Temas Especiales

06 de Mar de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Reglas para asegurar el futuro

Panamá ha paleado el temporal de la crisis financiera mundial y parece estar resuelta a enrumbarse de un modo satisfactorio hacia el ple...

Panamá ha paleado el temporal de la crisis financiera mundial y parece estar resuelta a enrumbarse de un modo satisfactorio hacia el pleno siglo XXI. La economía, la producción y el empleo, aunque no robustas aún del todo, se han visto de manera alentadora en los últimos años y todo indica que el ciclo ascendente continuará en el futuro inmediato. Además, las expectativas de una buena parte de la población son optimistas al punto que se puede tener la impresión de que la crisis —a pesar de los testimonios de pobreza y marginalidad— quedo atrás.

Sin embargo, como no es la primera vez que nuestro país atraviesa un período de bonanza e ilusión, conviene reparar en la experiencia del siglo pasado con el fin de plantear algunos desafíos en los albores del presente. En particular los relativos a facilitar un progreso duradero y equitativo.

Históricamente, durante los últimos cincuenta años, nuestra economía ha crecido, en promedio, un poco menos de dos por ciento anual. Las etapas de auge son seguidas por leves caídas o rápidas contracciones, para luego nuevamente ascender, lo cual motiva el decir que los que hemos nacido en Panamá, por su posición geográfica y con el auspicio de los astros, terminamos bendecidos y recuperados.

El pensamiento racional, tan afín a los organismos financieros internacionales o las grandes corporaciones, suele aconsejar un simple ejercicio de estática comparada.

Es cuestión de tomar como ejemplo el derrotero de un país capitalista exitoso, si es posible de moda, compararlo con el nuestro, hacer una resta, y la diferencia es lo que corresponde impulsar en el futuro. Pero de los estudios de varios economistas e historiadores locales es factible inferir, en cambio, una serie de conclusiones a tener en cuenta. Sobresalen, entre ellos, tres corrientes interpretativas.

La primera destaca la debilidad y la mala calidad de las instituciones como causa principal de nuestros vaivenes. Estas normas formales e informales que establecen incentivos y sanciones aplicables en las esferas social y económica, y que fueron legadas del período colonial o construidas por los propios beneficiarios, habrían provocado, en lugar de certidumbre, presiones corporativas, costos elevados, captura de rentas oligopólicas, hábitos de corto plazo y una acentuada desconfianza en los acuerdos y contratos que impidieron, en suma, una suficiente y continua inversión.

La segunda señala el modo y los tiempos de nuestra incorporación a la economía mundial. El sendero elegido en los comienzos y los errores —involuntarios o deliberados— de la dirigencia política después, nos habrían condicionado a un mero papel de productores de azúcar y sal. De esa manera, vulnerables en exceso a las fluctuaciones de la demanda y los flujos de capitales externos, se obstaculizó la formación de una clase pujante que llevara a cabo, con el auxilio de la intervención pública, la producción de bienes complejos y un desarrollo industrial sostenible.

Y por último, existen los trabajos que observan múltiples causas —coyunturales y estructurales— para nuestra zigzagueante trayectoria, aunque resaltan la persistencia de una deuda externa crónica y las políticas económicas inadecuadas para cada etapa, en especial durante el período de los años 70 y 80, en cuanto a subsidios, aranceles, déficit y gasto público.

Si se admite que cada una de estas interpretaciones posee su cuota de acierto y que además estamos transitando, de acuerdo a las señales internas y externas, por un sendero de oportunidades interesantes, la agenda debería estar constituida por definir reglas claras y estables, mantener la disciplina presupuestaria e identificar aquellas iniciativas de organización económica que favorezcan la productividad, la recomposición de los salarios y un desempeño equilibrado del conjunto.

En principio, por ejemplo, se podrían trazar las metas, abrir el debate y construir consensos perdurables en torno a cinco áreas claves: el fortalecimiento técnico de las instituciones del Estado, la estrategia energética y de infraestructura básica (con sus componentes vinculados a los recursos naturales y el medio ambiente), la concentración de esfuerzos para alentar las exportaciones, la política tributaria referida a los impuestos al consumo y a las ganancias, y un adecuado sistema de formación y capacitación profesional para ocupados y desocupados.

En palabras de un viejo, pero sabio economista local, se trata de redoblar el esfuerzo para aprovechar la fortuna que nos ha regalado Dios. De este modo, tal vez, es posible encausar al país para que emprenda el camino que de una vez por todas nos eche al andar y sin parar.

*Empresario lifeblends@cableonda.net