicio de combustible, puede usted encontrarse en la parte más inhóspita de la ciudad; así que saque su estampita de la Magnífica y entreténgase con el texto consolador.

El ambiente puede ser variable dentro del auto. Depende del humor del conductor en ese momento. Quizás le toque escuchar música de la más actual en la disquera popular con los últimos éxitos del reggaetón, o en el otro extremo, un culto evangélico radiofónico. También le puede tocar a media mañana o en la tarde, alguno de esos promotores del medio, denominados “ dijei ” (DJ).

En este momento que el DJ habla, mírele el rostro al conductor del taxi y si percibe que lleva una ligera sonrisa, un hilo de saliva le cuelga de la comisura del labio y sus ojos miran en el vacío, comprenderá lo que es el Nirvana en el mundo del volante; es decir, el grado más alto de imbecilidad humana.

Abra bien los ojos en este momento, porque puede sobrevenir un accidente, porque el conductor solo lleva el cuerpo en el taxi; la mente, no sabemos por dónde anda. Ella vuelve a la realidad, solo en el momento de aplicación de la tarifa.

En esta etapa final del viaje, se torna mago, pues empieza a hacer unos malabarismos geográficos y calcula el paso por las avenidas, calles, más el diferencial de la hora del día, la noche, el fin de semana, el porcentaje del aumento de la gasolina y acaba el pasajero tan mareado, que paga, sin chistar.

Aquí queda uno con la duda de si tanta farfolla era un artilugio psicológico para enredar y evitar una razonada discusión sobre las tarifas, pues, por más que uno argumente, siempre lleva las de perder en la negociación.

Algunos cuestionan que los taxis pertenezcan a un sistema público. Más bien se trata de un ejercicio de oferta y demanda, donde es el mercado el que determina. Pero aún así, no sabemos quiénes son los agentes que regulan, cuál es el papel que debe desempeñar cada quien y cuáles son las reglas del juego.

Hace poco me tocó tomar un taxi para un recorrido que duraba como cinco minutos. El conductor cenaba, mientras conducía. Al llegar al destino dictaminó una tarifa que fue rebatida y él insistió e hizo uso de diferentes criterios que no fueron convincentes.

Se pagó la absurda cuenta e hice un comentario que no fue del agrado del taxista, quien gritaba al alejarse “ haber sabido, te hubiera traído gratis ”. Lástima que ya había pagado, pues de haber estado enterado cuáles eran sus intenciones reales, le hubiera tomado la palabra.

Las imágenes todas las tardes en las avenidas Cuba y calles adyacentes sobre los llamados “ taxis piratas ” dan una pauta de un sistema que no termina de organizarse y con perjuicios para todos. Es necesario crear una política del transporte público que ofrezca soluciones permanentes a los diferentes componentes para que todo avance.

Uniformar los taxis con el color amarillo, es un buen inicio. Sin embargo, la imposibilidad de concretar una simple decisión que tiene trascendencia, expone el carácter de los problemas que pinta de colores más complejos.

*Periodista y docente universitario.modestun@yahoo.es