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28 de Mar de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El ‘juegavivo’

El distinguido abogado y escritor Edgardo Villalobos, es el nervio motor de esta inspiración sobre el tema que nos ocupa, al analizar un...

El distinguido abogado y escritor Edgardo Villalobos, es el nervio motor de esta inspiración sobre el tema que nos ocupa, al analizar una de sus obras titulada: ‘Diccionario de Derecho Informático’, publicada en el 2002. Es una novedosa línea jurídica con aliados conceptos, en donde prevalece la injerencia del derecho informático en la vida pública, al nominar pronombres como: ‘disco duro’, ‘contratos mano en llave’, ‘documento electrónico’ y mucho más, conocimientos que muchos ignoran, o como decía con entusiasmo el jurista y profesor Rafael Rodríguez, marcado con escenificada chanza, que al final, todos cargaríamos en el bolsillo el expediente criptado en un disco.

El caso es que Edgardo sigue inmerso en un sinfín de análisis y fundamentos doctrinales, que barniza con una biblioteca tal selecta, que a cualquier intelectual le produce envidia. Por supuesto que esto no tiene nada que ver con el título del artículo.

El asunto es que todos tenemos la esperanza de que el barco de la vida enderece su cauce, sí, todavía existen idealistas que sueñan con un mundo mejor, mientras del otro lado quedan el montó de sujetos inservibles, que Fulo denomina: ‘El ignorante con iniciativa’, un asunto que igualmente nos preocupan a todos, porque son tantos que se tropiezan, pero también acceden a los puestos directivos y se las arreglan para atacar a cualquiera amparados en la indolencia, o los menos dañinos, que se la pasan inspirados en el verbo transitivo: ‘Hay que joder al amigo, porque el enemigo no se deja’.

‘¿Préstame un dólar?’. Lo que sugieren es darle el dinero, porque es lo último que pide el sujeto. Si es mayor la cantidad, los expertos en el comportamiento sugieren, que se entregue la mitad para no perderlo todo. ‘¿Regálame un minuto?’. Si caes en ese terreno no te salvas nunca más. Tenemos que poner cara y mentir piadosamente, se lo negamos, porque esperamos una llamada. En este mismo orden de ideas, las llamadas tienen una prioridad que espanta. Nada más el timbre suspende una conversación o, como hacen algunos en el elevador u otro lugar reducido, iniciar un monólogo con un conmovedor aspaviento. Nosotros no sabemos quién está del otro lado, porque le dicen señor, licenciado, ministro, comando.

Mi compadre siempre me dijo que las relaciones entre amigos o parejas dependen por lo regular, de la condición económica y, en excepciones, de aquellas verdaderas alianzas entre soñadores. Al amigo no se le cuestionan los errores antes del apoyo. Las cosas se deben callar o tragar sapos, antes de reclamar lo que no tiene remedio. Una vez le pregunté a otro compadre sobre su visita al odontólogo. ‘Compa: ¿Cuándo se arregla la boca?’. Aquella vez, el interrogado se quedó pensativo, con la mirada en lontananza para al fin con algo de desgano contestar: ‘Pronto. Hace como dos años le hice un abono a Darío’. Claro que mi compadre se recogió en el aval como una provisional solución del problema.

Mientras conversaba aquella vez con una conocida, pasó un vendedor de camarones langostinos, al que llamó y le preguntó por el precio de venta con el consabido regateo, pero a la hora de pagar, con una mirada rayada en degüello, vino el golpe: ‘¿Tienes 20 balboas que me prestes, que apenas cambio mi cheque los devuelvo?’. Y ¡zas!, quedé trabado de por vida sin probar los bichos.

‘¿Puedo pedirte un favor? Necesito un préstamo para pagar la mensualidad de la universidad hasta que llegue la remesa’. —¿Cuánto necesitas?’. ‘Lo que puedas darme’. Qué bonito, ¿verdad?, mientras la fulana resuelve sus estudios en una universidad privada, a los pendejos les toca pagar los gastos. Aquí llegamos a lo que molesta. Primero, nos trasladan el problema con una tranquilidad que espanta. Otro de los asuntos es que parecemos una caja registradora que siempre está con fondos para desembolsar. Es una pesca de misericordia a la desprotegida pedigüeña.

Una vez presté diez dólares para que comprarán unos billetes de lotería y se ganaron diez mil balboas. Más nunca me habló. Si prestas un libro te ganas un enemigo. Si le haces un trabajo a un amigo, no le puedes cobrar, debes cobrar muy barato y después la exigencia no se aguanta.

Saco en las mañanas un perro que es experto en ensuciar, de modo que salgo provisto de guantes, bolsas, espátulas, bolsitas para las herramientas y como el asunto es imprevisto, Rocky se destaca una, dos y tres veces. Tengo que limpiar y mientras lo hago, ha ocurrido que algunas personas se acercan y me felicitan. Les fascinan las excepciones. Lo que debe ser normal y corriente, ahora es anormal y atractivo. Pero es que un haragán se orina en cualquier lugar.

*ABOGADO Y PROFESOR UNIVERSITARIO EN EL RAMO.