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05 de Apr de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

La carroza trae costumbrismo

Allí se enteran que ese domingo vendrá a comer un tercer hermano y su esposa.

Las funciones teatrales pasan por una situación delicada en Panamá. Aunque hay una cantidad plural de estrenos; se ha reducido la puesta en escena de buenos títulos, avalados por dramaturgos de reconocida calidad; de historias que hagan reflexionar en los problemas cotidianos y otros de mayor profundidad y que sean recreados con enfoques de ingenio y una talentosa estética cimentada en el manejo artístico de la representación.

Esta ausencia quita el estímulo al público y los productores apuestan por comedias construidas a la ligera para entusiasmar a una audiencia que acude por un mercadeo de venta de funciones para sacar rentabilidad y mantener las pocas salas. En el otro extremo, están los musicales, tipo Broadway con una complicada estructura, que obliga a poner precios poco comunes en el mercado de la cultura panameña.

A veces, se encuentra una pieza que, a pesar de su articulación con un humorismo sencillo, llama la atención por la factura detallada y buena articulación de las escenas. Se trata de Esperando la carroza, del autor rumano-uruguayo Jacobo Langsner, de amplia trayectoria y con dieciséis títulos entre los que resaltan El tobogán -laureado en varios países-, Una margarita llamada Mercedes, De mis amores y Damas y caballeros. Algunas llevadas al cine.

Langsner se especializó en el análisis de la realidad nativa y criticó el comportamiento de determinados sectores; entre ellos, la burguesía por las costumbres y la capacidad de imponer sus valores como los que marcaban el ritmo social. La ironía fue una de sus herramientas más utilizadas y a través de ese tratamiento hilarante construyó un discurso que desde el escenario apuntaba incisivamente hacia ciertos hechos y circunstancias locales.

Hannia Woodman, una directora habituada a realizar grandes producciones y de perfiles musicales, escogió este trabajo para el Teatro en Círculo durante julio. En su propuesta se siente ese ambiente tanto desde que se entra en la sala, como en la selección de las melodías que se escuchan entre actos. La labor de adaptación, significó tomar los elementos más adecuados a la realidad nacional y alusiones que mueven a la risa al público.

El argumento gira en torno a una anciana que vive con el hijo y la esposa de éste. Ella trata de ayudar a la nuera que no acierta a dominar las tareas hogareñas. Este apoyo de la suegra complica la vida doméstica y pronto comienzan a presentarse los conflictos. La pareja va a visitar a la familia del hermano del esposo, que tiene una situación más acomodada. Allí se enteran que ese domingo vendrá a comer un tercer hermano y su esposa.

Mientras están las tres parejas dilucidando quien debe encargarse de mamá Cora; ésta decide salir de la casa en que vive a visitar a una amiga. Una llamada al apartamento donde están los hermanos y sus esposas, les advierte que una señora mayor ha sufrido un terrible accidente y hay sospechas de que puede ser la madre de ellos. Aquí se complica la situación y el nudo dramático porque afloran los reclamos y acusaciones.

El elenco de la obra es desigual y sobresalen actuaciones de Cloty Luna, que encarna a la esposa de Sergio en cuya casa se desenvuelve este enredo. La rapidez de diálogos, el alto volumen y la sobre actuación hacen perder a veces el sentido de la crítica costumbrista que encierra la trama. Sin embargo, hay muchos momentos donde el mensaje cala en el público por sus connotaciones criollas.

La comedia no disminuye el sentido del efecto de poner el dedo en la llaga y Woodman logra salir airosa de esta prueba de ironía que reproduce males en tradiciones caseras que nos caracterizan y que aparecen en forma de caricatura mientras llega la carroza.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.