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23 de May de 2022

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    Mireya Lasso

Columnistas

Los Juegos Centroamericanos del 2018

Ahora nos regocijamos porque hace pocos días se nos adjudicó la sede de los XXIV Juegos de 2022

Nos entusiasmamos hace un par de años cuando vimos la posibilidad de celebrar los XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, al renunciar Guatemala a la sede del año 2018. Pero no lo logramos cuando cinco de los nueve comisionados de la Odecabe escogieron a Barranquilla. Ahora nos regocijamos porque hace pocos días se nos adjudicó la sede de los XXIV Juegos de 2022.

Sabido es que no es la primera vez que somos sede de estos Juegos porque lo fuimos en 1938 y 1970. Siempre constituye un serio reto para nuestro país, igual que la Jornada Mundial de la Juventud en 2019. Aunque el número de asistentes sea diferente, los XXIV Juegos evidentemente demandan una importante inversión en la infraestructura deportiva requerida para el desarrollo de las competencias, al nivel exigido por Odecabe. Cada vez asiste un mayor número de países, de atletas y de competencias deportivas: a los XXI Juegos de Mayagüez en el 2010 asistieron 5204 atletas, pero ocho años después Barranquilla espera más de 6500; demandan más coliseos, estadios, pistas de campo, marinas, gimnasios. Cada vez se exige mayor presupuesto para financiar la infraestructura necesaria, sobre todo si no existen escenarios deportivos adecuados. En el 2010 Puerto Rico presupuestó cerca de US$500.0 millones mientras que el ministro de Hacienda de Colombia ha comprometido 16 000 millones de pesos. Panamá ha estimado B/.200.0 millones; quizá esa estimación se quede corta.

Pero la infraestructura física es solo una parte de la tarea, como lo ilustra parte de las tribulaciones que, a 24 meses de los Juegos, estresan al Comité colombiano: ‘Es un gran reto, es una carrera contra el tiempo; son como 600 cosas al mismo tiempo, es un estrés preocupante; habrá muchas más marcas, muchas más mujeres participando en los eventos, más países que en ninguna otra ocasión; hay que asegurar que los escenarios deportivos estén listos a tiempo; que estén capacitados 5000 voluntarios para recibir a 6700 deportistas de 38 países, siete más que anteriormente; que si se varó el bus de los atletas; que no se pierda ningún equipo; que si alguno de los 403 delegados internacionales pide un cortaúñas de marca especializada, lo tenga; hay que organizar 470 eventos, elaborar 32 instructivos de competencia, recibir a 1200 entrenadores delegados, coordinar 800 vehículos; hay que cuidar doce frentes de trabajo, entre ellos, transporte, atención médica, financiera, voluntariado, seguridad, villa centroamericana, alimentación, logística, protocolo; hay que organizar calendarios de competencias, entrenamientos, montaje, operación de áreas de competición, ceremonias de premiación, control de dopaje; y para lograr todo esto se deberá convocar al menos 12 000 personas para escoger los voluntarios que serán capacitados varios meses antes'.

Como en Barranquilla, la dimensión de estas competencias en Panamá demandará la participación de muchos sectores de la vida nacional.

Claro que el esfuerzo tendrá su costo financiero, pero los beneficios tangibles e intangibles para el país son evidentes. El Gobierno deberá construir o adecuar las instalaciones deportivas necesarias para las competencias propiamente dichas, pero también tendrá que acondicionar más y mejores facilidades deportivas a lo largo del país para la preparación de nuestros jóvenes atletas. La renovada dedicación de la juventud al deporte, alejada de la violencia o drogas, sería un tangible dividendo producido por esta meta nacional que nos impongamos. En todas las provincias deberá prender el fervor entre los jóvenes para prepararse con entusiasmo en todos los deportes para así desempeñar el papel honroso que corresponde al país anfitrión. Debe formalizarse como objetivo nacional reconocido también por un próximo Gobierno. Será un semillero de atletas capaces de continuar dando renombre mundial a Panamá.

EXDIPUTADA