26 de Feb de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Cien días a paso de tortuga

‘... le quedan 1726 días para corregir sus errores... Tomar el rumbo del país es su obligación constitucional; y hacerlo pronto.

Al cumplirse cien días desde la toma de posesión de un nuevo presidente, es costumbre que los articulista escriban sus columnas y los directores concentren sus editoriales para analizar lo que ha sido el primer episodio del mandatario de turno en el ejercicio del poder.

Recuerdo en 1999, cuando a Mireya Moscoso le dedicamos un artículo en el Panamá América para llamarle la atención sobre sus desaciertos en materia comercial y advertirla sobre el impacto del ‘efecto Mireya’ en las finanzas públicas. En ese momento, pedíamos la destitución del ministro del MIDA, quien impedía la importación de jamones y pavos para la época de fin de año. En 2004, le escribimos a Martín Torrijos un Hoy por Hoy en La Prensa para recordarle la importancia de vacunar a los miembros de su Gobierno contra la corrupción y la falta de transparencia. Aunque en su gestión hubo avances con respecto al Gobierno anterior, esta asignatura quedó lejos de completar. Y en 2009 pronosticamos en un artículo publicado en este diario que Ricardo Martinelli sería un personaje absoluto que deleitaría al país con un estilo sin precedentes y que al final quedaría íngrimo y abatido sufriendo del síndrome de salida.

Hoy le toca su turno a Varela. Como candidato generó entusiasmo, al prometer recomponer la institucionalidad del país. Sin embargo, compartir con el electorado la percepción sobre los problemas de justicia, corrupción y desigualdad no implica que durante su presidencia vaya a hacer algo concreto. Preocupa a muchos que no cuente con el liderazgo necesario para poner a andar la rueda de un gobierno. Si interpreto la forma en que ha enfrentado las primeras crisis de su Gobierno, puedo colegir que las personas que designó para puestos claves carecen de madurez y experiencia. Si bien tienen un discurso de transparencia y honradez, en la práctica se rebelan en no rendir cuentas de sus bienes.

Todos en el país tenemos expectativas de su gestión y pensamos que como javeriano su actuación puede estar a la altura de los tiempos. Pero primero debe despertar del sueño de campaña, entender que ya es presidente, cargar las pilas de trabajo y acelerar el paso del Gobierno. Es imperante que se deshaga del sobrenombre ‘tortuga’ y se rodee de gente de bien. Debe evitar llegar tarde a las reuniones y postergar la toma de decisiones. No necesita ser impulsivo ni compulsivo como Martinelli, pero sí tienen que meterle fuerza y pasión a los temas.

Su capacidad de comunicación debe mejorar. No habla y cuando lo hace es a través de interlocutores que no dominan el arte de la vocería. Su primer decreto creó ilusiones y desde entonces no ha dicho nada del control de precios. Algunos nombramientos han dado de qué hablar por nepotismo e improcedentes, incluso por ilegales. Llegado el momento, esperamos que no le tiemble la mano para designar a un procurador de la Nación que sea valiente e independiente.

En lo económico, se aprovecha de un país bipolar, con un PIB y una inflación envidiable, pero con un déficit externo inmanejable, tres listas grises peligrosas y una política de subsidios que es un dolor de cabeza. En lo internacional, el coqueteo con Cuba le produce irritación a los Estados Unidos y Canadá. Y en lo político, le da vuelta a Benicio y crea una coyuntura sospechosa que abre la puerta al chantaje legislativo. Es decir, lo mismo de siempre.

Sin duda, Varela presenta diferencias claras con respecto a Ernesto Pérez Balladares y Martinelli, y goza de similitudes evidentes con relación a Moscoso y Torrijos. Y más allá de las ideologías de ocasión y del plan quinquenal que nos tenga en reserva, el actual presidente tiene una oportunidad de lujo para dejar un legado institucional. Solo el tiempo dará paso a la razón, pero como ciudadano veo a un presidente políticamente débil con demasiados compromisos personales, muchas ataduras partidistas y excesivos vínculos con parásitos tradicionales del poder, que sin duda diluyen su liderazgo y desdibujan su autonomía. Parece pensarse que lo que no se hace y no aparece, tampoco existe, traduciéndose así en una posible decepción al 38 % que votó por él.

Justamente le quedan 1726 días para corregir sus errores y enmendar sus defectos. Tomar el rumbo del país es su obligación constitucional; y hacerlo pronto y rápido, será su deber histórico.

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