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22 de Apr de 2021

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Mario Velásquez Chizmar

Columnistas

La cadena

‘Volcarnos próximamente a una Constituyente, es otro fraude contra este pueblo, al igual que prometerle que regresará el pasado; ese monstruo que se llevó lo nuestro'

En épocas de campañas electorales, el cerebro del electorado recibe gran cantidad de estímulos diferentes, subliminales algunos y muy directos otros, desde visuales a auditivos, ya sea ayudados por medios modernos de comunicación o aquellos tradicionales, acompañados de argumentos, densos o específicos, según las distintas estrategias en competencia, pero todos con, aparentemente, igual propósito: llegar al poder. En apariencia, porque confrontando hechos y aprendiendo de la historia, no todos los caminos conducen al mismo destino. El ejercicio ciudadano de cambiar los gobernantes, o prorrogar el mandato de las autoridades en vigor, no solo conlleva un arduo trabajo por captar la atención de la gente y en forma paralela, también, un incansable esfuerzo por ganar credibilidad. No se trata solamente de saber señalar lo que está mal, lo que hace falta y la necesidad de procurarnos reglas nuevas. Nadie que anhele llegar al poder, siquiera deseándolo, podrá hacerlo propalando que todo lo existente marcha bien. Es menester entonces revestir los señalamientos con muestras claras y contundentes de entendimiento cabal y armónico de cómo se gobierna.

Las condiciones socioeconómicas que se han registrado en este mundo, para iniciar un proceso genuino de constituyente originaria, no están dadas en el Panamá de hoy. El hartazgo general, la coincidencia de todas las fuerzas vivas de que se requiere una normativa constitucional renovada y la grave y palpable crisis institucional que corroe al país, no han generado una masiva movilización que amenace mortalmente el funcionamiento del Estado y consolide a las grandes mayorías en una acción nacional de protesta, ni siquiera con ese denominador común. Además, blandir esta bandera, cuando a la vez gritamos a los cuatro vientos que somos los adalides de la democracia, resulta una confesión de que no entendemos el sistema en el que vivimos. En efecto, la Constitución Política, la misma que con vehemencia manifiestan defender, y que les permite correr, no contempla en ninguna parte de su texto tal procedimiento entre los vehículos para su reforma. Y es que, cónsono con la naturaleza de una constituyente originaria, es imposible que una carta magna establezca expresamente la guillotina como medio destinado a su renovación. Esta simple sinrazón nos permite comprender por qué nuestra Constitución, al emplear el término ‘constituyente', la enmarca en un mecanismo que no demuele lo vigente y facilita una ascensión gradual y ordenada. Será legítimo que el pueblo clame por un cambio total, pero ofrecer dicha ruta como solución, es un acto de extrema irresponsabilidad y la prueba irrefutable de un fatídico desconocimiento de cómo se gobierna.

Por otro lado, la paralela, que constitucionalmente es la única viable, no guarda relación con las anunciadas decisiones de encarar inmediatamente las apremiantes necesidades del pueblo. Nuestro déficit democrático no lo encabeza la Constitución. La propuesta de Nito Cortizo para coronar la aspiración nacional de un nuevo orden constitucional, mediante instrumentos sujetos al consenso y a la subordinación al correspondiente proceso innovador de ejecuciones gubernamentales tendientes a atender las necesidades prioritarias que este pueblo viene señalando desde hace años, refleja fielmente el conocimiento indispensable para un exitoso inicio de la difícil tarea de recuperar la credibilidad popular desde el Gobierno. Basta leer su Plan de Acción de ‘4 pilares y 1 estrella', que es el resultado de su recorrido, discursos y actuaciones políticas para llegar a la Presidencia. Sucede lo mismo con el tratamiento de los distintos sectores económicos para lograr el crecimiento integral y sostenido que con urgencia notoria demanda la Nación entera. Atraer inversiones, fortalecer la seguridad jurídica, promover la creación de empleos, restaurar un agro productivo y con continuidad futura, expandir la ‘industria cultural creativa', garantizar el auge del postergado turismo, inyectarles dinamismo a nuestras facilidades marítimas, logísticas, portuarias y de servicio, son labores de cumplimiento previas en cualquier intento serio y democrático por ganar la confianza ciudadana en general, y empresarial, en particular. Atendamos primero al paciente y en el desarrollo de ganarnos su confianza, prestémosle atención también a su vestimenta. La fiebre no está en la sábana.

La salud de Panamá no podemos ponerla en manos de rabiosos desconocedores del activo democrático o, siendo benévolos, enconados manipuladores de la ansiedad popular. El que se enoja, pierde. ‘Gobernar es un asunto serio'. Nos merecemos un nuevo Gobierno que sepa manejar la compleja realidad panameña para que podamos saborear las mieles del desarrollo y la armonía social. Un Gobierno que sepa ejecutar lo propio para recuperar la confianza de la ciudadanía en sus instituciones. Volcarnos próximamente a una Constituyente, es otro fraude contra este pueblo, al igual que prometerle que regresará el pasado; ese monstruo que se llevó lo nuestro. La cadena de argumentos se rompe por el eslabón más débil; basta un argumento errado para provocar la caída del resto. En el panorama actual, solo la cadena de Nito Cortizo, sigue resistiendo.

ABOGADO