21 de Feb de 2020

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Un sacrificio insignificante

Ya se han detallado en los medios los acontecimientos ocurridos en el sistema judicial, en particular: en la Corte Suprema de Justicia

Un sacrificio insignificante
Un sacrificio insignificante

Recordando, en junio de 2014, a escasos días de la toma de posesión del Gobierno actual, escribí que: ‘durante las dos primeras semanas después de las elecciones del pasado 4 de mayo, cargaba un sentimiento de que habrá algo de justicia. Pero el Gobierno electo no ha asumido aún el control del Ejecutivo, y tengo serias dudas y me adelanto para avisar que no pasará nada. Las venas y raíces de la podredumbre esparcida entre todas las instituciones de Estado y en el sector privado es más dramático de lo que pensábamos '. Parece reafirmase esa premisa.

Ya se han detallado en los medios los acontecimientos ocurridos en el sistema judicial, en particular: en la Corte Suprema de Justicia. No vale la pena ocupar espacio en esta columna repitiendo lo que ya sabemos. Lo que sí creo útil y necesario es que sepamos dónde estamos. Es decir, este no es Guatemala en donde el expresidente y la exvicepresidenta del país están presos por corrupción. Ese desenlace fue precedido por crecientes y constantes protesta de la población manifestándose en las calles. No se cansaron hasta sacar a estos gobernantes corruptos del poder, obligando al sistema judicial a jugar su papel.

Aquí eso parece ser imposible. Ni siquiera porque salió a la luz pública una serie de acontecimientos durante la misma semana en que celebramos 52 años de la gesta patriótica del 9 de Enero de 1964. Y parece imposible, porque los que ostentan el poder político y económico, los que están en el rejuego constante por acomodar las cosas y para que no se den los resultados que se deben dar desde el punto de vista de la justicia, están entrelazados de diversas maneras. Son padres, hijos, hijas, esposos, socios, amigos del colegio, etc. ‘Tú me proteges y yo te protejo '.

El punto de inflexión que hace que una sociedad tome medidas de presión como las tomadas en Centroamérica, es determinado por varios factores, pero ante todo, aquí es muy alta la tolerancia general ante la corrupción y la burla implícita a todo lo que eso significa. Organizarse y manifestarse en las calles hasta que ocurra algo, requiere un compromiso serio como ciudadano y con las obligaciones que uno asume con la Patria.

La Estrella de Panamá reportó el viernes pasado que: ‘Con pancartas en mano, voceros de la sociedad civil organizada exigieron ayer la renuncia de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia en pleno, o como mínimo nuevas elecciones en la Junta Directiva del Judicial'. (...) ‘Entre quienes protestaron ayer en las escalinatas del palacio Gil Ponce estaba Nelva Reyes, presidenta de la Central General de Trabajadores de Panamá, quien señaló que la reelección de Ayú Prado como presidente de la Corte ‘es una burla al pueblo y a la dignidad de los ciudadanos porque la transparencia que se ha exigido no se va a dar'...'. (...) ‘Las agrupaciones invitaron a los ciudadanos que no creen que la administración de justicia funciona bien a que se unan a las protestas que programarán '. ¿Saben cuántos ciudadanos participaron de esta protesta? No más de ochenta, allí es donde estamos.

El mismo viernes, se habían reportado 25 000 inscritos y 90 carros alegóricos que participarían en el evento del ‘Desfile de las Mil Polleras ' que se celebraría el sábado pasado en Las Tablas, provincia de Los Santos. Súmele las otras personas que se trasladarían a ese poblado para apreciar este singular evento (ni siquiera me atrevo a sugerir una cantidad). La ironía no solo radica en la búsqueda de un balance entre las prioridades socioculturales. Allí, en ese desfile, en años anteriores y seguramente en esta ocasión, participan engalanados de Montuno y Polleras los mismos corruptos y sinvergüenzas que deben rendir cuentas. Si esas 25 000 polleras rodearan en protesta las instalaciones de la Corte Suprema, otro gallo cantaría. A lo mejor estamos conformes con que no pase nada y centremos toda nuestra atención en estos otros asuntos: las mil polleras o los próximos carnavales.

Cada cierto tiempo las sociedades tienen necesariamente que corregirse; dejar las fiestas a un lado y enfocarnos en lo que hay que hacer. Tampoco pasará algo si deciden no ir a los carnavales a gastar sus dineros. Si dejamos de ir, talvez así nos comiencen a respetar. Sería el más insignificante de los sacrificios.

COMUNICADOR SOCIAL.