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28 de Mar de 2020

Benito Russo Gómez

Columnistas

Alagartamiento inmobiliario (II)

Pero hay que hilar más delgado, para entender que todo empieza cuando algún propietario de un inmueble pequeño

Pero hay que hilar más delgado, para entender que todo empieza cuando algún propietario de un inmueble pequeño. Por decir algún ejemplo: una casa en un lote con un poco más de 800 metros cuadrados, cuyo dueño probablemente se endeudó con una hipoteca de 30 000.00 nominalmente hace 20 años. Al final este propietario, su deuda pagada por la hipoteca suma más de 90 000.00 y que ahora piensa vender por 160 000 o más. Pero el que viene a comprar esa propiedad no va a comprar huevos para ganar huevos. Ese, otra vez la revende o desarrolla y no precisamente para obtener cuatro veces el valor que pagó. Sino que pensando en grande, proyecta un edificio en ese espacio reducido para 25 apartamentos con estacionamientos y todo aquel modernismo; para venderlo a setenta mil balboas cada uno, y lograr pingües ganancias que justifiquen su inversión.

Los problemas que tengan luego los compradores, como ejemplo: si les llega el agua potable, si no tienen estacionamientos, si se desbordan las alcantarillas, si les roban o estropean su auto, si sufren la incomodidad del famoso tranque, además de la inexistencia de calles y/o aceras para transitar, áreas verdes y todo lo que siga aconteciendo, no es problema del flamante inversionista.

Y su justificación es bien simple y sencilla: los originales dueños de la propiedad se alagartaron, la bienes y raíces se alagartaron, los tomadores de decisión en aprobar este tipo de proyecto a nivel estatal, también se alagartaron, y el promotor del proyecto se alagartó. Ni qué decir del banco que también se alagartó trabándoles a los nuevos propietarios hipotecas altísimas que terminarían pagando el tripe de su precio actual. Y el resultado del alagartamiento inmobiliario son las consabidas incomodidades ya descritas en la caótica ciudad.

Pero bueno. Vamos a dejarlo allí, para que meditemos cada ciudadano, dónde y cómo empieza el caos. Si le seguimos los pasos a todo esta situación, de pronto a alguien se le prende el foco para ver cómo le ponemos el bozal a toda la cadena de lagartos que, con su avaricia y desasosiego por enriquecerse, está convirtiendo a nuestra Ciudad de Panamá, que en otrora fuera linda y acogedora, en un problema tanto insalubre como incómodo.

Pareciera que la ciudad está enemistada con sus habitantes. Y esa no debe ser la idea de la nueva metrópoli panameña que todos, tanto nacionales como extranjeros, nos merecemos. Ojalá impere en toda la ciudadanía (gobernantes y gobernados) valores solidarios, el buen juicio y la valentía de enfrentar al dios Mammón.

INGENIERO AGRÓNOMO AMBIENTALISTA.