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18 de Oct de 2019

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Aram Cisneros Naylor

Columnistas

Moyo y Yasuri

Moyo es veragüense. Con su agricultura produce comida. Yasuri es madre soltera y no tiene empleo fijo. Vive en San Miguelito y consume comida.

Moyo es veragüense. Con su agricultura produce comida. Yasuri es madre soltera y no tiene empleo fijo. Vive en San Miguelito y consume comida. ¿Cómo propiciar el mejor ingreso posible para él y la comida más barata posible para ella?

Durante los enfrentamientos recientes entre productores y el Gobierno, leí en las redes sociales una sugerencia: ‘consumir productos locales para apoyar al agro, aunque sean más caros que los importados'. Expliqué al tuitero que no producimos radios, carros ni celulares. Para escuchar música, manejar o llamar a nuestra madre, necesitamos comprarle bienes a otro país.

Pero exportamos guineos, harina de mariscos, café, tránsito de barcos, trasbordo de contenedores, incorporación de sociedades anónimas y, pronto, cobre. Vendemos lo que fabricamos para comprar lo que no fabricamos. Es un invento viejo. Se llama comercio. ¿Funciona perfectamente? No.

La alternativa como sugirió el tuitero, es la ‘sustitución de importaciones'. Consiste en no comprar nada extranjero, aunque su precio y calidad sea mejor que la nacional.

Es importante tener claro que desde 1991, de forma intensiva, todos nuestros Gobiernos, del partido que sean, impulsan el libre comercio. Hitos importantes: 1997 con nuestro ingreso a la Organización Mundial del Comercio y 2007 con la firma del Tratado de Promoción Comercial con Estados Unidos, nuestro principal socio.

En tres décadas, hemos firmado 16 TLC (Canadá, México, Costa Rica, Chile, Taiwán, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Singapur, Perú, República Dominicana, Estados Unidos, Unión Europea, Colombia y Corea del Sur), 14 vigentes, 2 no vigentes. Además, estamos en medio de la negociación con China. En resumen, el libre comercio no está sujeto a debate. Ya nos montamos en ese tren, va a toda marcha y nada lo detendrá.

Sin embargo, el tema es complejo. La agricultura está arropada por un espíritu de nobleza y virtud. El hombre del campo se despierta muy temprano, se agota físicamente labrando y está expuesto al sol. No tiene garantizado el éxito. Su esfuerzo puede perderse al vaivén de la naturaleza caprichosa. Con ese escenario, no me sorprenden sugerencias de ‘sustitución de importaciones' como la que describí arriba.

¿Por qué no es viable? Según cifras de 2011, los panameños más ricos obtuvieron el 37 % de los ingresos que el país genera. Los panameños más pobres, recibieron el 1.1 %. Es decir, los panameños con mejores ingresos, reciben 34 veces más dinero que los panameños con peores ingresos. Es una brecha vergonzosa. Así que ‘consumir productos locales, para apoyar al agro, aunque sean más caros que los importados', es algo que podrían hacer, si quisieran, solo los que ganan más. Yasuri no puede.

Por otro lado, hay evidencia de que en Panamá, generalizando, cada año cada hectárea produce menos. La productividad baja, es comida cara para Yasuri y un obstáculo para que Moyo exporte.

¡La solución debería ser obvia! Debemos importar todo aquello en lo que tenemos productividad baja y exportar solo aquello en lo que tengamos productividad alta. ¿Fácil? Productores como Moyo, que cultiven productos no competitivos, tienen que desaparecer. ¿Queremos eso? Después de todo, él mantiene a su familia, vendiendo su cultivo improductivo.

Expuesto todo lo anterior, cierro con una arista del caso holandés, que podríamos adaptar. Ni un solo grano de cacao es cultivado en Holanda. Ellos importan 1.4 billones de euros de ese producto. Con adecuada industria, lo transforman y exportan el doble. Son 2.8 billones de euros anuales que enriquecen allá a los que son empleados en tecnología de alimentos y en logística.

Ambos países somos centros de acopio y distribución, bendecidos con magnífica posición geográfica. La nuestra debe estar al servicio de Moyo y Yasuri.

INVESTIGADOR DE MERCADOS.