Temas Especiales

24 de Nov de 2020

Diógenes Sánchez Pérez

Columnistas

Labor docente: una profesión incomprendida

Las consecuencias de tan desatinadas decisiones, mantenidas y empeoradas Gobierno tras Gobierno

Cada 1 de diciembre, en ocasión del natalicio de Manuel José Hurtado, los medios recuerdan con nostalgia aquel educador de antaño entregado a la enseñanza de sus estudiantes, percepción que desde hace algunas décadas ha minado el respeto a nuestra profesión, aupada mediáticamente como nunca por la anterior ministra. Sumado a una escasa remuneración, ha desaparecido del ideario de las nuevas generaciones que, en razón de perspectivas de mejor estatus económico, toman otras profesiones que les representen mayores ingresos.

Hasta la década de los 90, esa no era la situación. El maestro seguía teniendo un liderazgo en su comunidad, eran estrechos los lazos con los acudientes, tan así que todavía recordamos cómo en la huelga de 1997 contra un proyecto de ley que recargaría los costos escolares en padres y madres de familia, éstos salieron masivamente en defensa de sus docentes, cuando el presidente Ernesto Pérez Balladares intentó destituir a varios centenares de huelguistas.

En el decurso de los distintos Gobiernos se ha ido perdiendo sistemáticamente conquistas de los educadores, como la mal denominada jubilación especial, llamada así por ser a los 28 años de servicio y con el último salario. Decimos mal llamada por haber sido el objetivo a lograr para todo empleado que tuviese estas mismas prerrogativas, pues no es justo que la jubilación implique una drástica disminución de su ingreso a solo el 60 %.

Las consecuencias de tan desatinadas decisiones, mantenidas y empeoradas Gobierno tras Gobierno, se han dejado sentir a los largo de las dos décadas transcurridas. Los centros escolares acusan un deterioro nunca antes experimentado en sus infraestructuras, agravado por la simulación de un supuesto plan permanente de reparaciones en la administración anterior, que no era permanente ni mucho menos aprovechaba para tales menesteres la estación seca.

Gracias a tan sombrías decisiones, también tenemos que hoy los docentes esperan la edad de jubilación a los 62 y 57 años por la Caja del Seguro Social, en espera de recibir completo el aporte al PRAA cuando llegan a tal edad. Incluso hay los que prolongan mucho más su estadía en las aulas, por efecto del recorte salarial que significa ahora jubilarse. Sobra el comentario de respeto a esa generación de educadores, que prolongan por tal razón su labor, cuando lo que cabe naturalmente es el relevo generacional que permitía el sistema anterior de jubilación docente. También cabe decir que el cansancio propio de tal entrega por décadas, no es en muchos casos la mejor situación para generar experiencias innovadoras de aprendizaje ni para la sinergia que hay que dotarse con acudientes y educandos.

De allí también los 20 000 docentes que todos los años concursan por un máximo de 4000 plazas, sacadas a concurso ilegalmente como cátedras temporales (THFA), cuando esa condición es para aquellas vacantes que se den iniciado el año escolar. Es el mecanismo que Gobierno tras Gobierno, negando el derecho consagrado a la permanencia, es utilizado para tener una población docente cautiva de la decisión ministerial de nombramiento, aunque sea por un año.

Diferentes administraciones presidenciales y ministeriales, sobre todo la felizmente finalizada en las recientes elecciones, apostaron a poner a la opinión pública contra el docente. Esta profesión sigue siendo tan sacrificada como antaño, pues la jornada laboral no empieza y termina en el aula de clases. Comienza diariamente con la evaluación de centenares de pruebas y trabajos que se lleva a casa, la preparación de las clases nuevas, las labores propias de las comisiones de trabajo en cada plantel y, ahora, sin las compensaciones ya señaladas.

Esto no ha desmotivado a los docentes que siguen cargando con la ardua tarea de llevar adelante un sistema educativo que está convaleciente y requiere una transformación profunda de sus estructuras, donde el educador es un pilar fundamental de este proceso. Se necesitan cambios sustanciales en el sistema educativo; lo que implica sepultar los espectáculos y los ‘show mediáticos’, impronta que le imprimió la administración anterior. El esfuerzo de mejorar la educación es un problema de todos, no solo de los docentes, los padres de familia son importantes en este proceso, su responsabilidad es ineludible. Con atinada razón decía el presidente de Uruguay, José ‘Pepe’ Mujica, que: ‘No le pidamos al docente que arregle los agujeros que hay en el hogar’.

Toca a la nueva administración ministerial, en conjunto con todos los componentes del sistema educativo, abrir caminos que desanden malas decisiones, en beneficio de la educación nacional.

*SECRETARIO GENERAL DE LA ASOCIACIÓN DE PROFESORES (ASOPROF).