Temas Especiales

25 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Aceptando la corrupción

T ranscurrido el primer año de gobierno del presidente Ricardo Martinelli el pueblo ha adquirido un claro concepto de lo que han de ser ...

T ranscurrido el primer año de gobierno del presidente Ricardo Martinelli el pueblo ha adquirido un claro concepto de lo que han de ser sus cumplimientos de promesas. Lo que ha resultado evidente es que la intención del mandatario, como sus antecesores, de efectivamente cumplir sus proyectos. No duda el panameño que se hará el intento, aun cuando algunas promesas se estrellen contra la dificultad o imposibilidad de cumplirse.

En ese marco, la atención al problema del transporte es real. La licitación efectuada del Metrobús es un paso concreto realizado mientras se avanza en la licitación del Metro, que de hecho se da por descontado que difícilmente podrá estar listo durante su mandato. Los temas de salud han sido atacados y se licitaron cinco nuevos hospitales, así como se licitarán las 35 clínicas de atención primaria. En educación se está trabajando en la revisión del plan curricular y, aunque no se están iniciando nuevas escuelas, es de esperar que sea el próximo paso. La promesa de dar $100 a los mayores de 70 años sin jubilación es una realidad, aun con algunos problemas de ejecución.

Algunas promesas no resultaron ciertas, como el haber dicho que se iba a gobernar con los mejores, las designaciones han seguido el mismo patrón de partidos anteriores en el poder, inclusive presionando para aumentar la membresía de los partidos oficialistas, el asignar espacios políticos y los acostumbrados nombramientos a familiares y amigos. La promesa de bajar la canasta básica tampoco se logrará y el pueblo ya aceptó la realidad, inclusive afectado su poder adquisitivo por un aumento en el ITBMS al 7%. Algo más grave, el incumplimiento de la promesa de mayor seguridad, algo que el panameño hoy da por imposible de lograr y agravado por la falta de confianza en la honestidad de los propios policías e investigadores.

En medio de promesas cumplidas, por cumplir y sin poder cumplir, queda quizás lo peor de lo no logrado. Un gobierno más que fracasa aparatosamente en su lucha contra la corrupción. Con un vicepresidente que surge a la vida política con el eslogan de ‘manos limpias’ y un presidente comprometido contra la corrupción, los resultados sorprendentemente han sido negativos. Hoy casi hay que concluir que la corrupción corre por las venas del panameño, que todos damos por un hecho que funcionamos en base al ‘juegavivo’, desde el que se pasa la luz roja hasta el que paga comprando un examen. Para acabar con la corrupción, como pretendía este gobierno al igual que los anteriores, habría que cambiar totalmente nuestras costumbres y reeducar a toda una nueva generación.

Recuerdo cuando el general Torrijos cambió a todos los corregidores y designó a estudiantes de Derecho, consciente de que jóvenes a esa edad aún no estaban corrompidos por el sistema. Hoy, la corrupción evidente en los diputados, en una gran cantidad de funcionarios, en los empresarios, ¿cómo la combates? En un país donde los llamados a hacer leyes se mueven por intereses, prebendas, contratos y negocios, donde el empresario parte de la premisa de que si paga logra prebendas y concesiones, donde el funcionario agiliza su trabajo contra coimas y pagos ilegales. Hoy, al igual que ayer, la maquinaria burocrática del Estado solo la mueve el aceite del dinero.

Dudo mucho que el presidente y los ministros no sepan lo que realmente está pasando en el país. El tráfico de influencias es una forma de vida en Panamá, parentescos y familiaridad sirven para obtener ventajas en compras, licitaciones y contratos. Lo peor de todo es que en un país donde el rumor florece silvestre, todos nos creemos todos los rumores, destruyendo cualquier vestigio de honestidad en personas e instituciones. No dudo que muchos de los rumores sean falsos, pero me consta de las veces que en carne propia he vivido los efectos del funcionario coimero, donde, lamentablemente, tengo que aceptar que solo con ese pago se logran resultados eficientes.

La corrupción en Panamá no podrá nunca eliminarse, si no damos paso a una nueva generación que venga sin el virus dentro. Quizás solo tengamos una Asamblea Nacional honorable de verdad si solo elegimos una con menores de 25 años, profesionales que aún no conozcan la corrupción ni los mueva la ambición de riqueza. El panameño de hoy cree que si logras una posición alta en el gobierno es para salir acomodado, si logras tener un familiar en puesto alto al igual que un buen amigo, es su deber acomodarte. Ese pensamiento arraigado en nuestra generación es el que hace que siga la corrupción imperante en el país. Un año después de instalado el nuevo gobierno, basta ver los cambios de residencia de los nuevos funcionarios, sus nuevos autos, las nuevas fincas. Pero lo malo no es que esto ocurra, lo malo es que todos lo vemos bien y todos felicitamos la buena suerte de los nuevos acomodados. Premiamos, en silencio, la corrupción, diría que muchos inclusive la envidian. Lástima, por un momento creí que realmente la erradicaríamos.

*INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.