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23 de Oct de 2020

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Ricardo Lasso Guevara

Columnistas

Miranda, Tocqueville y Bryce en Norteamérica

‘Cuando el Presente entra en conflicto con el Pasado, ya hemos perdido el Futuro ', Winston Churchill.

‘Cuando el Presente entra en conflicto con el Pasado, ya hemos perdido el Futuro ', Winston Churchill.

Ahora que un alto porcentaje de los electores norteamericanos respalda con entusiasmo una especie de Cesarismo Democrático o Bonapartismo que promete la resolución inmediata de los problemas presentes, parece oportuno traer a la memoria las muy autorizadas observaciones de esa sociedad, que encontraron en sus días tres eminentes pensadores políticos.

Más aún, ahora que nosotros nos abocamos nuevamente a una elección presidencial, también esas observaciones pueden ser de utilidad, sabiendo que en todos los partidos políticos existe y siempre ha existido un pequeño porcentaje de personas serias, estudiosas y honestas, deseosas de servir a los mejores intereses del país.

Empecemos, pues, por referirnos a lo escrito por Francisco de Miranda, tras el recorrido de dieciocho meses, de junio de 1783 en Carolina del Sur a diciembre de 1784 en Boston y Nueva Inglaterra. Viaje de observación y estudio efectuado poco después de consagrada la Independencia norteamericana en 1781, tras la batalla de Yorktown.

Por tratarse de uno de los precursores de la Independencia de la América Latina, quien también había participado antes en el Ejército Español y después en la Revolución francesa, el extenso diario que nos legara cobra todavía mayor significado.

Así, por ejemplo, observa cómo miembros prominentes de la comunidad trataban a todo el mundo en una manifestación de democracia que él no había visto jamás en ninguna otra parte. O como los tribunales deliberaban y procedían ‘confirmando los principios constitucionales heredados de Inglaterra'.

Por su parte, Alexis de Tocqueville también haría un extenso recorrido de estudio de nueve meses desde mayo de 1831 hasta febrero de 1832, lo que le permitiría escribir su libro, un clásico de ciencia política, titulado La democracia en América. Es significativo tener presente que sus padres habían sido encarcelados durante la relativamente reciente Revolución francesa y que su abuelo materno había sido víctima de la guillotina revolucionaria. No menos elocuente es su referencia al temprano desarrollo de la Democracia Anglo-Sajona como a ‘un infante en los brazos de su madre', con respecto a su correspondiente madre patria inglesa.

Ya para fines del mismo Siglo XIX James Bryce resultaría fascinado, por primera vez en 1870, con lo que luego denominaría en su extensa obra de dos tomos, La Comunidad Norteamericana ( The American Commonwealth ). No obstante, entre las fallas de la Democracia, desde los tiempos de la Grecia clásica, Bryce señala las diferencias internas y la falta de atención a la autoridad, al igual que la tiranía de la mayoría sobre las minorías.

Su obra, no menos importante en nuestra opinión que La democracia en América de Tocqueville, es menos conocida, posiblemente, por las críticas que contiene. En efecto, Bryce nos demuestra ampliamente sus dotes de jurista, estadista e historiador. No solo se desempeñó como ilustre profesor en la Universidad de Oxford y fue autor de varias obras, sino que, como embajador de Inglaterra en los Estados Unidos (1907-1913), tuvo la oportunidad de analizar de cerca la sociedad y las instituciones norteamericanas.

Aún más que Tocqueville, Bryce pudo ver en Norteamérica ‘más que un experimento, la clase de instituciones a las cuales estaba destinada la humanidad civilizada'. Tal vez por ello, mientras Tocqueville dedica solo un capítulo de su libro antes mencionado al extendido y hereditariamente practicado Gobierno local, Bryce dedica 17 capítulos de su obra al mismo tema. De igual modo, mientras Tocqueville dedica únicamente seis (6) páginas de un capítulo a los partidos políticos, Bryce consagra al mismo tema doscientas cuarenta y tres páginas (243), llenas de especificaciones y no generalizaciones, en 23 capítulos.

Para Bryce, en fin, no puede entenderse a los Estados Unidos del pasado y del presente sin entender a Inglaterra. Esto, porque ambos países tienen ‘demasiado en común, tanto en sus leyes, como en su literatura y religión, para poder ser diferenciados y separados por sus menos importantes y secundarios desacuerdos'.

ABOGADO Y ESCRITOR.