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25 de Feb de 2021

Nayda Vásquez

Columnistas

Itzel Velásquez: para no dar lugar al olvido

Esta joven periodista asumió la perspectiva de las mujeres que compartían la idea del cambio

Hay historias de vida que se forjan en las afinidades, empatía y afectos que se generan en el momento en que se producen ciertos encuentros y se establecen vínculos humanos capaces de sobrevivir a lo largo del tiempo y eternizarse en la memoria. Así defino mi relación con una de las mentes inquietas y privilegiadas representativa de una generación de mujeres que vivió de cerca, a través de su actividad periodística, procesos de transformación política en América Latina: Itzel Velásquez.

La presencia de Itzel en la TV panameña, luego de su retorno al país después de haber cursado estudios en Chile (1973), significó un cambio importante, pues presentó un nuevo rostro de mujer joven afianzando la participación femenina en el periodismo panameño en la segunda mitad del siglo XX.

La ‘hija de Mario Velásquez ', quien inició su vida en la TV panameña (1976) como comentarista del programa Enfoque que transmitía el Canal 2 , recogió de manera renovada lo mejor de la escuela de su padre, figura insigne del periodismo panameño. Su desarrollo profesional se caracterizó por su independencia de pensamiento y su certera comprensión de la realidad.

Esta joven periodista asumió la perspectiva de las mujeres que compartían la idea del cambio y de construcción de un proyecto que afirmará la independencia política e ideológica de nuestros pueblos; esto ante la fragmentada América Latina de los 80 que veía lesionada su soberanía ante las imposiciones del mercado y de los organismos financieros internacionales, en aquella que pasó a llamarse la ‘Década Perdida '.

La relación entre nuestros familiares de La Chorrera, cuna de origen de parte de su familia y la mía, trazó afinidades a través de las ideas sociales unidas por coincidentes vínculos periodísticos.

Nuestro reencuentro se produce en una de las aulas en las que se dictaba el doctorado en Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid (1980). Itzel compartía el estudio con las tareas relacionadas con el cargo que ocupaba como agregada cultural de la Embajada de Panamá en España, durante la gestión de Jaime Ingram como embajador. Por mi parte llegué a España luego de graduarme de Socióloga en la Universidad Federal de Minas Gerais en Brasil, bastión de las ideas que criticaban el régimen militar que se instauró en 1964 en ese país y centro académico de gran producción científica sobre las teorías del subdesarrollo.

El nuevo rumbo que tomó Chile, con la muerte del presidente Salvador Allende durante el golpe de Estado en septiembre de 1973, marcó una época de incertidumbre para América Latina. Se produce un revés frente al entusiasmo de los jóvenes por las ideas de los proyectos progresistas para la construcción de nuevas realidades sostenidas por el ascenso del poder popular y en España se cerraba la historia gris de los muchos años del autoritarismo de Estado con la muerte del general Francisco Franco (1975). Lo anterior nos ponía frente al debate político sobre dos realidades: retroceso democrático en Chile y aires de apertura del proyecto democratizador en España.

Itzel regresa (1981) al país con este cúmulo de vivencias y análisis fundamentados en las teorías de las ciencias políticas y la sociología. En ese entonces asume la dirección de Canal Once , proyecto conjunto del Ministerio de Educación y la Universidad de Panamá, la cual ejerce hasta 1990, después de la dirección de Griselda López, una de las mujeres maestras del periodismo nacional. Este proyecto de TV educativa sumó a mujeres jóvenes y pioneras en la producción audiovisual televisiva.

En mi caso, pasé a ser parte, en calidad de consultora, del equipo constituido por la Universidad Centroamericana (UCA) en El Salvador, PNUD y Unicef para realizar un estudio relacionado con los efectos de la guerra en la mujer salvadoreña. Hecho que me ayudó a afianzar mi compromiso con la equidad de género y que siempre encontró eco en Itzel. Compartíamos, a través de nuestros diálogos, información sobre el proceso político en esa nación y la del resto de los países de Centroamérica en épocas del conflicto armado.

El estremecedor asesinato de los sacerdotes jesuitas de la UCA en noviembre de 1989, con quienes se coordinaba el estudio, obligó a la cancelación del mismo y se produjo mi rápido retorno a Panamá el 19 de diciembre de 1989. Estaba lejos de imaginar que ese día se produciría la invasión a nuestro país por EE.UU. y empezaría la documentación periodística que realizó Itzel, junto con Fernando Martínez, a lo largo de las calles del populoso barrio de El Chorrillo y otras más visiblemente bañadas de sangre y cubiertas por cuerpos inmóviles de la población civil inocente.

Un momento que marcó para siempre la vida y la historia política panameña y que Itzel supo recoger en El fin de la tregua , un libro de obligada lectura. Cada una de nosotras tomó rumbos distintos. Itzel, ejerciendo su labor periodística en el país y yo, en el ejercicio civil internacional vinculado al desarrollo humano, lo que me hacía permanecer en el exterior. Mi ausencia la recompensaba con mi habitual visita y diálogos con esta profesional y amiga. En cada viaje, me ocupaba de recoger y traer ejemplares de periódicos, respondiendo a uno de los mayores placeres de Itzel: vivir, oler y tocar realidades a través de la textura del papel, como forma de acercarse directamente a los diversos procesos de cambio que se daban en diferentes latitudes.

Cuando regresé a mi país (2014), después de vivir otros hechos políticos en diversas geografías, me acoge con Griselda López, para guiarme en mi proceso de reincorporación y comprensión de una realidad nacional conflictiva y desmembrada. Encontré a Itzel complacida y motivada por la acogida de su obra literaria Las mujeres que amaron a Tino Hunter , libro que considero una pieza literaria e importante referente histórico sobre Panamá. Ante el calor y el éxito de su libro, se motivó a empezar a delinear los trazos de la que sería su próxima obra literaria la que, imagino, dejó inconclusa.

Incansable, resiliente y guerrera, siguió haciéndole frente a la vida que defendió con coraje y dignidad. Claridad en sus posiciones, apertura con respecto al entendimiento y reconocimiento de los saberes de aquellos estudiosos a los que ella consideraba sus referentes intelectuales. Quienes tuvimos el privilegio de conocerla y compartir jornadas de discusión en los ambientes que ella cuidadosamente se ocupaba de crear, vimos a la profesional, pero también a la amiga que nos sorprendía con su auténtica manera de ser: bravía y serena, determinante y flexible, combativa y tierna. Compartimos la experiencia personal y las lecciones que nos dejaban la vida ante el desamor y el amor, las tristezas y las alegrías, el carecer y poseer, el desapego y el apego, las fisuras y las costuras; pero sobre todo las constantes preguntas y respuestas de cómo imponernos ante las retadoras épocas en las que teníamos que erigir nuestra autonomía como mujeres.

Seguimos en el embate diario, siempre firmes en que no hay que dar lugar al olvido. A esta amiga de las letras, de las ideas y de los sueños y, por encima de todo, del infinito afecto, dedicamos nuestro presente recuerdo y prometemos seguir construyendo un lugar en el que pueda habitar la vida digna. Itzel continuará en nuestra memoria junto a su maravillosa e imborrable estela de vida que nos legó como un regalo permanente.

SOCIÓLOGA