23 de Feb de 2020

Aristides Royo

Columnistas

Gloria y resurrección

Omar Torrijos no tenía preocupación alguna de si seríamos capaces de administrar el Canal

En 1939 el gobierno de EE. UU. aprobó la asignación de fondos para la construcción de nuevos juegos de esclusas en el Canal que había construido hacía solo veinticinco años. La previsión sin embargo fue más de carácter militar que comercial, pues tambores de guerra sonaban con estruendo en Europa y el Asia. Las obras fueron suspendidas y un manto de silencio y olvido las cubrió.

En 1977, durante las negociaciones de los Tratados Torrijos-Carter, se conversó sobre un nuevo canal a nivel en el que EE. UU. tenía interés y tras la firma, este país, junto a Japón y Panamá, integraron una Comisión tripartita que no tuvo éxito, al descartarse por motivos ambientales, de costo y de seguridad, los medios nucleares para un nuevo canal.

Producida la ratificación de los tratados canaleros en 1978, éstos entraron en vigencia el 1 de octubre de 1979, fecha en que se inició un período de transición que duró 21 años y tres meses hasta que el Canal y todas sus tierras y aguas, las bases militares y la jurisdicción extranjera, que era ejercida como si EE. UU. fueren soberanos, fueran entregados a la República de Panamá, hecho glorioso que ocurrió el 31 de diciembre de 1999.

Omar Torrijos, quien dirigió políticamente el proceso negociador, tanto en Panamá como en la arena internacional, donde llegó a convertir el tema de nuestra soberanía en un asunto de interés mundial, no tenía preocupación alguna de si seríamos capaces de administrar el Canal. Le oí decir que era imposible que panameños que recibirían el Canal en los umbrales del siglo XXI, careciesen de la preparación necesaria para manejar una obra de principios del siglo XX. ¿Cómo no sentirnos orgullosos de que la Autoridad del Canal de Panamá dirija el Canal alejada de la política partidista, elabore su presupuesto y, luego de aprobado por la Asamblea Nacional, lo administre con eficiencia y honestidad?

Produce satisfacción que la ACP le haya dado al Canal una visión distinta a la norteamericana. Es decir, no solo la de proceder con el paso de los buques de un océano a otro, lo que constituye un servicio, sino desarrollar actividades que le producen ingresos a la Autoridad y, por ende, al Estado, que con los mismos desarrolla programas de interés social. Nos llena de orgullo que los pilotos del Canal, panameños preparados como excelentes profesionales, no solo toman el mando de los barcos Panamax y los conducen con pericia, sino que ante los nuevos barcos postpanamax que utilizarán las próximas esclusas ampliadas, están reclamándole a la administración del Canal que se les entrene con tiempo. Ojalá todos los trabajadores protestaran para una mejor formación.

Sintámonos seguros los panameños de que, con la ampliación del Canal, estamos preparándonos hacia el futuro, que se incrementarán las ganancias y que éstas serán utilizadas para producirle al pueblo el mejor beneficio posible. No desconfiemos ni de nuestra gente ni de la administración del Canal ni de la posición geográfica, pues somos la cintura de América y un país con seguridad política, jurídica y administrativa para la inversión nacional y extranjera. Poseemos el privilegio de contar con un istmo de solo 80 km en su parte más estrecha, que se navegan en ocho horas y con la experiencia que nos han dado los años en la operación del Canal.

Respecto a otros canales que nos hacen volver a los reinos de la utopía de Moro y Campanella, recordemos el verso aquel que nos recitaban nuestros progenitores: ‘No tiembla el ave aunque la rama cruja, porque bien sabe lo que son sus alas’.

*EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.