25 de Oct de 2021

  • Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Vallas digitales. Y las otras

La contaminación visual producida por anuncios comerciales públicos —digitales y no digitales— opaca los atractivos naturales de nuestra...

La contaminación visual producida por anuncios comerciales públicos —digitales y no digitales— opaca los atractivos naturales de nuestra ciudad y en nada contribuye a resaltar su belleza; al contrario, nos dan una apariencia de aldea mercantilista y kitsch. Curiosamente el incipiente derroche de propaganda comercial digital en vías públicas, que constituye un serio peligro para la seguridad de conductores y peatones, contrasta con la tradicional mezquindad de las autoridades que ofrecen pocas y pobrísimas señales de tránsito que llamen la atención de los conductores para ayudar a ordenar el tráfico.

El riesgo de los anuncios publicitarios digitales para los conductores ha sido puesto en evidencia recientemente en Panamá, pero nuestra ciudad no es la única ni la primera que lo sufre; en Estados Unidos varios estados y varias ciudades han aprobado disposiciones legales que prohíben tajantemente ese tipo de anuncios. Ciudades como Houston, Dallas y San Petersburgo y estados como Maine, Vermont y Montana han prohibido estos anuncios, mientras que otras muchas ciudades, como Los Ángeles, San Antonio y San Luis, han otorgado un período de gracia para desmontar los ya colocados.

Por supuesto hay grupos a favor y en contra de la prohibición. Los defensores alegan que esos anuncios tienen la intención natural y el obvio propósito de atraer la atención del conductor, para distraerlo de la vía, aunque momentáneamente; de lo contrario —alegan con razón— la propaganda no tendría tanto movimiento, luz y colores. Quienes se oponen —que son empresarios dueños de estos anuncios, que invierten varios cientos de miles de dólares en cada uno— aducen que no existen pruebas fehacientes de una relación entre accidentes y anuncios porque la cantidad de accidentes se ha mantenido estable, con y sin anuncios.

Por otro lado, es evidente la falta y la pobre señalización en las vías de tránsito que indiquen claramente reglas como límites de velocidad, doble sentido de vías, derecho de vía, señales de alto en intersecciones, marcación de carriles, cercanía a escuelas u hospitales, líneas de seguridad para peatones, construcciones en proceso, calles cerradas por reparaciones, prohibición de rebasar en curvas o puentes, anuncios en caracteres tan pequeños que resultan ilegibles a distancia, entre muchas otras carencias. Como ejemplo, basta recorrer las carreteras Interamericana y Transístmica para percatarse de la pobre señalización de los límites de velocidad porque no se trata de que el conductor los memorice desde que tomó el examen oficial de manejo, sino de recordárselo permanentemente en la vía. Es lógico que todo ello cueste dinero pero pienso que más caras resultan las vidas perdidas y el trabajo de investigar y sancionar accidentes.

En qué medida el derroche de publicidad tiende a empañar la belleza de la ciudad capital y la mezquindad gubernamental agrava el problema del tráfico vehicular aquí y en el resto del país, son asuntos que deben atenderse pronto y con seriedad. El tema se ampliaría en la capital al sumarle la destrucción sistemática de la valiosa arquitectura del Casco Antiguo y la extensión de la jungla de concreto que va de Paitilla a la Avenida Balboa, que contrasta con el esmero que he podido ver en ciudades como París, Washington y Río de Janeiro donde se regula con dureza la propaganda pública y se cuida con cariño la estética del contorno.

*Ex diputada de la República.mireyalasso@yahoo.com

***