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06 de Dec de 2019

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Columnistas

Camino al descontento

“Esas reuniones solo le sirven a los que juegan en la mesa. Veo muy difícil que se produzcan cambios significativos que plazcan a todos, cuando nadie se atreve a patear la mesa”

Advierto que soy de los que creen que debemos “patear la mesa”. Que cientos de pedazos de fichas o piezas se rieguen estrepitosamente por el piso y que comencemos de nuevo a armar el juego. Creo que es lo que necesitamos, ya que, como también he dicho múltiples veces, en las circunstancias actuales, como se ha ido desarrollando el juego, no va a pasar absolutamente nada.

Los bandos están definidos: 1)- los que genuinamente desean cambios para el bien de todos; 2)- los que juegan a que las cosas cambien, pero a favor de que nada cambie para seguir gozando de las prebendas y privilegios. Y, 3)- están los que juegan (gozan, mejor dicho) con enredar las cosas; manipulando el escenario, poniendo a unos a pelear con los otros, hacer alianzas visibles y las que no se ven; pasar fichas debajo de la mesa, esconderlos en la manga y acusar a los otros de trampa cuando el tramposo (juegavivo) es él o ella.

Y mientras ese juego sigue su curso, el tiempo nos ha ido agobiando todos los días con sus escándalos y algarabías; el nivel de ruido, las imprudencias, manotazos y cochinadas, han alcanzado niveles insoportables. Han perdido la vergüenza y el bendito juego molesta e incomoda a los del resto de la casa, pero no reaccionan. Ven, oyen y se molestan, pero siguen sin rebelarse. Saben y entienden que el juego se está llevando a cabo, pero van y vienen todos los días envueltos en un halo de molestia que a veces expresan, pero con algo de aversión aseveran que todos son iguales.

De los últimos acontecimientos en el continente americano, parece que el pueblo de Chile ha salido de la cocina con la intención de patear la mesa. Se han cansado del abuso, de la mentira, las promesas y la burla. Y, ante todo, de cargar con el costo del juego y de la juerga de los que viven a costilla de ellos. Esa cargas que se siente acá, como en todos nuestros países.

Las tímidas manifestaciones y levantamientos populares en otros lares, han enviado señales a los gobernantes y los han puesto en aviso de que hay un descontento que deben atender. Pero nada que en realidad sea una amenaza al juego. Interrupciones molestosas de los que barren, cocinan y viven para los carnavales.

En Panamá, va a ser difícil volver a levantar a los grupos que se manifestaron, especialmente de una manera en que sea una amenaza a los que lucran del juego. Todos sabemos que no hay un líder que aglutine con solidez a todos los sectores, a fin de que se enfoquen en objetivos comunes y decisivos que puedan cambiar el juego a favor de todos. Si va este grupo, el otro no marcha con ellos. Los profesionales no se mezclan con los obreros. Así no se puede. Me refiero nuevamente a un acontecimiento histórico que marca realmente el sacrificio, la determinación y la tenacidad de un pueblo cuando se cansa de una situación y decide cambiarla.

En 1955, la afroamericana Rosa Parks, se negó a darle su asiento en el autobús a un hombre blanco. Era la ley en ese entonces. Fue detenida y su protesta provocó que la comunidad negra de Montgomery, Alabama, se negara a usar el servicio de trasporte hasta que las leyes segregacionistas cambiaran.

El boicot tuvo lugar del 5 de diciembre de 1955 al 20 de diciembre de 1956. Por poco más de un año la comunidad negra caminó de ida y de vuelta a sus sitios de trabajo y para cumplir con sus obligaciones. El sistema colapsó y las autoridades tuvieron que realizar los cambios necesarios. Pero ante todo, marcó la posibilidad de provocar cambios a los sistemas abusivos, racistas y opresores de manera decidida y pacífica.

El presidente de la Asamblea Nacional abrió espacios en el pleno de la Asamblea para que cualquiera pudiera ir a expresar sus opiniones sobre las reformas constitucionales. El presidente de la República hizo igual en la Presidencia con un grupo de jóvenes que protestaban en las calles.

Esas reuniones solo le sirven a los que juegan en la mesa. Veo muy difícil que se produzcan cambios significativos que plazcan a todos, cuando nadie se atreve a patear la mesa. Habrá descontento y todos seguiremos en lo mismo.

Comunicador social.