La Estrella de Panamá
Panamá,25º

12 de Nov de 2019

Avatar del Guillermo A. Cochez

Guillermo A. Cochezopinion@laestrella.com.pa

Columnistas

15 de octubre de 1965, ¿todo igual o peor?

La historia Patria detalla episodios que nos hacen pensar que no hemos tenido muchos cambios como sociedad: favoritismo, justicia selectiva, capricho de los gobernantes, etc.

La historia Patria detalla episodios que nos hacen pensar que no hemos tenido muchos cambios como sociedad: favoritismo, justicia selectiva, capricho de los gobernantes, etc. En 1965, el PDC, pequeño pero necio, nacía a la vida nacional como algo permanente, no solo electoral. Denunciamos al corrupto Gobierno liberal de la época, generándose una reacción de persecución contra sus principales dirigentes, prestigiosos médicos que laboraban en el Santo Tomás, a quienes, en represalia, trasladaron al interior.

Ello motivó la protesta del 15 de octubre de 1965, hace 54 años, preparando la respuesta al Gobierno de Robles. Comenzamos cuarenta jóvenes, quedando veinticinco. Con gran hermetismo, Carlos Arellano Lennox, el líder del grupo, nos preparó, advirtiéndonos que podíamos quedar detenidos. Algunos se asustaron y se retiraron.

Salimos caminando de la sede del Partido en avenida Perú y nos explicaron qué haríamos. Nos tomaríamos simbólicamente el despacho del ministro de Salud, Roderick Esquivel, responsable de la persecución en contra de los médicos del PDC. Caminamos silenciosamente al Ministerio de Salud, contiguo al de Hacienda. Ordenadamente subimos hasta el cuarto piso y nos sentamos en el piso. Esquivel no estaba allí. Eso se llenó de periodistas. El grupo incluyó además a Julio Rovi, José “Pepe” Salgueiro. Alberto Arosemena, Raymundo Brathwaite, Guillermo Cedeño, Jaime Jované de Puy, José Chen Barría, Ricardo Kraus, Rafael Mezquita, Enoch Adames, Armando Abrego, Carlos Antonio Cornell Groves, Demetrio Chen, Porfirio Batista, Nelson Caballero, Gabriel Cedeño, Rodrigo y David Sánchez, Ernesto Muñoz, Luis E. Barría, Esteban Gutiérrez y Luis Emilio Rosas.

Llegó un pelotón de policías, dirigido por el mayor Pili Silvera Domínguez, primo hermano de unos primos hermanos míos. Se dirigió a mi persona y me pidió que nos paráramos del piso; no le respondí. Silvera, a sabiendas de que Arellano Lennox, por su trayectoria, tenía toda la pinta de haber sido el instigador de la acción preguntó:

“¿Quién es el instigador de esto?”.

Nadie respondió y a la tercera vez, gritamos al unísono:

“Todos fuimos. Todos fuimos”.

Nos sacaron de allí y nos levantaron y nos bajaron por el elevador, metiéndonos en las conocidas chotas para el Cuartel Central, a la húmeda sala, donde nos filiaron. A las 2:30 de la madrugada nos trasladaron, por atrás del cuartel, hacia el Juzgado Nocturno de Policía, que durante el día servía como juzgado de tránsito.

El abogado de todos fue Rubén Arosemena Guardia, dirigente del PDC, quien advirtió al juez, Ernesto Argote, quien no era abogado, que debía desestimar la acusación porque no había norma alguna que prohibiese sentarse en el piso de una oficina pública. Argote, curtido en canas, tenía instrucciones de condenarnos. Los jueces nocturnos, así como los corregidores, eran nombramientos políticos y, por lo tanto, sus decisiones llevaban ese tinte.

Poco valieron sus argumentos y nos condenaron a 20 días inconmutables, aunque las penas administrativas de policía se podían cancelar a razón de un balboa diario. Nos trasladaron casi a las 4 a. m. a la temida Cárcel Modelo, arrumándonos en tres celdas, a razón de ocho en cada una, con solo dos colchones.

Ese 14 de octubre había pasado otro hecho, este sí delictivo a diferencia del nuestro, también titular en los diarios al día siguiente. Habían detenido a Presbítero Jenkins Góndola, cabecilla, quien vendía lotería clandestina, Bolita, negocio ilícito, donde participaban jefes policiales y políticos influyentes. A Jenkins, a diferencia nuestra, por los contactos que tenía, lo liberaron ese mismo día. Ya desde ese tiempo aprendía cómo el sistema judicial funcionaba favorablemente para los que tenían contactos. Los jóvenes idealistas presos; el delincuente agarrado in fraganti, libre.

Entre los detenidos estaban Rodrigo y David Sánchez, dos sobrinos de José María Sánchez Borbón, dirigente del Partido Republicano en el poder con los liberales, que tenía el Ministerio de Gobierno, con José Dominador Bazán como ministro, quien era amigo de mi padre. Propuso liberarme a mi junto a los Sánchez y la respuesta fue: “si nos vamos de la cárcel, lo haremos todos juntos”. El 21 de octubre, a 13 días de cumplirse la condena, fuimos liberados.

Tres semanas después, buscando problemas como jóvenes rebeldes que éramos, marchamos con nuestro estandarte de la JDC en el desfile del 4 de Noviembre. Al llegar a la Catedral, seguimos adelante y no doblamos en la plaza para evitar saludar al presidente Robles. Agentes de la Policía Secreta, vestido de civiles, varilleros, trataron de impedir el agravio y nos corretearon para detenernos. Lograron hacerlo con cuatro. Los otros, inclusive yo, corrimos y nos escondimos para evitar ser detenidos. Jamás había corrido a tanta velocidad; todavía tenía presente los siete días en la Modelo. A los nuevos presos los trataron de usar de ejemplo, enviándolos a cortar herbazales con los presos comunes. La reacción ciudadana no se hizo esperar. El sacerdote jesuita panameño Nicanor Ramos fue uno de los que protestó públicamente por la severidad del castigo.

Lo ocurrido hace 54 años nos hace reflexionar: ¿se parecerá en algo el peligroso presente que vivimos en materia de justicia a lo que se vivía en los tiempos de la llamada “Patria Boba”?

Abogado