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15 de Oct de 2019

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Tuiteando con la colcha podrida

Las autoridades se empecinan en hablarnos de estadísticas y números para subrayar que todo anda bien

Tuiteando con la colcha podrida

En el ejercicio de aportar ideas, conocimientos y algo de contexto a la cotidianidad, en estos tiempos que vivimos, desanima el hecho de que los temas que están en la discusión nacional han sido tratados muchos años atrás, no solo por mí, sino por una gran mayoría de pensadores que, con buena fe y preocupados por el futuro del país, hacen lo propio y contribuyen con sus señalamientos e ideas.

Hace seis años publiqué el artículo titulado ‘Cuando las costuras no resisten'. Miro atrás porque la mayoría de las cosas ya han sido dichas, escritas o publicadas, y parece que nada mejora. Por más que las sociedades, a través de sus interlocutores, señalan las faltas, los que tienen por qué prestar atención y corregir, no lo hacen. Llega ese momento en que es incomprensible.

Decía en el 2011 que la clase media, profesionales; las capas populares: trabajadores, estudiantes, trabajadores de la cultura (músicos, artistas, escritores, poetas, etc.), son el sostén imprescindible de cada sociedad. Ponen la musculatura y sus esfuerzos; sus mejores años de vida, generación tras generación. Ponen los muertos y representan el motor necesario para impulsar el desarrollo de las naciones. El modelo sociopolítico que nos gobierna define la participación. Estas son las capas de la sociedad más vulnerables en los momentos de crisis (económicas y políticas) y cuando los peligros sociales se hacen del diario vivir.

Si creen que no estamos en un periodo de decadencia, observen detenidamente. Las autoridades se empecinan en hablarnos de estadísticas y números para subrayar que todo anda bien. Por ejemplo, lo más probable es que los números fríos dan cuenta que las actividades criminales —en términos generales— han disminuido como ellos aseguran, pero el sentido de inseguridad permanece y muchas voces, a todos los niveles, han tratado de minimizar los efectos; particularmente responsabilizando a los medios de contribuir directamente con que se mantenga esa impresión. Comparto ese sentido de inseguridad y no solo es lo que sucede en términos de violencia contra el estado físico de una o varias personas, sino el sentido de que vamos por mal camino en lo que se refiere a impartir justicia.

Eso de la violencia y de cómo lo entienden los malandrines, es un reflejo de nuestro tiempo, de la degeneración social sostenida, en todos los niveles sociales. Se ofrece una vida de mejores condiciones por el crecimiento económico, pero envuelto en un halo romántico de progreso pero con impunidad. Conducta que igualmente manifiestan los bribones en posiciones de poder, o los maleantes en las calles y veredas de los barrios. El malandrín de la vereda está condicionado por lo que ha aprendido a través de los medios masivos y porque las autoridades miran en otra dirección, o al final, si son atrapados, el sistema de justicia, no es tan justo nada.

Una sociedad en franco desarrollo debe buscar en otras dimensiones del quehacer humano la fórmula para rescatarse del analfabetismo funcional, la mediocridad glorificada, del bajo nivel cultural y de la barbarie social. Rescatarse del juegavivo y de la politiquería malsana que mantiene a grandes sectores en clara desventaja ante las capas sociales elites que tienen los recursos económicos para su desarrollo integral. La conjugación de estos factores es lo que ha abonado la sensación de inseguridad en que vivimos: en la calle y en el sistema judicial.

El daño está hecho. Pasarán varias décadas antes de que podamos convivir en un Estado social que garantice justicia real. La reevaluación del papel de los medios en nuestro quehacer cotidiano, con nuevos objetivos y nuevos códigos, es el primer paso para que podamos recorrer nuestras calles con tranquilidad.

En este pequeño país, compartimos espacios que se cruzan y entrelazan y la violencia e impunidad que amenaza, amenaza a todos. La colcha que nos sostiene esta podrida. No habrá Nación próspera sin la seguridad de que esas capas humanas que la impulsan, gozan de las mejores condiciones para su propio desarrollo y seguridad, especialmente en la justicia.

Los medios deben servir para provocar el cambio. Hay que abandonar las redes sociales, dejar de tuitear y tomar los pasos necesarios para ejercer presión contra los corruptos y sus adalides. Parece no haber otras alternativas. Solo así podremos retomar un camino digno y para el desarrollo integral de la población.

COMUNICADOR SOCIAL.