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02 de Dec de 2020

Dorindo Jayan Cortez

Columnistas

SEQUÍA: morir en los brazos del NIÑO y en la felicidad del Carnaval

Confieso mi nostalgia al ver los reportajes televisivos donde los campesinos, con esa voz de campo honesta y sencilla

Confieso mi nostalgia al ver los reportajes televisivos donde los campesinos, con esa voz de campo honesta y sencilla, nos hablaban de las penalidades que están sufriendo. No hay agua en Azuero. Y el subsuelo, después de tantas excavaciones para conseguir el líquido, está agónico de sequedad. Mis manos de niño bajaron y subieron esa palanca de un raro aparato para extraer agua siendo estudiante de primaria en Macaracas, que pareciera el distrito más desbastecido.

En mi memoria aún laten los recuerdos de aquellos parajes, desolados desde entonces, de potreros y ganado, de manos campesinas; de quebradas y ríos que ahora mueren en los brazos del ‘niño'. Vivimos un desafío que requiere atención. En mi niñez con nuestros padres, capullo en mano, dimos candela al potrero para, según los mayores, hacer más eficientes los pastos. La sequía que hoy vive la región de Azuero, una zona ya de desgaste, es la campanada del desastre quizá irreversible que le depara al país entero. Pero no culpemos a nuestros padres, al pobre campesino ni liberemos la mezquindad de intereses de los poderosos que degradan el medio ambiente.

Los problemas ambientales que estamos sufriendo, y que apenas empiezan, resultan de la devolución inevitable de la naturaleza a escala mundial. Estos problemas golpean a los más pobres, pero también a los que más tienen. La escasez de agua dulce, a nivel planetario, apunta como uno de grandes desafíos. Lo que vivimos en Azuero, no es ajeno a ese problema global que exige especial atención. Ya no cabe la retórica ni los discursos que, por buenos, no solucionan. Urge una política audaz, un tratamiento científico, planificación de estadistas, para afrontar lo que es una realidad deplorable.

Los medios de comunicación presentan escenas de un panorama tétrico en la península. Es grave, y como dicen los mismos entrevistados, ‘el problema apenas empieza'. No es fácil la solución, pero no cabe ni un centímetro de indiferencia, sino el esfuerzo esdrújulo con la política de Estado que resguarde el medio ambiente de toda la geografía ístmica.

Un pequeño espacio terrenal, que testimonia el legado exitoso de la naturaleza, aún se mantiene erguido en el distrito seco de Macaracas, cercano a la zona de desastre, conocido como el COLMÓN, donde los árboles, las ardillas, el armadillo, testimonian el museo natural aún conservado, aunque ahora habría que preguntarse si podrá seguir viviendo.

El ‘Niño' ha extendido sus brazos por todas las regiones del mundo, dejando daños funestos que comprometen la seguridad alimentaria. Si bien se declaran las áreas afectadas como ‘zona de emergencia', garantizando así mayores recursos, la gravedad del problema también exige de la convocatoria nacional, de la política de Estado actuando a todo vapor. A las universidades, con sus expertos, les corresponde un papel sugerente. Y la comunidad tiene también un rol importante que desempeñar.

Volvamos la mirada al campo haciendo posible el desarrollo sostenible; hay que volcar financiamiento y tecnología. Se requiere dinero, obtenerlo de los tantos millones concentrados en las paredes de concreto.

Revitalicemos el agro; que vuelvan a vivir las quebradas, que reaparezcan los árboles y la esperanza de vida en las tierras laboriosas, cuna del folclore nacional.

Que no se fenezca en los brazos del niño ni en la felicidad del Carnaval.

DOCENTE UNIVERSITARIO.