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15 de Nov de 2019

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Ramón Fonseca Moraopinion@laestrella.com.pa

Columnistas

Omar...

“[...] hoy me atrevo a escribir que Torrijos no fue un demonio —aunque fue responsable de asesinatos y desapariciones y nos despojó de instituciones democráticas—; pero tampoco un ángel —aunque unificó fuerzas internas y externas que lograron que recuperáramos el Canal [...]”

Cuando al fin me decidí a meter la pluma en el tintero y comenzar a escribir este artículo, sabía que me estaba metiendo en un berenjenal tupido y que sería criticado de todos lados. Primero, por los que creen que Omar Torrijos fue un ángel enviado de los cielos para salvar a la República, y, segundo, por los que piensan que es un demonio, encarnación de Satanás, que salió de alguna caverna obscura, con rifles y ametralladoras, para romper nuestras instituciones, asesinar y montar una dictadura terrible.

Debo decir que en ambos campos hay algo de razón, aunque no total. La historia, que muchas veces cuentan solo los vencedores, en este tema es más complicada, ya que todavía existimos muchos de los que vivimos aquella época y tenemos recuerdos vivos de lo que sucedió.

En primer lugar, debo reconocer que pertenecí mucho tiempo a los fanáticos de la segunda opinión: Omar como demonio, y tengo razones muy válidas para pensar así. La principal, en mi caso, es que participó en la desaparición y muerte de mi guía, compañero y casi hermano, el sacerdote Héctor Gallego, a quien hemos estado buscando, sin resultados, por más de cuarenta años. Por ello, me convertí en un firme opositor de la dictadura desde mis años de estudiante hasta hoy. Recuerdo hace algunos años, en un programa de opinión en la TV, cuando una fanática Torrijista, que no aceptaba nada del lado oscuro del personaje, se levantó de su asiento dispuesta a golpearme al aire cuando le mencioné algo que no le gustó sobre su ídolo.

No obstante, hace pocos años algo sucedió, que me hizo atisbar el otro lado de la moneda —a la que me referí en otro artículo sobre las dos caras que constituyen un ser humano—, comprendiendo alguna de las acciones positivas que hizo: uno de mis tuits en contra del general fue respondido por un Torrijista, quien me recomendó leer el libro: “Conociendo al General”, de José “Chuchú” Martínez. Como bibliófilo que soy, lo tenía en mi biblioteca —había comprado la de un Torrijista moribundo y tengo muchos libros y material sobre el tema— y, por curiosidad, lo saqué del estante y comencé su lectura.

No voy a entrar en detalles por falta de espacio, pero descubrí en esas páginas otra faceta de este hombre tan controversial, que me llevó a la conclusión de que no todo había sido malo.

Aproveché para rememorar mis encuentros con Torrijos. El primero, cuando nos llamó a una mesa a negociar, siendo yo dirigente de la Universidad Nacional. Habíamos organizado las primeras manifestaciones en contra de la dictadura, repelidas con bombas lacrimógenas y perdigones, y una que otra bala lanzada por estudiantes de izquierda ya conquistados por el general. Él, en vez de imitar a los gorilas de otros países, y asesinarnos y desaparecernos, nos invitó a conversar. Si no hubiera sido así, estoy seguro de que hoy no estaría escribiendo este artículo.

Otro encuentro fue en un toldo oscuro en Veraguas, cuando siento que alguien me toca el hombro y me hace un gesto de saludo. Era Torrijos bailando apretujado al lado mío. Me asusté y miré para todos lados, pero no vi esbirros con caras de asesino. Entonces me dediqué, al igual que él, a seguir “lustrando mi hebilla”, aunque sin dejar de mirar para todos lados... El último encuentro sucedió cuando visité Panamá como delegado de una organización de Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, en donde trabajé por muchos años, y me sorprendió invitándonos a su “Bunker” de Calle 50. Pasamos una mañana muy amena y cuando nos despedimos me acompañó solo hasta la puerta. Noté es su cara que me quería decir algo, pero no lo hizo. La próxima vez que estuve en su presencia fue frente a su féretro cerrado en la Catedral de Panamá, en donde un Torrijista furibundo, con ojos rojos de tanto llorar, se me acercó con cara de pocos amigos y me preguntó: “¿Qué haces aquí?”. No le supe responder...

En resumen, hoy me atrevo a escribir que Torrijos no fue un demonio —aunque fue responsable de asesinatos y desapariciones y nos despojó de instituciones democráticas—; pero tampoco un ángel —aunque unificó fuerzas internas y externas que lograron que recuperáramos el Canal, incluyendo la utilización de tácticas rudas en contra de EUA (lean a Chuchú). Fue solo un hombre, con sus aciertos y errores. Lástima que nadie haya escrito una biografía neutral, que incluya estas dos facetas de su ser. Creo que todavía tendrán que pasar muchos años y que todos los que hayamos sido afectados por su proceder —para bien o para mal— estemos muertos y enterrados, y alguien se atreva escribir sobre esta persona, incluyendo todas sus facetas, sin ser atacado, como probablemente lo seré yo. Mientras tanto, seguirá la discusión sobre este hombre que ayudaría a sanar las heridas.

Se me ha propuesto una idea que podría ser interesante para esclarecer el panorama. Conformar un triunvirato formado de un amigo de Héctor (yo), otro de Omar (Roberto Díaz Herrera, quien ya se ofreció) y un tercero neutral, pluma pagada, que escriba el texto. Sería un experimento de conciliación muy interesante.

Abogado y escritor.