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29 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Macondo o Panamá

A lgún cínico definió la política como el arte de tratar de llegar al poder mientras no estábamos en él. Y hay algo de esta definición e...

A lgún cínico definió la política como el arte de tratar de llegar al poder mientras no estábamos en él. Y hay algo de esta definición en el comportamiento de las fuerzas que hacen la política en Panamá, entendida como afán no exclusivo de los partidos políticos, sino también de medios, otras organizaciones intermedias y ciudadanos en general. ¿Qué hacemos para llegar al poder mientras no estamos instalados en él? O, ¿cómo le hacemos la vida imposible a quienes están instalados en el poder, mientras volvemos a él?

He cometido el pecado de teorizar sobre el tema y tengo una teoría que se aplica a nuestra vida republicana antes de 1968; otra teoría que se aplica a la dictadura militar hasta 1989; y finalmente, una que trata de explicar nuestra vida democrática a partir de 1990.

En relación con el primer período, me parecen extraordinariamente didácticas las discusiones sostenidas entre el Dr. Ricardo Arias C. y Adolfo Linares F. sobre el verdadero contenido democrático de esta época. No obstante, cualquiera que fuese el criterio al que uno se adhiera, sí me parece acertada la teoría del Dr. Arias C., de que era posible construir en algunas ocasiones, demasiado concurrentes, ésa denominada democracia formal, sin el concurso del pueblo. En otras palabras, sin que fuera significativo si la manifestación de la voluntad popular era debidamente escrutada o tomada en cuenta. Salvo las excepciones a las que se refiere el Dr. Linares F., que en mi perspectiva, no hacen más que confirmar la regla. El segundo período es el del ejercicio del poder de manera directa por parte del instituto armado, como fuerza real de poder más determinante del país. Además de todo lo que significa una dictadura militar, el régimen instituyó como razón de Estado la lucha por el control y administración del Canal, su zona adyacente, y la eliminación de la presencia militar extranjera en Panamá. El tercer período, es el de nuestra clara consolidación democrática para el logro de los fines del Estado. Y, después de algunos años de consolidación democrática, empieza la batalla ideológica por el logro de los fines del Estado. Esta consolidación democrática, —cuando no estamos en Macondo, pensando cómo regresamos a alguno de los períodos anteriores, en francas regresiones—, pasa por algunos elementos que le son propios y no compartidos por los períodos anteriores.

Uno de ellos, es que las camarillas de poder económico y político, social y cultural siguen teniendo algo que decir en las definiciones políticas finales, pero no tienen la última palabra. El recurso al pueblo, a través de primarias y votaciones directas en las que se toma en cuenta la voluntad popular, marcan una pauta fundamental que nos distingue de los períodos anteriores y que nos define como una democracia mucho más popular y auténtica. Siguen siendo factores reales de poder: EE.UU., el instituto armado, los grupos económicos de poder y ese pueblo, sin cuya participación y visto bueno nada camina.

La otra característica de esta democracia, es que hasta ahora ha sido fundamentalmente antioligárquica. Ninguno de los presidentes de la recobrada democracia ha tenido apellidos oligárquicos. No porque exista una discriminación inversa a la practicada hasta 1968, sino porque hasta ahora no ha ganado un oligarca el favor de las mayorías populares. La puerta sigue abierta para su participación, sin ninguna discriminación.

Entendiendo siempre la tutela de la neutralidad del Canal y neutralización del país, garantizada por el Departamento de Defensa de EE.UU., y cómo la prudencia y conveniencia siguen marcando esa relación, al calor de imprevisibles desarrollos del escenario internacional. Podemos definir importantes y trascendentales períodos de inflexión en nuestra historia reciente: el primer período es el de la Asamblea Constituyente, que funda los cimientos de la República; el segundo intento de refundar la República, precisamente, lo marca la Asamblea Constituyente Originaria de 1946, que es frustrada con el golpe de Estado de 1968, cuyas consecuencias vivimos hasta 1989; y finalmente, la tercera República, que estamos construyendo. Obviamente, hay elementos políticos, económicos, sociales y culturales que nos definen hoy como un momento histórico diferente y con un mejor grado de desarrollo democrático, pese al camino que aún nos queda. Si queremos darle forma definitiva a este proceso, a través de otro proceso Constituyente Originario, o si estimamos que no ha llegado aún el momento de hacerlo; son los factores reales de poder los que deben asumir esa determinación.

*ABOGADO.