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04 de Jun de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

Experiencias derivadas de recientes elecciones

El capital político y el apoyo del gobernante en ejercicio, aunque sea legal y permitido en una sociedad, no siempre rinden los frutos esperados

En mayor o menor grado la atención pública, nacional e internacional, estuvo centrada en dos procesos electorales en Estados Unidos y en Nicaragua; y, aunque no se trata de elecciones presidenciales, también en la situación de enfrentamientos en Venezuela con relación al referéndum revocatorio. Son tres ejercicios que, si bien no construyen la democracia como régimen político, son elementos de primer orden como manifestaciones de un derecho soberano e inalienable de ciudadanos que respiran libertad. De todos ellos y de sus circunstancias podemos derivar algunas lecciones aplicables a nuestra nación, sobre todo en el Mes de la Patria.

El proceso en el país del norte nos deja algunas lecciones y nos ratifica otras, todas conocidas en nuestro patio. La primera es que el proceso cuesta dinero. Cálculos hechos por algunos estudiosos estiman que aquella campaña electoral costó más de dos mil quinientos millones de dólares (US$2500 000 000.00), de los cuales correspondió a la perdedora la suma de cerca de setecientos millones (US$700 000 000.00) y al ganador, trescientos millones (US$300 000 000.00). Se calcula un costo de más de once dólares (US$11.67) por cada uno de los 227 millones de votantes habilitados.

La campaña sucia es efectiva. Ambas campañas y ambos contrincantes se dijeron de todo: corrupta, deshonesta, racista, acosador sexual, evasor de impuestos, funcionaria venal, empresario explotador.

Las primarias dejan heridas difíciles de sanar. A la perdedora le costó mucho esfuerzo lograr el apoyo decidido de los sectores que la adversaron en esa etapa y, en cambio, el ganador dejó tantas heridas a tantos contendientes internos que tuvo que conducir su campaña prácticamente a espaldas de su partido, inclusive enfrentando esfuerzos infructuosos por desbancarlo.

Las encuestas sobre intención de voto se equivocan. La perdedora estaba convencida de que ganaría por amplio margen arrollador, mientras que el ganador y su equipo de campaña no abrigaban muchas esperanzas de triunfo. El resultado la noche del 8 de noviembre fue una verdadera sorpresa para ambas campañas, para la nación y para el mundo. No se trata de que hubiesen ocurrido fallas con las fichas técnicas, voluntarias o no, sobre el método aplicado por cada organización encuestadora o que hubiese habido la intención de ellas por engañar. Quien engañó, aparentemente, fue el ciudadano encuestado y por razones muy atendibles, sobre todo si la encuesta era telefónica y podría perder su anonimato por dejar rastro de su identidad y preferencia. Otra razón entendible es el estigma creado sobre prejuicios y ofuscaciones del candidato ganador que el encuestado prefirió no aparentar compartir y también quedar estigmatizado en su comunidad.

El capital político y el apoyo del gobernante en ejercicio, aunque sea legal y permitido en una sociedad, no siempre rinden los frutos esperados. El presidente, la primera dama, el vicepresidente, todos se volcaron inútilmente en favor de la perdedora: no causó efecto en los votantes.

El candidato ganador basó su campaña en la promesa de un cambio mientras que la perdedora fue percibida como ‘más de lo mismo', aunque algo mejor. Mientras uno prometió ‘secar el pantano' de la burocracia y la corrupción, la otra ofrecía beneficios generales que no calaron.

En Nicaragua, en cambio se celebró un proceso anodino e insípido con un solo candidato presidencial con su propia esposa como compañera de fórmula, que es fiel reflejo del estado de la democracia en ese país.

Y en Venezuela, aunque no se trata de comicios presidenciales, el proceso de castración —para utilizar la palabra castiza— que impide expresar la voluntad popular en un proceso previsto en su Constitución, es una mácula en el mapa político de América.

Fue una semana aleccionadora.

EXDIPUTADA