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29 de Feb de 2020

Nelson Caballero Díaz

Columnistas

¿Realmente ‘sólida’ la economía panameña?

Columna de opinión

En diversas y variadas ocasiones, he reflexionado sobre si realmente la economía panameña experimenta una ‘solidez’ y se anuncia con frecuencia que se observa un crecimiento económico sostenido, rápido y ascendente. Se argumentan indicadores como el ‘ingreso per cápita’ y el nivel significativo de incremento del ‘Producto Interno Bruto’ (PIB). Sin embargo, los números no siempre reflejan la realidad objetiva. Los indicadores utilizados para medir el desarrollo de un país resultan en ocasiones fuentes de lamentables ficciones económicas.

Se advierten dos situaciones que deben ser evaluadas para establecer si realmente estamos frente a una economía ‘sólida’ y ‘saludable’. Por un lado, la mala distribución de la riqueza y como consecuencia de este fenómeno, puede ocurrir que el crecimiento está desvinculado a la producción interna de bienes y servicios y alejada de un desarrollo más humano, es decir, el ‘hombre centro de la economía’. Parece que la realidad es otra. La producción interna muestra su cara verdadera. Tecnología atrasada, mano de obra no especializada, temor de inversionistas nacionales y extranjeros por la ausencia de reglas claras y de políticas económicas y comerciales definidas.

El auténtico y real desarrollo económico sostenible, descansa en la capacidad del Estado de aumentar la producción de bienes y servicios y participar en el mercado internacional por la cantidad y calidad de la materia prima nacional y a precios competitivos.

Podemos mencionar un sector estratégico, el agro. Los agricultores no disponen de la oportuna asistencia técnica y financiera, por tanto no producen en abundancia y se afecta la seguridad alimentaria e inclusive, sin capacidad para exportar los excedentes. Al contrario, es evidente la frustración de los agricultores que no reciben beneficios y no aprecian el esfuerzo de su trabajo. El agro panameño, sometido a una crisis profunda, está llevando a muchos agricultores a abandonar el campo y dedicarse a otras actividades económicas, tal vez más rentables.

Es necesario corregir el rumbo y el Gobierno debe garantizar la seguridad jurídica que proviene de un sistema de leyes justas, de un régimen tributario equitativo, y comprender que la producción de bienes y servicios debe satisfacer las necesidades y problemas sentidos por la población, sometida a la tortura de una inflación galopante que ha ‘disparado’ el alto costo de la vida, disminuyendo el nivel de vida digno y decoroso.

La mala redistribución de la riqueza debe ser motivo de preocupación de los que diseñan los programas de desarrollo. No basta con publicitar la existencia de un crecimiento económico y proclamar la solidez de la economía nacional, si la ‘brecha’ entre los que más tienen y los que menos tienen continúa aumentando y puede constituirse en una situación social-conflictual, tal como ocurre en países vecinos.

*LICENCIADO EN CIENCIAS ECONÓMICAS ADMINISTRATIVAS.