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16 de Dec de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

Sobre drogas, comida y recompensas (I)

Todavía no conocemos a nadie que disfrute ser adicto a las drogas o al comer compulsivamente. ¿Por qué alguien quisiera usar drogas, a pesar de las consecuencias médicas y condena social?

Todavía no conocemos a nadie que disfrute ser adicto a las drogas o al comer compulsivamente. ¿Por qué alguien quisiera usar drogas, a pesar de las consecuencias médicas y condena social? ¿Qué hace que alguien coma desaforadamente, a pesar del daño a su salud? Una respuesta es que los seres humanos modernos hemos diseñado el ambiente perfecto para crear ambas adicciones.

Nadie debe sorprenderse al saber que el estrés contribuye a que las personas busquen consuelo en las drogas o los alimentos. Sin embargo, el mito ha persistido en que la adicción es un fracaso moral y que los adictos son individuos sin fuerza de voluntad. Ahora sabemos que la conexión entre el estrés y la adicción es definitiva, y que se puede cambiar el camino a la adicción cambiando nuestro ambiente.

Los científicos han encontrado que las drogas y los alimentos tienen un objetivo común en el ‘circuito de recompensa' del cerebro, y que el cerebro de los seres humanos y otros animales que están estresados experimentan cambios biológicos que los hacen más susceptibles a la adicción.

Consideremos la epidemia de opioides en el mundo. El año pasado se estima que solo en los Estados Unidos murieron más de 52 mil personas por sobredosis. Los economistas de Princeton, Anne Case y Angus Deaton, publicaron un estudio en 2015 que demuestra que desde 1990 los blancos de clase media y en edades entre 15 y 39 años experimentaron un aumento alarmante de muertes por sobredosis. Estos adictos no perdieron de repente su fibra moral, sino que se enfrentaron a perspectivas desalentadoras de empleo, una erosión constante en su estatus social y, en consecuencia, un estrés creciente insoportable.

En otro estudio de 2010, Diana Martínez y sus colegas de Columbia analizaron los cerebros de un grupo de personas y encontraron que un nivel social bajo y un grado de apoyo social bajo, ambos presuntos disparadores de estrés, se correlacionaron con menos receptores de dopamina, llamado D2s, en el circuito de recompensa del cerebro. Todas las recompensas —sexo, comida, dinero y drogas— causan una liberación de dopamina, que transmite una sensación de placer y le pide al cerebro más y más de eso que lo estimula.

Cuantos más receptores D2 tengamos en nuestro cerebro, mayor será nuestro nivel natural de estimulación y placer —y menos probabilidades tendremos de buscar drogas recreativas o alimentos dañinos para compensar. La Dra. Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, y colegas demostraron esto en un estudio de Ritalina. Los sujetos sanos y no drogadictos con menos receptores D2 sintieron mayor estimulación y placer, mientras que aquellos con más D2 lo hallaron aversivo.

Es decir, el número de receptores no solo predice el consumo de drogas, sino también los afectados por ella. En ese mismo estudio, la Dra. Volkow descubrió que las personas adictas a la cocaína, la heroína, el alcohol y las metanfetaminas experimentan una reducción significativa en sus niveles de receptores D2 que persiste mucho tiempo después de que el uso de drogas se detiene. Estas personas son mucho menos sensibles a las recompensas, están menos motivadas, encuentran el mundo aburrido y son más propensos a buscar una solución química para mejorar su vida cotidiana.

La misma neurociencia nos ayuda a entender acerca de la alimentación compulsiva. La comida, como las drogas, estimula el circuito de recompensa del cerebro. La exposición crónica a alimentos ricos en grasas, sal y azúcar está ligada de manera similar con niveles más bajos de D2, y las personas con niveles bajos de D2 también son más propensas a anhelar dichos alimentos. Es un círculo vicioso en el que más exposición genera más ansia.

La Dra. Volkow y sus colegas demostraron que los individuos obesos mórbidos tenían reducciones en sus receptores D2 y que la reducción era proporcional a su índice de masa corporal. Además, la implicación de un circuito de recompensa afectado es que no encuentran gratificación con un consumo normal de alimentos. De allí, que necesiten comer y comer. Al mismo tiempo, cuando se exponen a imágenes u olores que predicen una recompensa de alimentos, experimentan antojos más intensos que las personas no obesas. Y al igual que los drogadictos, las personas obesas con menos receptores D2 también muestran una disminución de la actividad en su corteza prefrontal, lo que hace más difícil ejercer el autocontrol.

EL AUTOR ES EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR DE SALUD PÚBLICA.