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26 de Jan de 2021

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Mireya Lasso

Columnistas

Los platos rotos en Grecia

Una antigua costumbre griega en las bodas es romper platos como augurio de felicidad en la vida conyugal de los desposados.

Una antigua costumbre griega en las bodas es romper platos como augurio de felicidad en la vida conyugal de los desposados. Es una manifestación de regocijo por un hecho de importancia para la pareja, para sus familias y para los invitados que se unen a la algarabía. Más allá de las bodas es también una manera de mostrar alegría como parte del ‘sirtaki', como aquella escena que cautivó cuando Anthony Quinn lo ejecutó con señorío y donaire en aquella memorable película, Zorba el Griego.

Pero hoy hay platos rotos en Grecia. No son ni de porcelana ni de felicidad, pero son muy reales: son por la angustia y por los sacrificios ahora impuestos al pueblo por circunstancias de las que no es responsable y que le roban estabilidad. Simplemente se trata de que el país y sus ciudadanos deben enfrentar el pago de una colosal deuda, sin tener recursos para poder hacerlo por sí solos. Pero la ayuda necesaria no es gratuita ni generosa: tiene sus altos costos de humillaciones y sacrificios, incluyendo sobre quienes, desesperados, han acabado con sus vidas.

Grecia debe miles de millones de euros a entidades multinacionales, bancos y países. Los bancos locales no tienen fondos para honrar retiros de sus clientes; la actividad económica está paralizada, inclusive pronto escasearán las medicinas. Estoy lejos de dominar los intríngulis de las causas de esta difícil situación o de los intereses económicos y financieros que presionan dentro y fuera en la búsqueda de una solución.

Este espacio es muy breve para enfocar todos los aspectos, pero el problema se puede resumir a grandes brochazos. Algo queda claro: cuando se acepta dineros tan liberalmente ofrecidos y se derrochan en inversiones o actividades improductivas, como ocurrió con Grecia, resulta imposible cancelar deudas al momento de tener que pagar. Entonces la nación queda a merced de sus acreedores que se unen para aplicar métodos que aseguren sus dineros. Es su negocio. No es teoría; lo vemos en directo, a todo color. Y quien paga los platos rotos es el pueblo griego.

Grecia necesita un acuerdo de pago de deuda a largo plazo y un préstamo urgente para pagos que vencen este mes y el próximo. Por incumplimientos anteriores, los acreedores no confían en promesas y exigen compromisos escritos sobre un número de ajustes en 90 días.

Según se informa, los puntos salientes de ese plan inmediato incluyen: venta de bancos estatales, empresas públicas de electricidad y otros servicios públicos, aeropuertos y puertos, hoteles turísticos, desarrollos inmobiliarios de propiedad del Gobierno, empresas de telecomunicaciones y de transmisión de energía, tres refinerías, el servicio de correos. El propósito es levantar una suma que otorgue liquidez inmediata a la banca y contribuya a disminuir la morosidad. Como si no bastara, se le exige al Gobierno el aumento de impuestos, especialmente impuestos al consumo, ajustes en subsidios a pensionados y extensión de la edad de jubilación.

Como parte de un acuerdo viable, Grecia ha solicitado que una parte de la deuda sea perdonada por completo; esa propuesta ha sido rechazada, aunque el FMI la apoya o, en la alternativa, otorgaría un período de gracia hasta de 30 años para iniciar pagos de esa porción de la deuda.

Quedan varias lecciones aprendidas. Grecia está viviendo una pesadilla que podríamos vivir todos. Sus complejas causas y sus dramáticos efectos están a la vista: fáciles préstamos, economía estancada, impagable deuda que aumenta por minutos, bancos cerrados, deterioro de la calidad de vida, crisis política. Otra lección: quien termina pagando los platos rotos es el pueblo. Nos recuerda el Panamá de 1988-89.

EXDIPUTADA