Temas Especiales

28 de Jun de 2022

  • Avatar del Carlos Augusto Herrera Rodríguez

    Carlos Augusto Herrera Rodríguez

Columnistas

Cenizas

Estoy aquí como a la deriva en este mar de angustias

Cenizas
Cenizas

Estoy aquí como a la deriva en este mar de angustias. Me desespero en este ir y venir que se convierte en un torbellino de recuerdos, con la visión puesta en la cajita sellada, ahora convertida en una reliquia. Esa muestra empotrada en la pared de mi iglesia con los restos calcinados de mi amado hijo Carlos Augusto Herrera Guardia. Este es el muro de mis lamentos y el ocaso de mi sosiego interior. ¡Dios mío! Aminora este dolor que me consume.

Yuty, por mi cumpleaños, me escribió el siguiente mensaje el 25 de mayo de este año: ‘Bueno, Yuto es un súper padre, amigo, vecino, compañero, abuelo, hermano y socio... No ganamos tanto pero la pasamos bien '. Así vivía lleno de esperanzas que transmitía sobre mejores días. Ahora me aferro a los recuerdos que chocan con la realidad de estas cenizas. Paso del ayer al hoy. Acosado por el montón de preguntas sin respuestas. Sujeto a ese alud de consejos junto con los pésames. Me dicen y repiten que todo se lo debemos dejar a Dios con su justicia divina. Yo creo que también debo imponer el reclamo público y de accionar para atajar los excesos. Debo pulverizar la maldad. Destronar la deslealtad de los que saben tanto Derecho para nada y sobre todas esas otras cosas que son un adorno en las mentes torcidas de los gerentes del engaño matizado, en este mundo de lo absoluto y material.

Aquí, junto con estos residuos, están 48 años de historia compartida. Día tras días, mi inseparable hijo fraguó esta simbiótica relación con su ejemplar aporte que lo convirtió en mi compañero, confidente, amigo, socio y todo lo demás. Me regaló su inmenso amor a través de su perenne sonrisa e irrestricto soporte. Decidimos que no lo representaría ante la inconciencia como debió ser, para no aumentar las tensiones en la desigual lucha aderezada por la tradicional corruptela de favores en las indiscriminadas modalidades que saturan las instancias en contra de los que buscan justicia como salida a los conflictos.

¡Qué ironía tiene la vida! Ayer nada más estuve dispuesto en ceder el espacio principal para que mi hijo continuara al frente de la oficina como abogado litigante. He vuelto al pedestal. Ahora tendré que luchar en su nombre y memoria por el resto de mi vida, para defender a los que sufren la desentonada aplicación de la ley, con una justicia sorda, ciega, lenta y obtusa. Y es que ni siquiera podemos apelar a la conciencia de los malvados... porque no la tienen, y menos, mencionar los valores morales que han perdido en esa voracidad del acomodo. Es inaudito este concierto de tanta maldad junta.

Esta inesperada partida está colmada de inexplicables variables frente a una serie de circunstancias que están muy lejos de ser aclaradas con esta lenta investigación, absolutamente superficial, agravada por la distancia y el lugar. El deceso debió ocurrir a 40 minutos del puerto de embarque en la isla Diablo. El personero encargado está tres horas en lancha a motor en la isla Narganá. Nosotros hicimos el recorrido. Hablamos con las personas que lo trataron en el puerto y en la isla. Ellos no han sido entrevistados ni han rendido declaraciones juradas.

Agonizo entre sentimientos encontrados sobre el perdón y mi tenaz lucha interna contra la legión de los demonios que empujan la venganza alimentada por el rencor ante la impotencia. En estos contrastes sentimentales de tantas preguntas sin respuestas. Me ahogo mientras desciendo por los insondables laberintos del dolor por esta partida y, en medio de esta angustia, me acuso de egoísta y terco. Debo entender que la vida es finita e individual.

Esta partida de mi amado hijo no debe ser reclamada. Debo recurrir a los misterios divinos sobre el amor y el dolor para mitigarlos con las toneladas de amor derramadas por mi hijo en ese diario vivir lleno de tanta iniquidad y carencias. Mi vida es ahora cruel. Nunca más volveré a compartir la pequeña alegría de tenerlo frente a mí con todo y el despiadado ataque recibido.

Me han dicho que esta tragedia es una enorme prueba. Que es una carga impuesta por Dios con la seguridad de que puedo llevarla. Lo pesado carece de importancia, si la estancia en la Tierra es pasajera. Si la vida se pudiera cambiar o transferirla para devolverle a mi hijo su existencia, Dios sabe que me la puede quitar en el acto. Si en Él fuera transferirla, de inmediato buscaría a cualquiera de los responsables o a sus verdugos para transmutarle su existencia.

Hasta luego YUTY. Gracias por todo hijo mío.

ABOGADO