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26 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El trabajo es sagrado

En los próximos días se iniciarán nuevamente los preparativos para la celebración del Día del Trabajador y, como de costumbre, no faltar...

En los próximos días se iniciarán nuevamente los preparativos para la celebración del Día del Trabajador y, como de costumbre, no faltarán las simbólicas marchas, las banderas rojas o blancas, las consignas obreras, las invocaciones a la gesta de Chicago, la cantaleta a los derechos alcanzados y cuantos pregones se les ocurra a los trabajadores que, con ansias de adquirir protagonismo, desperdician un día de descanso y se ensañan contra cualquier persona que se sienta tranquilo porque un Dios le ha bendecido con un digno y respetable trabajo.

Cuando meditamos sobre la vida de los millones de trabajadores que hacen bien sus funciones y cumplen cabalmente con su jornada laboral, nos damos cuenta de que la mayor parte disfruta lo que hacen y están contentos con lo que devengan. Y es que, desde los primeros tiempos, vimos que el trabajo es sagrado. Si contemplamos la vida de Jesús, por ejemplo, durante esos años de artesano, sin relieve externo, lo veremos trabajar bien, sin chapuzas, llenando las horas de trabajo intenso. Nos lo imaginamos recogiendo los instrumentos de trabajo, dejando las cosas ordenadas, recibiendo afablemente al vecino que va a encargarle alguna cosa…, también al menos simpático, y al de conversación poco amena.

El oficio de Jesús no fue brillante; tampoco cómodo ni de grandes perspectivas humanas. Pero Jesús amó su labor diaria, y nos enseñó a amar la nuestra, sin lo cual es imposible vivir la vida plenamente, pues cuando no se ama el trabajo es imposible encontrar en él ninguna clase de satisfacción, por muchas veces que se cambie de tarea. Estoy seguro que Jesús conoció perfectamente el cansancio y la fatiga de la faena diaria, y experimentó la monotonía de los días sin relieve y sin historia aparente. Esta consideración es también un gran beneficio para nosotros, pues el sudor y la fatiga que el trabajo nos produce necesariamente nos llevan a experimentar una condición natural de la humanidad, ya que cada ser humano se le presentan la posibilidad de participar en la obra que se ha venido a realizar.

Al igual que Jesús, hay infinidades de personas cuyo modelo también podemos imitar en nuestras vidas de hombres corrientes que trabajamos cada día. Reflexionando las figuras de algunos comprendemos con mayor hondura la obligación que tenemos de trabajar bien: no podemos pretender cobrar un salario por un trabajo mal hecho. Igualmente, hemos de aprender a encontrar fortaleza espiritual y la buena voluntad en nuestras ocupaciones para ayudar a nuestros conciudadanos y a contribuir a elevar el nivel de la sociedad y de la creación. Un mal profesional, un estudiante que no estudia, un mal zapatero…, si no cambia y mejora, no puede alcanzar la gloria que significa hacer bien las cosas.

Con el trabajo habitual tenemos que hacer como si estuviéramos ganando el Cielo. Para eso debemos tratar de imitar a los grandes que nos han antecedido. Para santificar nuestras tareas hemos de tener presente que todo trabajo honesto, intelectual o manual, debe ser realizado con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección espiritual (por amor y servicio a los demás). Porque hecho así, ese trabajo, por humilde e insignificante que parezca, contribuye a ordenar las realidades y a priorizar las acciones.

En el trabajo honesto encontraremos un campo abundante de pequeñas mortificaciones que se traducen en la atención en lo que estamos haciendo, en el cuidado y en el orden de los instrumentos que manejamos, en la puntualidad, en la manera que tratamos a los demás, en el cansancio ofrecido, en las contrariedades que, sin quejas estériles, procuramos llevar de la mejor manera posible.

En nuestros deberes profesionales encontraremos muchas ocasiones de rectificar la intención para que realmente sea una obra ofrecida a santificar y no una ocasión más de buscarnos a nosotros mismos. De esta manera ni los fracasos nos llenarán de pesimismo ni los éxitos nos separarán de lo medular. La rectitud de intención —el trabajar de cara a lo correcto— nos dará esa estabilidad del ánimo propia de las personas que están habitualmente cerca de un Dios.

El próximo 1 de Mayo, antes de decidir si marchamos o meditamos, nos podemos preguntar si en realidad tratamos de imitar en nuestro trabajo los años de vida oculta de Jesús o si, muy por el contrario, lo que buscamos es protagonismo fugaz y espontáneo. O podemos cuestionarnos si buscamos prestigio profesional o si sólo nos conformamos con ser competentes en nuestras profesiones. O si el trabajo nos sirve para conquistar nuevas amistades o si nos sirve para acercarnos más a la familia. O si cumplimos cabalmente con nuestros deberes profesionales o exigimos un pago por un trabajo aún por completar.

El Día de Trabajador es una fecha ideal para reflexionar. Hoy, la humanidad requiere de mayor énfasis espiritual y menos desgaste personal. El trabajo puede quedar santificado en la medida en que se asemeje a esos años de vida oculta y sencilla de Jesús en Nazaret. Si trabajamos a conciencia, si vivimos la caridad, si sabemos aceptar las contradicciones evitando la queja y si podemos ayudar a los demás, estaremos siempre celebrando el Día del Trabajado. De lo contrario, sería más de lo mismo y nuevamente se habría perdido otro año sin lograr absolutamente nada.

*Empresario. lifeblends@cableonda.net