La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

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Ramón Fonseca Mora

Columnistas

El músico ‘loco'...

‘¿Imaginarían ustedes un mundo sin Beethoven y su música?'

‘¿Quién que haya escuchado la música de

Beethoven no se ha cuestionado de dónde

Diablos salieron esas melodías sublimes?'.

‘De genios y locos,

Todos tenemos un poco', refrán popular.

El hombre está sentado sobre un banco de madera, frente a una mesa también de madera, sobre la que está un plato de pan con queso, una vela, y su jarra y vaso de vino. La mesa está situada al lado de una ventana con paneles de vidrio soplado, que tienen en su centro un pequeño círculo parecido al fondo de una botella, que fue donde el vidriero puso su caña de soplar. Este vidrio imperfecto deja entrar imágenes distorsionadas de la calle afuera, con su farol alumbrando los copos de nieve que van poco a poco cubriendo la calle y las aceras. Es tarde y no pasa casi nadie.

El local está alumbrado con velas y por el reflejo que emana de una fogata dentro de una chimenea que el sujeto tiene frente a él. Le gusta sentarse allí. Es su silla preferida; casi reservada para él. Es el mejor lugar dentro del cuarto para ver las llamas danzar frente a sus ojos. Toma un sorbo de su copa, muerde un pedazo del pan con queso que es casi su único sustento, pero no quita sus ojos de las lengüetas de fuego frente a él. Viste un traje raído, sucio, con manchas de vino y manteca, y un abrigo viejo, ya casi sin pelos, que nunca se quita. Aún dentro de la taberna con el fuego, ¡hace frío! Mira la llama de la vela en su mesa que alumbra las migajas de pan que están en todos lados, sobre la mesa y su vestimenta. Baila, quizás movida por su aliento o por el viento que se cuela entre los tablones de la pared.

De repente, se comienzan a dibujar en su mente imágenes de algunas notas de música. Empieza a escuchar una melodía. Hace un gesto abrupto y sacude su melena. El tabernero se acerca. Tiene ya en sus manos la pluma de ganso, el frasco de tinta y papel. Nadie ni siquiera lo mira. Están ya acostumbrados a él y a sus manías. ‘¿Desea algo más?', pregunta el mesero. El hombre no responde. Está ya ocupado en meter la pluma en el tintero y comenzar a emborronar el papel con notas musicales. Su visitante hace una reverencia, se inclina, con respeto, y regresa a su posición detrás del bar.

La música dentro de su cráneo crece en intensidad. Su cadencia crece como río desbordado. Escucha violines, piano, violas, voces, arpas, trombones, trombas, clarinetes, flautas…, cada uno con su melodía propia, que el hombre puede distinguir, anotar y combinar, produciendo un efecto profundo, demoledor. Entonces, el viejo comenzaba a moverse en su silla utilizando su pluma como una batuta; como si dirigiera una orquesta imaginaria que lo rodea en su mesa. Cierra los ojos y mueve la cabeza al compás de la música imaginaria, haciendo que su maraña de pelos transite de un lado al otro. En cualquier otro lugar aquello habría alertado a los parroquianos, pero estos ya estaban acostumbrados. Además, sabían quién era el que estaba cerca de ellos. De vez en cuando alguno lo mira embelesado en ver cómo usa aquella pluma como una espada; un instrumento de guerra con el que escribe y al mismo tiempo dirige, con movimientos enérgicos y certeros, sus mundos imaginarios. ¡Se ha abierto una vez más la puerta! Había logrado encontrar en aquella taberna, en aquel rincón, frente a su mesa y vino, el lugar sagrado por el que lograba penetrar a esos otros mundos que nos rodean, pero que pocos saben que existen; que están allí en espera de que encontremos la llave para entrar. Aquel hombre medio loco, alucinado, veía y escuchaba cosas que personas cerca de él ignoraban.

Sigue con su estado divino y, cuando se le acaba el papel, continúa escribiendo en su servilleta de algodón, la cual absorbe la tinta y hace que los signos musicales se vean difusos y extraños. El tabernero, tratando de salvar su servilleta de tela, corre a la mesa con otro fajo de hojas de papel: ‘¡Maestro! ¡Maestro!', pero llega tarde. Además, el músico ya está sordo. La Providencia lo ha castigado y le ha quitado lo único que le da placer. Ya el trapo está embarratunado de símbolos musicales que lo hacen inservible para comensales.

¿Imaginarían ustedes un mundo sin Beethoven y su música?

ESCRITOR