El diagnóstico de la identidad panameña atraviesa históricamente un proceso de configuración ralentizada, marcado por discontinuidades ontológicas que fragmentan nuestro telos colectivo. Ante este escenario de desarraigo sistémico, el modelo tradicional del “Estado gendarme” —limitado a la simple vigilancia y a la administración instrumental— ha resultado insuficiente para amalgamar el espíritu de la nación. Es precisamente en esta fractura donde emerge la figura de Juan Materno Vásquez, pensador colonense e ideólogo de una transformación radical del poder.

Su obra De mi pensamiento sobre lo panameño (1981) no debe leerse como una mera crónica burocrática, sino como una guía conceptual para la actividad pública de una década crucial (1968-1978). Aquí se sistematiza su teoría del Estado docente, la cual eleva el aparato público a la categoría de artífice soberano de la conciencia nacional. Esta propuesta busca sustituir la pasividad administrativa por una praxis pedagógica y dinámica, capaz de fundar la República en la dimensión moral del istmeño, mediante una integración nacional efectiva.

Materno Vásquez no veía la ley como una imposición fría, sino como una semilla que requiere mentes fértiles. Para él, el Estado docente actúa bajo la premisa de San Mateo: la palabra (la ley, la cultura) solo germina si el Estado prepara el terreno social. Esta función de docencia política busca que los conceptos de nación no caigan en abrojos, sino que se vistan con la claridad necesaria para que los jóvenes comprendan su sociedad. Su propuesta del Estado docente trasciende la visión tradicional de un guardián represivo, limitado a la supervisión policial y a la gestión burocrática, para proponer una entidad que se erige en gran pedagogo de la nación; no se trata de una reforma técnica educativa-administrativa, sino de un reto propedéutico que funda la República panameña.

En este horizonte, surge ineludiblemente la interrogante que articula el pensamiento político materniano: ¿qué es el Estado docente? En su propuesta, el Estado se concibe como un instrumento dinámico que privilegia la acción política y se escinde de la pasividad administrativa para ampliarla hacia una praxis pedagógica. Su telos radica en la educación civil y la transformación societal como una crítica a la Ley Orgánica de 1946 hasta las reformas constitucionales analizadas por Materno Vásquez. Un Estado que cultiva una conciencia autónoma y nacional se configura como una herramienta decisiva del “País por conquistar” mediante la integración nacional efectiva; así, el Estado docente garantiza el crecimiento y vitalismo de la nación, subsumiendo esta dinámica al interés público supremo y expandiendo la administración hacia un proyecto pedagógico y político de lo panameño.

En permanente construcción, la nación panameña se forma en medio de contrastes históricos, entre las costumbres coloniales y una soberanía postcolonial. En el Istmo de Panamá, la visión transformadora de Materno Vásquez emerge con radical vigor: un país que anhela el respeto a la multiculturalidad y la lucha para la soberanía sobre recursos estratégicos como el Canal. Para Materno Vásquez, la soberanía no es solo territorial, sino lingüística. Él define al hombre nacional culturizado como una profunda trinchera de defensa de la integridad nacional. El autor advierte sobre el vicio de inconstitucionalidad que supone el uso de anglicismos, galicismo y la influencia de lenguas extranjeras en la vida pública y en los letreros de la Avenida Central, pues considera que el español es el elemento consubstancial de la nacionalidad.

Así pues, esta concepción cuasisocialista, cristalizada en la Constitución de 1972, transmuta el poder público en instrumento vital: educar para integrar, espiritualizar para unificar. Desde esta perspectiva, observa con atención la estructura demográfica panameña, especialmente, las minorías en la Zona de Tránsito que disfrutaban de los beneficios del desarrollo, mientras que la mayoría en el país profundo (el interior) viven en condiciones diferentes.

El Estado Docente tiene la misión pedagógica de unificar esta ruptura del equilibrio geográfico. Dicha unificación busca entender ambos territorios para evitar que el panameño sea un extraño en su propio territorio nacional. Así, lejos de utopías vanas, el autor traza una ruta inexorable para trascender el atraso histórico, en el que se custodia la cultura, se protege la familia y se despliega un vitalismo ideológico vía sindicatos éticos y prioridad educativa presupuestaria; en medio de la dispersión, el Estado docente se erige como arquitecto vigilante y maestro vital en la integración del istmeño en una nación unida.

En la propuesta de Materno Vásquez hay tres pilares que sostienen la transformación educativa nacional: el docente, la cultura y la familia todas bajo vigilancia estatal. El docente, pieza clave, dicta lecciones, reparte útiles y despierta las conciencias de las almas panameñas dormidas y desarraigadas; la cultura, se erige la columna vertebral nacional mediante dos construcciones paralelas: la cultura material (carreteras, puentes, puertos) y la espiritual (el alma panameña); la familia, baluarte intocable y mínimo vital, recibe garantías de pan, techo, abrigo, tutela al matrimonio y la maternidad. Si los familiares fallan o faltan, el Estado asume subsidiariamente la educación infantil, no como intervencionismo autoritario sino como pacto social protector que apuntala el bienestar del oikos panameño y, con él, la polis nacional. Esta triada evoca una filosofía práctica que se eleva a escala soberana.

Hoy, la teoría de Materno Vásquez nos obliga a decidir entre mantener un Estado que se limita a vigilar las puertas de la administración o uno que asuma el compromiso revolucionario de enseñar a ser nación. ¿Audaz? ¡Revolucionario, en un país de contrastes! ¿Seguiremos vigilando puertas o empezaremos a educar?

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