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24 de Jan de 2021

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Mireya Lasso

Columnistas

Esperanza y confianza

‘[...] que sus actos iniciales, lejos de promesas electorales recicladas, estén dirigidos a atraer y ganar la confianza del pueblo que los eligió a ellos y no a sus contrincantes [...]'

Siempre las promesas electorales tienen como propósito alimentar la esperanza de mejores días para todos. Una pregunta básica es: ¿estás hoy en mejor condición económica, social y de seguridad que hace cinco años? La respuesta cajonera es un rotundo ¡No!, porque pocas veces nos satisface nuestro presente, descontento no necesariamente criticable, porque es permitido abrigar ambiciones razonables. La esperanza nos conduciría hacia allá.

Todos los eslóganes de la campaña recién pasada apuntaban en esa dirección: ‘Lo Bueno Vuelve', porque lo actual no es bueno; ‘Cambio Profundo', porque el cosmético no sirve; ‘Buen Gobierno', porque el presente es deficiente; ‘Otro Camino', porque el de hoy no conduce a ningún lado; ‘Manos Limpias', porque las otras están sucias; ‘Un Panamá Diferente', porque el actual no funciona; ‘Basta Ya', porque hay que acabar con el desgobierno, etcétera. A pesar de que se nos ha ubicado entre los países más felices del continente, todas prometieron lo que el panameño cada cinco años quiere escuchar. Ninguna campaña astuta abogó por más de lo mismo ni por un gatopardismo que pretendiera cambiar para que todo continuara igual. Todas las promesas de los políticos fueron semejantes y con ese talante debimos recibirlas sin confiarnos mucho de ellas.

Algunas promesas fueron esperanzadoras, pero para la mayoría de electores no fue esa una explicación plausible ante el abrumador rechazo a candidatos que pretendieron extender su representación en la Asamblea, estrellándose contra el repudio vergonzoso de sus propios electores. La campaña ‘No A La Reelección' caló en la conciencia de votantes asqueados por los descaros desenmascarados a tiempo. A propósito: vale analizar la real razón por la cual votantes de algunos circuitos extendieron el mandato a sus respectivos candidatos.

Pero, fuese por una nueva esperanza que inspiró al elector, o por un sentimiento de frustración o de indignación, cierto es que pronto entraremos en el período que exige una constructiva dosis de confianza entre nosotros: de gobernados hacia próximos gobernantes, y viceversa. Debemos depositar una virtuosa mutua confianza para marchar a paso firme hacia nuevos destinos.

El paso inicial corresponde darlo a las nuevas autoridades; los electores les han entregado un rotundo control legal del Ejecutivo y del Legislativo. Finalizó el período de promesas y en breve comienza el tiempo de la acción que, a no dudar, será cuando el candidato devenido en gobernante realice que no es igual caminar la procesión que hablar de ella y, peor aún, llevando el anda a cuestas. Descubrirá en carne propia que el ‘poder' no es tan poderoso como se apreciaba antes, desde fuera, al calor de la adrenalina electoral. Surgirán presiones y ambiciones de todas clases y tamaños, cada una exigiendo mayores cuotas de poder; o, lo que resultará peor, respectivas ‘facturas' o cuotas de canonjías para seguir disfrutando de consabidos privilegios. Es cuando, sobre todo quienes acceden por primera vez al poder, se darán cuenta de lo difícil que es gobernar —gobernar bien—, si ese es el propósito auténtico de sus cruzadas a favor del bienestar de todos, no de pocos.

De ahí que sus actos iniciales, lejos de promesas electorales recicladas, estén dirigidos a atraer y ganar la confianza del pueblo que los eligió a ellos y no a sus contrincantes, y ser entonces un factor importante de respaldo futuro en el arduo camino por delante para dejar de ser ‘gatopardos' engañosos. Cuando un gobernante confía en el sano criterio de su pueblo, ese pueblo sabrá reciprocarle. Una confianza mutua bien ganada será esencial para juntos caminar bien. Craso error sería no cultivarla con honestidad y transparencia: desafío que todos tenemos por igual.

EXDIPUTADA