21 de Feb de 2020

Daniel Delgado-Diamante

Columnistas

¿Son posibles verdaderos cambios en democracia?

Al iniciar el año dijimos que hacer justicia debía ser la principal meta del 2015

¿Son posibles verdaderos cambios en democracia?
¿Son posibles verdaderos cambios en democracia?

Al iniciar el año dijimos que hacer justicia debía ser la principal meta del 2015, luego de un Gobierno acusado de corrupción por todos lados, porque el ejercicio de la democracia en nuestro país implica reconocer la defensa de todos los derechos ciudadanos, pero también les exige asumir sus responsabilidades ante la administración de justicia por los delitos cometidos.

El pueblo panameño ha demostrado poseer los atributos para superar las diferencias políticas y partidistas, por el bien común. Eso nos ha permitido salir adelante aún en las más difíciles circunstancias que hemos vivido.

Internacionalmente siempre hay alegría y optimismo cuando se realizan los cambios políticos y sociales positivos que los pueblos tanto desean. Se da inicio a nuevos derroteros democráticos, que deben conducir a los pueblos a alcanzar sus objetivos nacionales permanentes. Desde la perspectiva de la revolución armada, ello ocurrió en Cuba tras la caída del régimen de Fulgencio Batista y con cantos de alegría tras la caída de Somoza en Nicaragua. Igual sucedió en Panamá a propósito de la invasión de Estados Unidos a nuestro país y el nuevo rumbo democrático que se emprendió aquí.

Más recientemente, aunque de manera mucho más sangrienta, la misma alegría y optimismo se sintió durante la Primavera Árabe en Túnez, Egipto y Libia. Y para muchos de los pueblos de esos países, lamentablemente la esperanza del cambio fue efímera. Igual sucedió en Irak, Afganistán y qué decir de Siria. El mundo árabe está hoy atrapado bajo nuevas fuerzas emergentes más violentas que los regímenes anteriores.

La promesa del cambio genera el sueño de una vida nueva; que nada sea igual que antes. No obstante, pasan los días, las semanas, los meses y muchas veces solo quedan los recuerdos y el desencanto. Se pierde la esperanza y la ilusión. Y como en la obra de Calderón de la Barca, soñamos que en estados más lisonjeros nos vimos. Pero que al final de cuentas ‘toda la vida es sueños y los sueños... sueños son'.

Actualmente la corrupción establecida por Gobiernos y otros sectores en muchos países, colmó la paciencia de los ciudadanos. Surgió un ‘¡basta a la corrupción!', misma que ha corroído las esperanzas de cambios prometidos y las aspiraciones de mejores días para los países.

Hoy muchos Gobiernos se tambalean ante el descubrimiento de corruptelas institucionalizadas. Autoridades judiciales ordenan que propietarios y directivos de grandes corporaciones empresariales sean encarcelados. Y hace apenas unos días, un movimiento popular pacífico contra la corrupción, derribó al Gobierno de Guatemala y vio a su presidente renunciar y ser encarcelado. El Gobierno de Honduras está bajo la misma presión que su vecina Guatemala. Parece haber llegado la hora de la Justicia y de que paguen todas sus culpas los que han abusado del pueblo y su patrimonio.

Ciertamente, ello debe hacerse con una correcta aplicación de la ley, en consideración a la valoración de las pruebas y no por la calidad de las personas acusadas. Se deben superar las persecuciones políticas del pasado y del presente. Hacer justicia no significa condenar a un acusado, sino a aquel que se le demuestre ser verdaderamente culpable.

La historia casi siempre se repite; tal vez en espiral, como diría Arnulfo Arias Madrid. Cambian los países, los protagonistas, las fechas, las circunstancias. Pero siempre es igual el desencanto que produce el incumplimiento del cambio prometido durante los procesos electorales. Muchas veces los poderes de los nuevos gobernantes emergentes empiezan a parecerse, en mucho, a los de sus antecesores. El antes reprimido y perseguido, se convierte, después, en el represor perseguidor, mientras las ilusiones y la esperanza de cambio por parte del pueblo se pierden.

No es fácil construir un Estado democrático cuando hemos tenido tantos Gobiernos caudillistas, con partidos históricos que se resisten a transformarse y modernizarse en el Siglo XXI. Las democracias no necesariamente son perfectas y tal vez no puedan serlo. No siempre podemos esperar que en democracia surjan los Gobiernos de paz y progreso que nos proponemos. No obstante, es a través de la democracia que probablemente podremos encontrar la estabilidad, la seguridad y prosperidad que anhelamos.

Ello puede ser posible con partidos políticos democráticos, maduros y con arraigo popular producto de sus vínculos con las grandes mayorías sociales, en donde la estabilidad política y su alternancia no produzcan miedos ni venganzas en lugar de Justicia; en donde las propuestas con visión de largo plazo, con integridad y transparencia, no dejen dudas de que serán a favor de los pueblos.

ABOGADO