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21 de Oct de 2020

Berna D. Calvit

Columnistas

Mi celular y yo

‘Vivimos en una sociedad ‘celularizada' y no hay marcha atrás. Ante el casi inevitable uso del celular es irresponsable tomar a la ligera las consecuencias negativas de su uso'

Tengo un teléfono celular inteligente y lo llevo a todas partes. Va conmigo a reuniones, almuerzos, hospital, iglesia, cine, playa; cuando lo he dejado olvidado en casa, he necesitado mucha fuerza de voluntad para no dar la vuelta e ir a buscarlo. Lo pongo encima del escritorio aunque no lo vaya a usar y es como la aspirina que con solo saber que está en el botiquín ‘por si acaso', me tranquiliza. ¿Dependencia? Sin duda. Pero le hago la pelea, me niego a que ese aparato condicione mi vida; de noche lo apago, no lo uso en restaurantes ni en el ascensor; permanece en la cartera cuando estoy acompañada; le tengo horario porque me quita tiempo para leer y para la conversación cara a cara. En 2016 Panamá era el cuarto país en el mundo en celulares, 6 millones 701 mil en manos de los 4 millones 58 mil 372 habitantes de Panamá según dato del Instituto Nacional de Estadística y Censo de la Contraloría General de la República. El teléfono celular inventado por el norteamericano Martin Cooper, pesaba más de 2 kilos y la batería solo duraba 20 minutos; su propósito era contribuir con el sector salud para ayuda a médicos y enfermeros; pero tantas tecnologías en un solo aparato, dice Cooper, lo convirtieron en ‘una monstruosidad'; no tenían idea de las implicaciones sociales que tendrían otras tecnologías que se le incorporaron. A estas alturas ya el inventor sabe que el celular, a pesar de su innegable utilidad también tiene su lado negativo. Chama Palihapatiya, uno de los creadores de Facebook y ex vicepresidente en la empresa de Mark Zuckerberg siente una ‘culpa tremenda' por haber creado las herramientas que ‘están destrozando el tejido social y erosionando la misma base del comportamiento de las personas'; no usa Facebook ni ninguna red social, tampoco sus hijos, y aconseja que sigamos su ejemplo.

¿Cómo era la vida antes de la comunicación instantánea? Recuerdo que cuando pasaba vacaciones en Antón y mi madre quería saber de mí, de la telegrafía mandaban a un empleado a la casa de la mejor amiga de mi madre, Cristina Aguilar, y en la acera gritaba: ‘Niña Berna, dice su mamá que vaya a la telegrafía, que la va a llamar dentro de un ratito'. Sería absurda pretensión que todo fuera como antes si, además, me he adaptado razonablemente bien a los tiempos que corren, celular incluido que aprecio porque me acerca a mis seres queridos lejanos. No obstante, me niego a convertir el celular en extensión de mi mano; no me arriesgo a poner en peligro mi vida y la de otros por contestar llamadas o chatear mientras manejo; si tengo alguna preocupación o asunto de urgencia pendiente, busco donde estacionar para hacerlo. Creo que debe prohibirse, como en otros países, cruzar calles usando el celular (frente a la boca, para hablar, parece un sándwich a punto de ser mordido); también los auriculares (audífonos) que según los especialistas también distraen del peligro (y contribuyen a pérdida auditiva). El colmo es que distraídos e irresponsables peatones se molestan por un pitazo de advertencia.

Al hablar sobre el celular es de rigor mencionar la autofoto o selfi. Un informe de la Academia Norteamericana de Cirujanos Plásticos dice que la demanda de cirugía estética ha aumentado 25% en dos años por los dichosos selfis; para lograr la imagen perfecta, 10% quiere mejor nariz, 7% trasplantes de cabello, 6% cirugía de párpados. A esto lleva la presión social que da tanta importancia a lo físico. Un ángulo peliagudo del uso del celular es el referente a niños y adolescentes; es raro el chico que no cuenta con uno. ¿Creen los padres que solo lo usan para hablar y chatear con los amigos? ¡Bájense de esa nube! A los que rechazan la educación sexual en las escuelas, sea por ignorancia, ingenuidad o prejuicios religiosos, les convendría conocer la cara fea del aparatito que abre puertas antes vedadas a los jovencitos, usuarios entusiastas de la tecnología; ahora tienen acceso a material visual de todas las variaciones (y desviaciones) de sexo, pornografía de la dura. La nomofobia, (de no-móvil-fobia) o adicción al celular está en la lista de adicciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con alto registro entre adolescentes. Vivimos en una sociedad ‘celularizada' y no hay marcha atrás. Ante el casi inevitable uso del celular es irresponsable tomar a la ligera las consecuencias negativas de su uso. Si no lo atajamos, el celular nos convierte en sus esclavos.

COMUNICADORA SOCIAL.