Temas Especiales

30 de Mar de 2020

Ana Raquel Chanis

Columnistas

El monstruo está muy cerca

‘Pedófilos y pederastas continúan acechantes [...] Solo desenmascarados a tiempo, [...], se impedirá que destruyan las vidas de uno o más de nuestros niños'

Nada impidió que el lunes 16 de enero de 2017 me atreviera a romper el dique en el programa La Tarde Espectacular de RPC Radio. Aquel día desvelé un tema encubierto, oculto, poco mencionado en medios de comunicación y nunca mencionado en la Asamblea Nacional actual.

Inicié el programa así: ‘Didia (Gallardo), hoy hablaré de algo que necesita ser expuesto y atacado. En Panamá tenemos problemas de corrupción, inseguridad, salud, educación, mala distribución de la riqueza, violencia doméstica y muchas cosas preocupantes, pero hay crímenes que jamás se mencionan, MÁS BIEN SE IGNORAN'.

El silencio cómplice permitía —y permite— lo que considero abominables delitos existentes: pederastia y pedofilia, cuya diferencia expliqué: pedófilo es quien tiene el instinto y busca víctimas; pederasta es el que ejecuta el hecho criminal. Recibí decenas de llamadas y notas aprobatorias y de agradecimiento por el tema abordado, incluso, sorprendentemente, de gente que no se identificaba.

Desde aquel programa de radio detonamos una causa compasiva, justa y obligante. Hoy es argumento de comunicadores, de Meduca y también de diputados como Picota y Athanasiadis concentrados en leyes de castigos, no en la inaplazable, acuciosa investigación en nuestros campos, pueblos y ciudades para prevenir a tiempo casos rastreables y proteger a las víctimas potenciales que hoy están a punto de ser violadas por seres abominables, insospechados. El abuso infantil es una realidad actual escondida para resguardar a niños y adultos del escarnio público en barrios, equipos deportivos, escuelas, grupos de niños en diversas actividades en capitales de provincias y la ciudad capital.

Cualquier adulto podría ser abusador sexual. No existe una característica física o tipo de personalidad que compartan todos los abusadores. Pueden pertenecer a cualquier sexo, raza o profesión y sus afiliaciones religiosas, ocupaciones y pasatiempos son tan variados como los de cualquier persona. El abusador podría parecer cariñoso, encantador, generoso y amable, mientras oculta hábilmente pensamientos típicos de un depredador sexual. Descartar la idea de que alguien cercano podría ser un abusador propicia el delito; la mayoría de los abusadores sexuales son personas que los niños de los que abusan, conocen.

Los niños abusados sexualmente han sido víctimas de algún familiar, mientras que la mayoría ha sido víctima de un adulto que no era un familiar, pero sí un conocido. Pocos niños son abusados por un completo extraño. Existe el pernicioso mito de que los homosexuales son pedófilos. La cuestión se ha estudiado en detalle y se ha determinado que los ‘gay' son los que menos cometen dicho crimen. Usualmente el abusador resulta ser una persona heterosexual ‘confiable' como un vecino, un maestro, trabajador doméstico, entrenador deportivo, un sacerdote, instructor de música o una niñera. Los familiares como los padres, abuelos, tíos, primos, padrastros o amigos cercanos a la familia, podrían ser infames malhechores tras otra figura.

Se impone prevenir; es impostergable descubrir a miles de pedófilos y pederastas jamás descubiertos, protegidos por razones sociales, religiosas, tabúes, o la indiferencia que abandona inmisericordemente a víctimas por las que nadie reza.

He recibido solicitudes de oración por pedófilos que dicen arrepentirse. No rezo por ellos, oro por inocentes víctimas desamparadas hasta por sus padres, muchas veces cómplices enmudecidos por la ignorancia, el temor o creencias mal orientadas.

Si bien es importante el registro del criminal, es indispensable investigar donde haya sospecha de un niño victimizado o a punto de serlo. Existen señales fáciles de percibir. Urge localizar estas señales, de quien sea, donde se encuentren. Recientemente han cobrado relevancia casos de Irlanda, Estados Unidos y Chile, donde las autoridades locales han encontrado culpables a sacerdotes de cientos de casos de pederastia.

En 2005, el Decreto Ejecutivo suscrito por Leonor Calderón, entonces ministra de la Juventud, la Mujer, la Niñez y la Familia, reguló los servicios de computadoras para el uso de Internet, de modo de prevenir y restringir el acceso de menores de edad a portales pornográficos. Luego, un silencio absoluto. El peligroso secretismo en torno a un tema latente, que no distingue clases ni estatus sociales, permite el impacto psíquico, físico y emocional que, mientras redacto este escrito, sufre un niño panameño.

Despedimos aquel programa así: ‘piensen que estamos empezando el 2017 y la exaltación del sexo ha aumentado. El peligro es aún mayor'.

Ahora finaliza el año 2018. Los niños siguen aquí y más allá, ignorando el peligro que se cierne sobre ellos, cercano, siempre simulando, disfrazado. Pedófilos y pederastas continúan acechantes para cometer la felonía que nada ni nadie impide hasta ahora.

Solo desenmascarados a tiempo, ubicados donde haya indicios, se impedirá que destruyan las vidas de uno o más de nuestros niños.

El castigo es imprescindible. Pero lo prioritario es sospechar, descubrir, detener el pedófilo inflexiblemente. Prevenir, antes de enterarnos de que un pederasta atacó nuevamente hoy.

El monstruo está muy cerca.

CONSULTORA, COMUNICADORA.

‘El silencio cómplice permitía —y permite— [...]: pederastia y pedofilia, cuya diferencia expliqué: pedófilo es quien tiene el instinto y busca víctimas; pederasta [...] ejecuta el hecho criminal'