La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Harry Castro Zachrisson

Columnistas

Una paz incierta

Colombia es hoy escenario vivo del interminable debate ideológico entre la izquierda y la derecha, que se deciden por la vía electoral, ya no por las armas

Las FARC, es un movimiento campesino colombiano que se declaró en rebeldía y se alzó en armas desde 1964; fue fundado por Manuel Marulanda alias ‘Tirofijo' y Jacobo Arenas; negoció, como todos sabemos, la paz en La Habana con el Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos, firmando un nuevo Acuerdo Final en el Teatro Nacional de Bogotá, en noviembre de 2016, cuyo texto, compuesto por 297 páginas, se depositó en el Consejo Federal Suizo. Le correspondió firmarlo por la contraparte, a un hombre del campo y activista de la juventud comunista, Rodrigo Londoño Echeverri, cuyo nombre de guerra responde a ‘Timochenko'.

Hoy, este movimiento guerrillero ha pasado a denominarse Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, convertido en partido político sin armas y pretende competir por el poder político, ante su fracaso de obtenerlo por la vía armada. Trátase de la transformación de esa guerrilla en un movimiento político y social. Este esfuerzo histórico que pretende construir un cambio que representa la paz, atraviesa momentos cruciales en Colombia; debido a la reticencia de un sector amplio de la población colombiana que eleva su voz de protesta por todo el país, ante el temor, por todos los efectos, que dejó este largo conflicto armado. Y porque además, esta organización carga aun sobre sus espaldas miles de crímenes impunes y las absurdas concesiones otorgadas en el acuerdo firmado; tales como la restitución de tierras, amplia amnistía, doce curules nuevas en el Congreso y la Jurisdicción Especial para la Paz. Los temores de gran parte de la ciudadanía aumentan aún más, ante la complicidad, colaboración y proximidad territorial con la República Bolivariana de Venezuela, sumida bajo un régimen autocrático, el Castrochavismo, que cuenta con armas y elementos humanos provenientes de Cuba, Siria e Irán y un financiamiento cuantioso producto del narcotráfico. Como si todo lo anterior no fuese suficiente, flaco favor le ha hecho para que prospere el Acuerdo, la pugnacidad política entre el expresidente Uribe, que desacredita el proceso de Paz y el presidente Santos, que puso un empeño vehemente y concedió amplia ventaja al grupo subversivo.

Colombia es hoy escenario vivo del interminable debate ideológico entre la izquierda y la derecha, que se deciden por la vía electoral, ya no por las armas, este próximo mes de marzo para elegir congresistas de la República y en el mes de mayo para la Presidencia de la República.

Y es que resulta ser que la preocupación de los colombianos es entendible, por las razones apuntadas, pues Colombia tiene, además, muchas guerras inconclusas y terminada la guerra mayor que es con las FARC, aún sobreviven otras guerras de menor escala, pero no menos sangrientas, como lo son el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la disidencia del Frente Primero de las FARC, el MRP (Movimiento Rural Popular) y el CLAN DEL GOLFO, la principal banda criminal de Colombia, radicado en Urabá, frontera con Darién, que representa una amenaza seria para la estabilidad del país.

Este proceso largo y accidentado de la insurgencia al orden establecido, (cincuenta y dos años) aún no ha concluido y resulta prematuro anticipar el resultado final, por los grandes escollos que a diario se presentan.

En cuanto a la paz, basta con echar una mirada a los últimos sucesos en tierras colombianas, para deprimirse sobre sus resultados. Al ver caer al país nuevamente en la zozobra de los peores años de esta larga y absurda guerra, que todos quisieran dejar atrás; Colombia se enfrenta a un futuro incierto, ante un país con reacciones distintas y posturas enfrentadas que evidencian la grave fractura que existe, ante la ausencia de un consenso nacional en torno a un tema que es la paz, clave en la vida nacional de los colombianos.

ABOGADO