Temas Especiales

07 de Jun de 2020

Berna D. Calvit

Columnistas

La palabra mal vestida

Hay intranquilidad en el país. Todos los días surgen focos de descontento

Hay intranquilidad en el país. Todos los días surgen focos de descontento. Algunas acciones de protesta se justifican; otras son de paternidad sospechosas, fomentadas con propósitos mezquinos. En este ambiente el gesto se ha vuelto agrio y la palabra, mal vestida, se torna altanera, insultante, descalificadora. Y no es asunto de tomarlo a la ligera. Debería preocuparnos la degradación del trato con vocabulario chabacano que nos hemos acostumbrado a considerar como natural en el intercambio de opiniones antagónicas. En los últimos días, en las redes sociales, se cruzaron ofensas de pésimo gusto un expresidente de la República y un excontralor; sin respetar asuntos familiares e intimidades, se vapulearon mutuamente para saciar rencores personales y políticos. En otro inapropiado cruce, un abogado y un periodista perdieron la compostura verbal en airados y desafiantes tuiteos en los que descargaron de mala manera diferencias personales y acusaciones delicadas. El daño de la insinuación malévola es el rastro de dudas que deja sobre la reputación de las personas, sean inocentes o culpables. Prominentes miembros del PRD, que aspiran a la alta dirigencia del partido, pierden públicamente el pudor político en grotescos intercambios de insultos. Situaciones como estas han sido, por años, la tónica en el campo político y especialmente entre miembros de la Asamblea Nacional, foro por excelencia de verborrea hueca, gritos, berrinches y chabacanería.

Los medios de comunicación, sobre todo la televisión, contribuyen en gran medida a atizar la polémica y la irritación que se siente en todas las esferas y en casi todos los gremios. Algunos conductores de programas, supuestamente moderadores, se encargan de ‘fogonear '. Sin polémica no hay espectáculo. Al propiciar los antagonismos públicos con figuras que despiertan pasiones o llegan dispuestas a descargar veneno, persiguen lo que tanto valoran los directivos de las empresas y los que se benefician de los ‘zaperocos ': el dichoso ‘rating ', postre apetecido por las publicitarias.

La expresión ‘sicariato moral ' que leí en un diario extranjero se prendió como pega-pega a mi memoria y viene como anillo al dedo para lo que está sucediendo en las redes sociales. Bajo el anonimato, con impunidad asegurada, el asesinato moral —hay tantos que sería imposible llevarlos ante la ley— se logra con 140 caracteres en Twitter. También Facebook, YouTube y WhatsApp entre otros, cuentan con muchedumbres cibernéticas que destapan alcantarillas malolientes. Este fenómeno, que no tiene ‘atajadero ', es plaga mundial. Internet es biblioteca universal, medio de comunicación, información, comercio; y medio para el entretenimiento y la interacción; pero también medio que globaliza el ‘lenguaje basura '. Esta degradación encuentra terreno fértil en el ámbito político; localmente sus actores son favoritos en los medios y las redes sociales. Y entre más ‘sietemachos ', mejor; en su afán de ‘llegarle al pueblo ', creen que hablar bien, sin ‘rambulería ' o expresiones ‘racatacas ', los aleja de los votantes.

El uso del lenguaje violento o procaz no es inocuo; todo lo contrario, es dañino, envenena la mente, impide el pensamiento sereno y analítico. El cerebro no puede procesar una buena idea, si está ocupado con las ofensas que quiere descargar. Llevo muchos años usando los recursos que ofrece la tecnología cibernética; soy tuitera moderada y el tuiteo me parece una magnífica herramienta para opinar. Pero es deplorable que se use para ofender; para afirmaciones torpes e infundadas que le hacen sentir al que las expresa que ‘está haciendo patria ', ‘vean qué buen ciudadano soy ', cibernautas que llevan a la hoguera del insulto a los que no piensan como ellos. Soltar palabras a la ligera es lo más fácil del mundo; hacerse eco de las sandeces u ofensas de otros, solo por el prurito de tener presencia en las redes, es necedad, inmadurez, ego averiado.

Los que sienten satisfacción usando ‘lenguaje basura ' son como los niños y jovencitos que escriben obscenidades en las paredes; uno pensaría que esa etapa de inmadurez quedó atrás, pero no es así. Basta darse una vuelta por la edición digital de los diarios para comprobarlo; se facilita que los lectores puedan comentar las noticias, pero muchos que no dan la cara, usan el espacio para un sinfín de ofensas contra el articulista y entre foristas; complace que algunos, pocos, opinen con inteligencia. Es realidad que acepto con resignación, porque rechazo la censura aun ante valores tan torcidos. Mi recurso contra el sicario moral es ignorarlo; no paso más adelante comentarios malintencionados u ofensivos.

Vale preguntarse los porqués de estas conductas. ¿Será, como afirman los estudiosos de la conducta humana y de los medios, el reflejo de la sociedad? ¿De la educación? ¿Tan pobre opinión tenemos de nosotros mismos? ¿Se podrán devolver el respeto y la moderación a la palabra escrita y hablada? Las condiciones actuales no parecen favorecerlo. Esta preocupación es compartida por muchos ciudadanos y es tema recurrente en las conversaciones; pero no percibo que sea asunto lo suficientemente importante como para propiciar acciones de las autoridades educativas, organizaciones cívicas, etcétera. Y esto seguirá, como en la popular ‘Burundanga ' que hizo famosa Celia Cruz, en la que ‘Songo le dio a Borondongo/ Borondongo le dio a Bernabé/ Bernabé le pegó a Muchilanga/ le echó a Burundanga... '.

COMUNICADORA SOCIAL.