24 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El ejercicio del poder

En la historia de la Humanidad hay quienes han ostentado y ostentan el poder torturando a millones de seres desvalidos. Es un elemento p...

En la historia de la Humanidad hay quienes han ostentado y ostentan el poder torturando a millones de seres desvalidos. Es un elemento peligroso y sumamente efectivo, dejando una secuela de dolor y sufrimiento en el que lo padece. Y se da a todos los niveles: en el hogar, cuando la familia se sustenta en el terror y el maltrato; en la religión, cuando se es extremista; en el sexo, cuando su uso es degenerado; en el ámbito laboral, cuando el sentido del trabajo deja de ser una contribución social y se transforma en algo que se da a cambio de un sueldo a final de mes; entre amigos, cuando hablan a tus espaldas y envenenan a otras personas en relación a ti; en la democracia, cuando están en juego los derechos y deberes a la dimensión pública del bien común; entre políticos, cuando no tienen autoridad moral ni ética para ejercer un puesto estatal de importancia; en los medios, cuando equivale a controlar tus creencias y actitudes.

El poder bien intencionado es imprescindible para que la sociedad funcione. Tiene que haber gente capaz de asumir los riesgos y tomar las decisiones que correspondan. Éste es un acto de humanismo y de humanidad muy importante. El ejercicio del poder es imprescindible para que la sociedad no sea una suma de islas y los intereses privados se pongan por encima de los intereses comunes. Esto exige que el poder se ejerza en función del bien común. Si no hay el trasfondo del bien común, difícilmente el poder tendrá esta capacidad de expresar lo que la gente requiere.

Pero, cuando el poder se ejerce con fuerza, impulsividad y afán de protagonismo y se centralizan las decisiones y se comenten arbitrariedades e injusticias, estos factores a la larga conducen hacia la esclavitud de la tiranía. Cuando se llega a este punto se empieza a sentir pesimismo y los ciudadanos comienzan a bloquearse los unos con los otros. Entonces, surgen las divisiones y los resentimientos. Y el resentimiento es miserable, emotivo y poco racional e intoxica y daña la paz entre las personas y el ambiente se torna hostil y agresivo, temeroso y humillante.

Cuando la democracia no es la complicidad activa de la ciudadanía hacia el poder público, entonces el ciudadano se convierte en una persona que tiene miedo de todo y se cierra en su propia intimidad.

La realidad es que, ante este objetivo, hay una sociedad cada vez más mercantilista con poca visión a largo plazo, que no ve que tiene un proyecto en su vida y una misión a su alrededor. Esto dificulta encontrar un sentido de ciudadanía; el civismo es entonces puramente pasivo —se reclaman derechos y se olvidan los deberes— y toda la política que proviene de esta realidad sociológica nos lleva a ser cada vez menos ciudadanos.

Para conseguir el poder, se permite todo, y las instituciones —que deberían ser plataformas de convivencia plural— se transforman en trincheras de los políticos y de los poderosos. Ésta es una de las perversiones del poder y hace que las autoridades que nos representan en las instituciones pierdan credibilidad. En la medida en que las instituciones no moderen su propia dinámica, los puntos de referencia ciudadana sobre la política se desvanecen.

*Especialista de la conducta humana.gemiliani@cableonda.net