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24 de Jan de 2021

Julio Briceño (RAC)

Columnistas

Libertad bajo fuego... ¡Y en seco!

Decía un olvidado personaje de mi terruño que no es aquél que más alto despotrica de paraísos y virtudes, el que resulta ser el mejor cura

Decía un olvidado personaje de mi terruño que no es aquél que más alto despotrica de paraísos y virtudes, el que resulta ser el mejor cura para el pueblo. Sabiduría popular que viene a cuento ahora que la brújula de Palacio y de algunas de sus sucursales apunta hacia un lado y se actúa en dirección contraria.

Porque el nuevo monarca que ocupa el trono ha resultado de piel sensible: pero no para las necesidades y urgencias del pueblo al que atarugó de falsas promesas, sino extremadamente sensible ante las críticas de aquellos que no comulgan con sus fantasías y desvaríos. Contra periodistas, comentaristas y caricaturistas que a diario manifiestan lo que le resulta evidente a un pueblo hastiado: que el actual inquilino de palacio no es el Moisés que partirá las aguas del mar Rojo y nos guiará a la tierra de nuestros sueños. Nuestro profeta de barro carece de las aristas necesarias para alimentar el sueño de un verdadero y profundo cambio nacional.

Escribo ésto y, ante tal descripción, por aquellas desconocidas y traicioneras asociaciones neuronales, me viene a la memoria el personaje de una divertidísima telenovela colombiana que estuvo en cartelera hace algunos años. El inútil, creo que se titulaba; y su vida, como la de nuestro personaje de marras, giraba solo en torno a los paseos y a la incompetencia. Un personaje sin trascendencia, que entre una promesa y otra, derrochaba su vida entre tragos y bailes improductivos. Una rémora que vivía de las ilusiones de los demás, concentrado solo en sus intereses e incapaz de construir nada que reportara beneficios a alguien ajeno a sus propios bolsillos.

Pero, como decía mi recordada abuela, las desgracias viajan acompañadas. Y como si la incompetencia no fuera suficiente, el aprendiz de sátrapa se manifiesta intolerante e irrespetuoso de principios vitales y consagrados para la convivencia pacífica y el desarrollo de una verdadera y efectiva democracia. Ante las críticas que se le expresan, reacciona pidiendo las cabezas de todos aquellos que osan contrariarle y pisotea la Constitución que en su artículo 37 establece: ‘Toda persona puede emitir libremente su pensamiento de palabra, por escrito o por cualquier otro medio, sin sujeción a censura previa'. Por supuesto, se impone aquí la pregunta del millón: ¿se habrá leído alguna vez el mandamás de turno nuestra Carta Magna? ¿O siquiera algunos de los documentos que a nivel internacional consagran el derecho de los ciudadanos a la libre expresión? Sospecho que no. Porque, entre tanto paseo y el agotador proceso de perseguir y acosar a los que le adversan, no debe quedarle mucho tiempo para lecturas inútiles.

Mas, entre tanta ceguera como la que le rodea no sería de caballero negarle sus méritos y logros: afina la puntería contra un destacado presentador de noticias; sacó de un reconocido canal de televisión a un brillante comentarista político. Pidió la cabeza de otro también brillante y muy deportivo, pero que le fue negada. Y recibió en bandeja de plata la de un veterano caricaturista del patio —servidor de ustedes—. Y la lista irá creciendo en la misma medida en que vayan creciendo el descontento y el hastío popular.

No andaba muy lejos de la verdad aquel recordado personaje de mi tierra en cuanto a curas y profetas de barro. La libertad y el derecho —decía en el parque donde ocupaba sus muchas horas ociosas— no son más que un chicle, cuando solo sirven para llenar la boca del hipócrita.

CARICATURISTA