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15 de Dec de 2019

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Mireya Lasso

Columnistas

¿Nos esforzamos por hacer patria en 2017?

No los olvidemos, porque deben ser rememorados como ejemplos de ciudadanos que necesitamos para construir un Gran País

Está a punto de fenecer el presente año y seguramente estamos ya haciendo nuestra lista de buenas intenciones para cumplir, el próximo año, aquellas que dejamos de hacer de la lista similar concebida hace doce meses. Es la época para el ejercicio conocido porque abundan esas buenas intenciones. Por eso, más que deseos de aumentar nuestros patrimonios con bienes materiales —‘hacer más plata'— propongo contestar a conciencia algunas interrogantes, como las que planteo a continuación, en una conversación muy íntima con nosotros mismos.

¿Le regalé un ‘te quiero' a un ser querido? ¿A mi cónyuge, que se esfuerza cada día para que salgamos adelante? ¿A mis hijos mientras los tengo cerca, para cultivarles buenos sentimientos antes de que abandonen nuestro hogar? ¿A mis padres y abuelos, o espero a que hayan partido para entonces arrepentirme por no haberlo hecho en vida con un beso y un cálido abrazo? Mostrar ese amor no es signo de debilidad.

¿Pedí perdón por mis ofensas, groserías, malos humores ocasionales? ¿Y perdoné a quienes pretendieron humillarme con igual trato? Ambos gestos pudieron ser fuentes de paz interior.

¿Di las gracias cada vez que recibí una palabra amable, un favor o un trato inmerecido? Acompañadas de una sonrisa es una expresión que alimenta de satisfacción el espíritu de quien nos muestra una amabilidad espontánea.

¿Pregunté ‘en qué puedo servirte' y lo hice con el mayor placer? Con nuestra ayuda en un momento difícil o crucial para otra persona, esforzándonos verdaderamente y de corazón, nos hace sentir satisfechos con nosotros mismos. La ayuda que podamos brindarle al prójimo nos enriquece el espíritu.

¿Mentí alguna vez durante el año? No me refiero a mentiritas blancas, sino a aseveraciones falsas o silencios cómplices que nacen de la cobardía y falta de entereza de carácter para enfrentar las consecuencias de nuestras acciones, por muy torcidas o inapropiadas.

¿Fui honesto conmigo mismo, con mi familia? ¿Fiel a mis principios, con mis amistades, mis conocidos, mis conciudadanos? ¿O siempre practiqué la doble cara cuando me fue provechoso social o políticamente?

Finalmente, ¿hice alguna obra de caridad durante esos doce meses, por pequeña que fuera? ¿Visité algún enfermo, le di la mano o un consejo inspirador al humilde? ¿Lo hice para llamar la atención de la comunidad o para satisfacción íntima personal?

Podríamos existir en una nación esencialmente feliz y agradable para todos los ciudadanos, si la mayor parte de estas interrogantes fueran respondidas afirmativamente. Ese pensamiento me lleva a la siguiente reflexión.

Durante el año que concluye dejaron de estar entre nosotros varias personas que quisiera recordar y que reconozcamos como ejemplos de la clase de ciudadanos que necesita el país para ser la Patria Grande que todos soñamos. Los nombro solo a título de ejemplo, porque habrá muchos más como ellos.

Personas con vocación especial de servicio a los demás, como los maestros Tomás Camargo y Marta Sanjur, fallecidos en áreas de difícil acceso en la comarca Ngäbe-Buglé; los policías Ernaldo Córdoba y Juan Martín, ultimados por facinerosos en la carretera de Chilibre; Luis Mangana, sacerdote salesiano de la Basílica de Don Bosco; Eric Mata y Raúl Tejada, humildes obreros de la construcción, e indígenas recolectores de frutas en trágico accidente en Antón; Amílcar Henríquez, joven deportista con espléndido futuro, y Alain Jiménez, músico igualmente prometedor; Jorge Rubén Rosas, pulcro político o Federico Humbert y José Antonio Riba, empresarios con valores éticos; comunicadores sociales como René Rizcalla; Jorge Fábrega y Carlos Mendoza, eminentes juristas. No los olvidemos, porque deben ser rememorados como ejemplos de ciudadanos que necesitamos para construir un Gran País.

EXDIPUTADA