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28 de Jan de 2021

María Teresa Patiño Amor

Columnistas

Ni un día más... Los vamos a ahogar...

Las del título fueron las frases de lucha contra la dictadura. La gente salió de todos los rincones para decirle ‘NO a los militares

Las del título fueron las frases de lucha contra la dictadura. La gente salió de todos los rincones para decirle ‘NO’ a los militares y a los civiles del Partido Revolucionario Democrático (PRD) en las elecciones de 1989. Una población ávida de libertad demandó, entonces, a través del voto la restitución de la democracia. Algo similar a lo ocurrido hace pocos días, cuando a través de las urnas la petición valiente de un pueblo al respeto a la institucionalidad y la decencia pasó del silencio al estruendo al consignar un ‘NO’ rotundo a Ricardo Martinelli y sus aliados, quienes aspiraban continuar en el poder.

Un día como hoy, en 1951 y 1989, se producen acontecimientos dignos de reseñar, pues forman parte de nuestra historia como nación. En 1951, Arnulfo Arias Madrid recibió su segundo golpe de Estado por parte de la Policía Nacional de la época. El primero fue en 1941, y en 1968 correría la misma suerte, pero esta vez, de parte de quienes a partir de esa fecha secuestrarían el poder hasta finales de la década del 80. Cuando, obligado por los uniformados, Arias sale de la Presidencia, saco en mano, perpetúa un signo que simboliza la lucha de los panameñistas-arnulfistas, tras mojar su diestra en la pileta del Palacio de Las Garzas, la levanta destacando con sus dedos la ‘V’ de ‘Volveremos’.

Y así fue, los discípulos de Arias regresaron a la Presidencia en 1989. Con un caudal inmenso de votos, la alianza denominada ADO Civilista, liderada por el panameñista Guillermo Endara Galimany y sus compañeros de fórmula, Ricardo Arias Calderón de la Democracia Cristiana y Guillermo Ford Boyd del MOLIRENA, gobernaría tras la dictadura de más de veinte años. No obstante, ese triunfo no fue reconocido y no la tuvieron fácil, estos tres personajes fueron emboscados en el parque de Santa Ana por militares, miembros del PRD y una horda de ‘batalloneros de la dignidad’.

Era el 10 de mayo, los candidatos reclamaban el triunfo obtenido de manera legítima en las urnas. El primero en caer fue Ricardo Arias Calderón, luego de un batazo recibido en las piernas; el segundo fue Guillermo Endara Galimany, quien se desmayó después de que un batallonero le propinó un golpe en la cabeza con una varilla de acero. Ambos fueron sacados habilidosamente por sus equipos de seguridad a través de Salsipuedes.

No obstante, el que peor suerte corrió fue Guillermo Ford Boyd. Después de golpes con palos y puñetazos de los envalentonados batalloneros, los miembros de su seguridad lo llevaron a su auto; craso error, pretendían sacarlo pasando por encima de la turba. Y sucedió lo impensable, se escucharon varias detonaciones; Ford Boyd salió del carro tambaleándose y con su camisa manga larga, ensangrentada, a pesar de los golpes recibidos enfrentó a sus verdugos, mientras que su guardaespaldas, Alberto Montenegro, yacía en el suelo gimiendo , ‘ay, ay, busquen a un doctor’. Impactado por dos disparos en el pecho.

Billy Ford se salvó gracias a la intervención de un sargento de las Fuerzas de Defensa, que lo condujo hasta un auto patrulla y lo trasladó a un cuartel. Un reportero internacional dio cuenta de que Montenegro fue baleado otras vez cuando permanecía herido en el suelo. Se le contaron tres tiros más en el pecho. Por fortuna logró salvarse, pero su compañero, de apellido Guerra murió dentro del vehículo de Ford Boyd.

Luego de esos incidentes comandados por las Fuerzas de Defensa, los batalloneros y civiles identificados como del PRD, el Tribunal Electoral, de la época, presidido por Yolanda Pulice de Rodríguez anunció, a las diez de la noche, del diez de mayo de 1989, la anulación de las elecciones por motivos de seguridad. Tal decisión indignó a la población, que se lanzó a las calles a protestar. La lucha desigual de quienes sonaban pailas y vestían de blanco, contra un ejército que violentó la democracia, asesinó, encarceló y torturó a inocentes, resultó en la invasión militar norteamericana de diciembre de 1989.

Vale recordar el papel pusilánime que jugó la OEA, tal como hoy con Venezuela, que no tuvo la decisión de pronunciarse por lo que ocurría en Panamá. Felizmente, a un cuarto de siglo, los panameños han hablado alto y claro para preservar ese legado democrático que hoy enorgullece a América entera.

PERIODISTA