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18 de Oct de 2019

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Clarence C. King

Columnistas

El acoso y sexismo han intoxicado nuestra cultura

El abuso sexual, y el acoso en el lugar de trabajo son experiencias traumatizantes que deben ser erradicadas

El pánico sexual y moral actual en el mundo, causado en parte por los escándalos de Harvey Weinstein, que ha revelado una realidad perturbadora de abuso sexual y acoso por depredadores sexuales que, debido a su poder económico y su estatus en la sociedad, han disfrutado décadas de impunidad, y ahora están sujetos al desprecio y la ira pública.

Pero permítanme admitir aquí que el abuso sexual, y el acoso en el lugar de trabajo son experiencias traumatizantes que deben ser erradicadas, y las acusaciones presentadas ante las autoridades competentes para su investigación, y de ser necesario, los perpetradores procesados, siempre bajo el debido proceso y sanciones reales por falsas acusaciones. Admito también que hay algo profundamente espeluznante y mental sobre una acusadora que aparece 20, 30 o 40 años después, en el momento más oportuno, para enlodar la reputación de otra persona; y lo que lo empeora es que los medios de comunicación y los políticos festinan y se olvidan del derecho constitucional que dice ‘inocente hasta que se demuestre lo contrario'.

Quizás el movimiento feminista debería estar más enojado con muchas de estas mujeres acusadoras que en su momento consintieron y aceptaron esos avances sexuales con el propósito expreso de avanzar en sus carreras, creando, al hacerlo, este ambiente maligno en la relación entre hombres y mujeres. De hecho, nuestras sociedades occidentales se han convertido esencialmente en una anarquía en lo que se refiere a la sexualidad. Pero curiosamente ningún grupo feminista ha protestado ni mostrado estupor por el edicto del expresidente Barack Obama de permitir a hombres que dicen sentirse como mujeres, utilizar los vestuarios, baños y servicios conjuntamente con las mujeres.

Curiosamente, es ahora, bajo esta atmósfera tóxica y paranoica, que el presidente de Panamá acaba de sancionar la Ley 7 del 14 de febrero del 2018 que sanciona penalmente el hostigamiento y acoso sexual o moral, el racismo, el sexismo, la grosería y las humillaciones, impulsadas por grupos feministas, y que contempla incluso el despido del supuesto agresor por ‘causa justificada'.

Pero el gran problema existente es que los hombres de hoy son conscientes de que lo que constituye acoso sexual, abusos o insinuaciones sexuales no deseadas son lo que las supuestas víctimas (las mujeres en casi todo caso) afirman que es; lo que significa que las insinuaciones o avances sexuales no son bienvenidos cuando la persona sometida a ella así lo considere. Obviamente, esto implica que si la presunta víctima recibe con agrado y placer las insinuaciones sexuales u otros avances verbales o físicos de naturaleza sexual, entonces no se trata de acoso, lo que hace que la determinación de abuso o acoso sexual sea completamente responsabilidad y decisión de la presunta víctima.

La pregunta que surge aquí es: ¿es realmente tan difícil crear una definición objetiva con sentido común de acoso sexual que no dependa únicamente de lo que dice la presunta víctima, y así condenar a otra persona al desprecio, el ridículo y criminalizarlo? La ley, tal como está redactada, coloca injustamente la carga de la prueba sobre el acusado, que debe probar su inocencia o ser declarado culpable. Las mujeres pueden acusar que cualquier cosa que el hombre les diga verbalmente es acoso, y no podemos asumir que los acusadores son siempre las víctimas. Por lo visto, no hay un plazo de prescripción sobre los cargos de acoso sexual. De tal forma, si la compañera que consintió a la actividad sexual decide 20 años después que el comportamiento que una vez consintió le causa ahora remordimiento, como está sucediendo en los EE. UU, entonces ella puede reclamar retroactivamente haber sido víctima de abuso sexual y que la persona a la que había dado su consentimiento es un monstruo enfermo y perverso que se aprovechó de su juventud, arruinando para siempre la reputación, matrimonio y empleabilidad del acusado.

Los hombres sin duda lo tienen mal en esta sociedad retorcida, liberal y ‘progresista', orientada hacia el capricho de los grupos feministas, quienes han sido empoderados por los mismos hombres y quienes les han dado la soga para colgarnos, ya que somos estereotipados como abusadores y depredadores y las mujeres como víctimas perpetuas que necesitan protecciones especiales contra los hombres, aunque las encuestas muestran que un gran porcentaje de hombres y mujeres conocieron a su cónyuge actual en el trabajo y que muchas mujeres disfrutan de algún grado de coqueteo e interacción sexual en el trabajo, y que muchas de ellas inician el coqueteo, la provocación y el humor sexual al igual que los hombres, y seguirá así, a menos que se regule y deshumanice el lugar de trabajo.

PLANIFICADOR JUBILADO.