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18 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

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Cine y literatura de México

El cine y la literatura mexicanos son dos poderosas manifestaciones de la cultura de ese país bicentenario. Sus escritores han ido const...

El cine y la literatura mexicanos son dos poderosas manifestaciones de la cultura de ese país bicentenario. Sus escritores han ido construyendo las ideas básicas, sobre las que se asienta la cosmovisión de ese pueblo, cuyos ancestrales grupos indígenas ya habían consolidado diferentes grados de sociedades a la llegada de los españoles conquistadores.

Además, la cinematografía de este país, junto con la brasileña, la argentina y la cubana, son los hitos en América Latina, en cuanto a solidez, diversidad y modelos para comprender el alcance de la expresión artística convertida en industria.

Cuando otras cinematografías del continente aún no existían, el séptimo arte en México ya pasaba por una época de oro con títulos que abarcaban diferentes escenarios y matices.

La base de las películas de este país fue siempre una sólida estructura en la dramaturgia. Aquí jugaron un papel de importancia los guionistas que supieron concebir la obra textual y adaptarla al lenguaje visual sobre el que se configuraron los filmes, aparte de un impresionante y versátil elenco que brindó al público aquellas personificaciones con las que la gente común se identificaba. De allí su éxito y trascendencia.

La Embajada de México ha organizado un ciclo de cine y literatura que se inició el jueves pasado y que procura exhibir cinco ejemplos de la armoniosa conjunción entre ambos artes, con cintas referenciales en la historia de las letras y la plástica visual.

La muestra se inició con Pedro Páramo (1966), basada en la novela homónima de Juan Rulfo; además, la componen La rosa blanca (1961), adaptada de un cuento de Bill Traven; Los albañiles (1976), original de Vicente Leñero; la monumental Doña Bárbara (1943), de Rómulo Gallegos y la obra Santa (1931), cuyo autor es Federico Gamboa.

Aunque el ciclo no incluye títulos más recientes, constituye una buena selección, porque abarca un periodo de cuarenta y cinco años y contiene materiales de antes de la época de oro, durante y posterior a ella, con dos trabajos que permiten conocer el movimiento de renovación de las décadas 60—70, con alusión a los problemas urbanos y las contradicciones sociales que vivió la nación en esos años.

La primera de esas películas, Pedro Páramo, fue la única novela de Rulfo, editada hace exactamente 55 años y que se ha convertido en la prosa poética por excelencia. Esta obra y los cuentos que integran El llano en llamas, son el modelo de literatura que toma al ambiente rural y lo convierte en un panorama donde la vida parece que navegara en torno a conflictos, sueños, visiones fantasmales que se entretejen con la cotidianidad.

La cinta, dirigida por Carlos Velo, con un guión del novelista Carlos Fuentes, el propio director y Manuel Barbachano, guarda la esencia del texto de Rulfo, aunque se asienta más en una de las vías que marcó el autor de este ejercicio de enhebrado entre realidad y fantasía.

La búsqueda paternal de Juan Preciado en el pueblo de Comala (situado aparentemente en el Estado de Jalisco), se ha convertido en un clásico que dejó a las audiencias mexicanas en la espera de una obra más amplia con otros textos, que Rulfo no brindó, al menos en cuanto a la producción novelística. La película fue estrenada once años después de la publicación del libro.

Pese a la brevedad del texto —unas 160 páginas— el relato es denso, lleno de metáforas y de un lenguaje cuidadoso que contrasta con la oscuridad, el ambiente desértico y nublado de su historia. La vuelta a Comala de Preciado es una excusa para abrir un cofre de recuerdos que giran alrededor de quien él considera su padre y las extrañas circunstancias que marcaron su nacimiento e infancia.

Algunos exponen que el argumento de la obra está orientado a resaltar la soledad, la angustia existencial, la pesadumbre.

Quizás encontramos aquí, una lectura de Rulfo al clásico de Octavio Paz, El laberinto de la soledad, quien opina que ‘en sus dimensiones, de frente y de perfil, en su pasado y en su presente, el mexicano resulta un ser cargado de tradición que, acaso sin darse cuenta, actúa obedeciendo a la voz de la raza...’.

En los títulos de la selección, hay con diferentes niveles de consolidación, una perspectiva cinematográfica que descansa sobre los hombros de realizadores como Carlos Velo, Roberto Gavaldón, Jorge Fons, Fernando de Fuentes y Antonio Moreno, todos ellos hitos en el séptimo arte mexicano, que han sabido alimentar sus películas con la riqueza literaria nacional y latinoamericana.

Todavía quedan dos cintas este sábado; hay que verlas.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.