La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Víctor Paz

Columnistas

¿Por qué la Navidad ya no llena?

En teoría, siendo uno autosuficiente, con cierto ‘poder' adquisitivo se deben disfrutar mejor las fiestas

Esta es una pregunta que he venido haciendo año tras año, después de algún tiempo de haberme emancipado. En teoría, siendo uno autosuficiente, con cierto ‘poder' adquisitivo se deben disfrutar mejor las fiestas. Pero, exceptuando el enorme regocijo de ver a los seres queridos disfrutando, la Navidad del adulto responsable realmente no es tan feliz. Tal vez sea por eso de que, mientras más uno tiene menos disfruta. O quizás solo se trate de lo que he denominado ‘el síndrome del pesebre'; entiéndase, que la Navidad se disfruta mejor desde la humilde perspectiva del desposeído. En la primera etapa de la vida uno recibe regalos y no da, en la segunda uno recibe y da, y luego ya solo recibe (cerrando el círculo de la vida). Supuestamente, el síndrome del pesebre norma que uno debe disfrutar dando, y que tal es el verdadero espíritu de la Navidad. Sin embargo, más allá del dogma y el arrebato consumista, hay cosas que debemos repasar muy en serio. Sobre todo: ¿dónde queda nuestra verdadera felicidad como seres vivos y unipersonales?

Celebrar Navidad y fin de año bajo el ilusionismo de que ‘todo cambiará' arrancando las últimas páginas del calendario, es un lujo que a cierta edad los adultos no deberíamos permitirnos. Mucha gente se deprime en estas fechas. Y no solo se trata de gente que viva sola, desposeída o al margen del estereotipo consumista de la familia moderna. Pienso que la gran parte de la ‘depresión' que sienten esas personas está vinculada a tener que finalizar otro año en iguales o peores condiciones de PRECARIEDAD. Carencia no necesariamente económica, sino más bien personal. He leído que mucha gente no se suicida en Navidad, tal vez por respeto a la fecha y creencias ancestrales, sino inmediatamente después. La desesperanza que dejan tras de sí estas fechas es profunda. Duele aún más sobrio y con el bolsillo roto, porque ni siquiera se pueden comprar ilusiones falsas. Tal vez a eso se deba parte del desfogue en los carnavales, y también como preámbulo a un gran periodo de estrés y responsabilidad paterno-escolar.

Esa precariedad podría estar vinculada a que, en cierta forma (muy en lo profundo) sabemos que gastar tanto dinero, no llena. Peor aún si uno se ha pasado la mayor parte del año ignorándose a uno mismo, por andar tras los senderos del ‘deber social'. Un deber social que, por lo demás (como individuos y sociedad) preñado de sinsentidos, impunidad, corrupción, desigualdades, encarecimiento de la vida, inseguridad, insalubridad e injusticias... Léase, sobrecarga y explotación personal y ajena. Todas esas cosas nos impactan de lleno, aunque no queramos reconocerlo ni afrontarlas. Están allí, mermándonos a diario algo que todos conocemos cómo: ‘Calidad de Vida'. ¡Sí!, compramos y nos regalan muchas cosas para hacernos felices, por un tiempo. Pero, nuestra calidad de vida se sigue deteriorando In saecula saeculorum .

Tal vez todo surja de habernos levantado falsas preconcepciones de lo que es la felicidad, haciéndole más caso a nuestro ‘yo social' que a nuestro ‘yo pospuesto'. Es decir, por no ser considerados ‘antisociales', nos hemos vuelto ‘antipersonales'. Eso, tampoco es sano. A veces es bueno escucharse a uno mismo, así sea gritándole al resto que se calle. Quizás, antes de seguir gastando ahorros o préstamos en falsas expectativas (propias o ajenas) deberíamos preguntarle primero a nuestro ‘yo pospuesto': ¿qué es lo que realmente quiere que le regalemos para Navidad?... Así tal vez nos liberemos de aquel síndrome, autodescubriendo que el Niño Dios, más que en un pesebre, vive adentro nuestro.

INGENIERO DE SISTEMAS.