Temas Especiales

03 de Dec de 2020

Juan Manuel Castulovich

Columnistas

La farsa de las sesiones extraordinarias

Que vuelva a convocarse a la Asamblea a sesiones extraordinarias no está vedado

Cuando fueron convocadas, escribí un artículo en el que no solo cuestioné su oportunidad sino que, además, volví a proponer su total eliminación. Argumenté entonces, y vuelvo a hacerlo, que las sesiones extraordinarias son una aberración, que no se compadece con la estructura de nuestro actual del Órgano Legislativo que, por disponerlo así la Constitución, está supuesto a funcionar durante todo el año.

Nuestra primera Constitución establecía que la Asamblea Nacional debía reunirse cada dos años y por períodos más breves. La Constitución vigente, en cambio, señala que la Asamblea Nacional sesiona ocho meses al año, divididos en dos legislaturas ordinarias de cuatro meses cada una. Pero, además, durante los recesos de dos meses, intercalados entre las legislaturas ordinarias, las comisiones siguen funcionando y los proyectos que no hayan sido evacuados no fenecen, como ocurría en el pasado y, por tanto, no se requiere que vuelvan a debatirse como si fueran nuevos.

Las sesiones extraordinarias han sido justificadas en algunas ocasiones, al igual que la otra aberración que son los decretos-leyes, con la excusa de que por esa vía pueden tratarse, de manera más expedita, instrumentos legales de características muy técnicas o complicadas. Bajo ese pretexto fue que el actual presidente de la Corte Suprema de Justicia pretendió que se aprobara, a tambor batiente, el proyecto de ley, largamente pendiente, de la Carrera Judicial. De haberse salido con la suya, en lugar de la profunda transformación que necesita la justicia panameña, el resultado hubiera sido un reforzamiento del control omnímodo que la cúpula, entiéndase la Corte Suprema, ejerce sobre todo el sistema.

Si alguna justificación todavía era necesaria para sustentar la necesidad imperiosa de eliminar las sesiones extraordinarias, el sainete que acaba de concluir con el anuncio de su suspensión por el vicepresidente del Órgano Legislativo, el diputado Miguel Fanovich, releva de ensayarlo.

¿Qué se aprobó que merezca recordarse como un aporte positivo? Absolutamente nada. La idea de convocar a los diputados a sesiones extraordinarias, cuando la mayoría de ellos solo pensaba en su reelección y estaba dedicada en cuerpo y alma a sus campañas, era absurda y así quedó demostrado palmariamente.

Las sesiones solo sirvieron para confirmar la negligencia y la irresponsabilidad de los señores diputados, especialmente los de la bancada oficialista, con su presidente a la cabeza. Y, adicionalmente, para aprobar un cuestionado proyecto sobre las escoltas a los familiares de los expresidentes, de un exagerado costo y para que se ratificaran, para satisfacer uno de los últimos caprichos del mandatario saliente, a los flamantes directivos de la denominada ‘cadena de frío’.

Que vuelva a convocarse a la Asamblea a sesiones extraordinarias no está vedado. Mientras no se elimine del texto constitucional la norma que las autoriza y permite, podrían volver a darse, pues son una de las facultades del presidente de la República. Sin embargo, sería una buena muestra de su intención de cambiar radicalmente las formas de ‘hacer política’ que las erradicara de su agenda. Y también lo sería que no se vuelva a recurrir a las facultades extraordinarias. Tanto las sesiones, como las facultades extraordinarias, son, aparte de anacronismos históricos, incongruencias políticas, que deben desaparecer para bien de la democracia que el país demanda y necesita consolidar.

ABOGADO