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18 de May de 2022

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    Félix J. Chirú Barrios

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Entre las dos orillas del Atlántico: La hispanidad en Panamá del Siglo XX

Recientemente, el historiador Carlos Marichal (El País, 14/6/14) explicó, desde ‘larga duración’, las inmigraciones españolas hacia América

Entre las dos orillas del Atlántico: La hispanidad en Panamá del Siglo XX
Entre las dos orillas del Atlántico: La hispanidad en Panamá del Siglo XX

Recientemente, el historiador Carlos Marichal (El País, 14/6/14) explicó, desde ‘larga duración’, las inmigraciones españolas hacia América, destacando en particular las coyunturas del siglo XX y de la actual crisis económica que enfrenta ese país.

Si bien Panamá no fue foco de atracción de esos inmigrantes a finales de la decimonónica e inicios de la vigésima centuria, no ocurrió lo mismo en el orden de las ‘transferencias culturales’ trasatlánticas, en especial, por la recepción que tuvo entre la elite político cultural panameña, a inicios del siglo XX, el hispanoamericanismo. Este debe concebirse como ‘herencia cultural de los españoles’ y la creación de una ‘identidad común’ entre España y las ex colonias americanas. Al respecto, la revista Unión Hispanoamericana del 11 de septiembre de 1917, en su editorial manifestó ‘su fundamento —en referencia al hispanoamericanismo— es la comunidad de instituciones, sentimientos, de costumbres e idiosincrasias’. Este tuvo su apogeo en Hispanoamérica posterior a la Guerra de 1898 y especialmente en la coyuntura de la conmemoración del Centenario de la Independencia. Esa recepción del hispanoamericanismo tuvo gran trascendencia en la creación de los imaginarios colectivos de los países hispanoamericanos, aunque es necesario matizar las particularidades según cada uno de estos países.

El hispanoamericanismo en Panamá fue exaltado a través de discursos, monumentos, leyes, composiciones musicales, libros, estampillas y conmemoraciones. Su acogida es palpable también en la abundante documentación epistolar que intercambiaron representantes panameños en Madrid y las autoridades nacionales de entonces. Miembros de la elite político cultural, que se encargaron de crear los imaginarios nacionales. Sobre esas elites el historiador José Álvarez Junco explicó ‘no (son) intelectuales en el sentido de grandes creadores de arte o pensamiento, sino de personas que manejan o difunden productos culturales (...) actúan desde centros urbanos, porque es allí donde se crea y difunde la cultura. Allí se reúnen, intercambian ideas, conciben y lanzan su proyecto’ (El País, 29/10/13).

Así los monumentos a Cervantes y Vasco Núñez de Balboa, inaugurados en la ciudad de Panamá, en 1923 y 1924, respectivamente, constituyeron una representación visual de la hispanidad. También las alegorías que escenificaron el desfile cívico de la conmemoración del IV centenario de Fundación de Panamá La Vieja: El descubrimiento, la fundación y destrucción de la ciudad y Panamá moderna.

Esos motivos hispanos, muestran el interés de sus promotores de ubicar el origen de la nación en la colonia. Y de convertir a Balboa, en héroe nacional. En 1911, se declaró día de fiesta el 21 de enero, que conmemoró la nueva ubicación de la ciudad de Panamá en 1673. Al respecto un periódico de la época manifestó: ‘Acaso en aquella época no se pensó en que a la vuelta de dos centurias esta capital sería uno de los grandes centros americanos’ (La Prensa, 21/1/1911). Ese recuerdo del pasado, así como la ley de 1908, que declaró El Castillo de San Lorenzo patrimonio nacional, estuvieron íntimamente relacionados con el mito nacional: Panamá como centro del comercio mundial y la exaltación de su configuración geográfica.

En 1916, en conmemoración del IV Centenario del avistamiento del Mar del Sur, se inauguró la Exposición Nacional. Su pauta discursiva siguió siendo el hispanoamericanismo y se declaró a España invitada de honor. A pesar de esa distinción simbólica, la exhibición estadounidense demostró el poderío industrial de esa nación. Esa reinvención de los lazos entre Hispanoamérica y España, en el caso panameño se convirtió en un campo de batalla entre afirmar el legado hispánico y la activa presencia e injerencia estadounidense.

Resultó, además, un mecanismo de ratificar los vínculos panameños con el resto de las naciones hispanoamericanas y atenuar las críticas recibidas por su Independencia de 1903. En 1928, se develó un busto de Urracá. Constituye una reelaboración del pasado indígena y su recuperación como ‘patriota’ ejemplar, una advertencia del peligro vigente de las fuerzas extranjeras, ya no hispanas, sino estadounidenses. Podría decirse que constituyó una narrativa que entró en competencia con el discurso promovido por el hispanoamericanismo.

Hoy, ante la crisis del Estado Nación y la preocupación de sectores de la sociedad civil, con respecto al patrimonio histórico, el estudio del pasado y las políticas culturales, es necesario el debate sobre la memoria histórica de Panamá, enmarcado, desde luego, en las complejidades del siglo XXI.

HISTORIADOR